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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 29 de enero de 1986

 

La creación es la llamada del mundo y del hombre de la nada a la existencia

1. La verdad de que Dios ha creado, es decir, que ha sacado de la nada todo lo que existe fuera de Él, tanto el mundo como el hombre, halla su expresión ya en la primera página de la Sagrada escritura, aun cuando su plena explicitación sólo se tiene en el sucesivo desarrollo de la Revelación.

Al comienzo del libro del Génesis se encuentran dos "relatos" de la creación. A juicio de los estudiosos de la Biblia el segundo relato es más antiguo, tiene un carácter más figurativo y concreto, se dirige a Dios llamándolo con el nombre de "Yavé", y por este motivo se señala como "fuente yahvista".

El primer relato, posterior en cuanto al tiempo de su composición, aparece más sistemático y más teológico; para designar a Dios recurre al término "Elohim". En él la obra de la creación se distribuye a lo largo de una serie de seis días. Puesto que el séptimo día se presenta como el día en que Dios descansa, los estudiosos han sacado la conclusión de que este texto tuvo su origen en ambiente sacerdotal y cultual. Proponiendo al hombre trabajador el ejemplo de Dios Creador, el autor de Gen 1 ha querido afirmar de nuevo la enseñanza contenida en el Decálogo, inculcando la obligación de santificar el séptimo día.

2. El relato de la obra de la creación merece ser leído y meditado frecuentemente en la liturgia y fuera de ella. Por lo que se refiere a cada uno de los días, se confronta entre uno y otro una estrecha continuidad y una clara analogía. El relato comienza con las palabras: "Al principio creó Dios los cielos y la tierra", es decir, todo el mundo visible, pero luego, en la descripción de cada uno de los días vuelve siempre la expresión: "Dijo Dios: Haya...", o una expresión análoga. Por la fuerza de esta palabra del Creador: "fiat", "haya", va surgiendo gradualmente el mundo visible: La tierra al principio es "confusa y vacía" (caos); luego, bajo la acción de la palabra creadora de Dios, se hace idónea para la vida y se llena de seres vivientes, las plantas, los animales, en medio de los cuales, al final, Dios crea al hombre "a su imagen" (Gen 1, 27).

3. Este texto tiene un alcance sobre todo religioso y teológico. No se pueden buscar en él elementos significativos desde el punto de vista de las ciencias naturales. Las investigaciones sobre el origen y desarrollo de cada una de las especies "in natura" no encuentran en esta descripción norma alguna "vinculante", ni aportaciones positivas de interés sustancial. Más aún, no contrasta con la verdad acerca de la creación del mundo visible -tal como se presenta en el libro del Génesis-, en línea de principio, la teoría de la evolución natural, siempre que se la entienda de modo que no excluya la causalidad divina.

4. En su conjunto la imagen del mundo queda delineada bajo la pluma del autor inspirado con las características de las cosmogonías del tiempo, en la cual inserta con absoluta originalidad la verdad acerca de la creación de todo por obra del único Dios: ésta es la verdad revelada. Pero el texto bíblico, si por una parte afirma la total dependencia del mundo visible de Dios, que en cuanto Creador tiene pleno poder sobre toda criatura (el llamado dominium altum), por otra parte pone de relieve el valor de todas las criaturas a los ojos de Dios. Efectivamente, al final de cada día se repite la frase: "Y vio Dios que era bueno", y en el día sexto, después de la creación del hombre, centro del cosmos, leemos: "Y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho" (Gen 1, 31).

La descripción bíblica de la creación tiene carácter ontológico, es decir, habla del ente, y al mismo tiempo, axiológico, es decir, da testimonio del valor. Al crear al mundo como manifestación de su bondad infinita, Dios lo creó bueno. Esta es la enseñanza esencial que sacamos de la cosmología bíblica, y en particular de la descripción introductoria del libro del Génesis.

5. Esta descripción, juntamente con todo lo que la Sagrada Escritura dice en diversos lugares acerca de la obra de la creación y de Dios Creador, nos permite poner de relieve algunos elementos:

1º. Dios creó el mundo por sí solo. El poder creador no es transmisible: "incommunicabilis".

2º. Dios creó el mundo por propia voluntad, sin coacción alguna exterior ni obligación interior. Podía crear y no crear; podía crear este mundo u otro.

El mundo fue creado por Dios en el tiempo, por lo tanto, no es eterno: tiene un principio en el tiempo.

4º. El mundo, creado por Dios, está constantemente mantenido por el Creador en la existencia. Este "mantener" es, en cierto sentido, un continuo crear (Conservatio est continua creatio).

6. Desde hace casi dos mil años la Iglesia profesa y proclama invariablemente la verdad de que la creación del mundo visible e invisible es obra de Dios, en continuidad con la fe profesada y proclamada por Israel, el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza. La Iglesia explica y profundiza esta verdad, utilizando la filosofía del ser y la defiende de las deformaciones que surgen de vez en cuando en la historia del pensamiento humano.

El Magisterio de la Iglesia ha confirmado con especial solemnidad y vigor la verdad de que la creación del mundo es obra de Dios, en el Concilio Vaticano I, en respuesta a las tendencias del pensamiento panteísta y materialista del tiempo. Esas mismas orientaciones están presentes también en nuestro siglo en algunos desarrollos de las ciencias exactas y de las ideologías ateas.

En la Constitución "Dei Filius" de fide catholica del Concilio Vaticano I leemos: "Este único Dios verdadero, en su bondad y 'omnipotente virtud', no para aumentar su gloria, ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección mediante los bienes que distribuye a las criaturas, con decisión plenamente libre, 'simultáneamente desde el principio del tiempo sacó de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la material, y luego la criatura humana, como partícipe de una y otra, al estar constituida de espíritu y de cuerpo' (Conc. Lateran. IV)" (DS 3002).

7. Según los "cánones" adjuntos a este texto doctrinal, el Concilio Vaticano I afirma las siguientes verdades:

1º. El único, verdadero Dios es Creador y Señor "de las cosas visibles e invisibles" (DS 3021)

2º. Va contra la fe la afirmación de que sólo existe la materia (materialismo) (DS 3022).

3º. Va contra la fe la afirmación de que Dios se identifica esencialmente con el mundo (panteísmo) (DS 3023).

4º. Va contra la fe sostener que las criaturas, incluso las espirituales, son una emanación de la sustancia divina, o afirmar que el Ser divino con su manifestarse o evolucionarse se convierte en cada una de las cosas (DS 3024).

5º. Va contra la fe la concepción, según la cual, Dios es el ser universal, o sea, indefinido que, al determinarse, constituye el universo distinto en géneros, especies e individuos (ib).

6º. Va igualmente contra la fe negar que el mundo y las cosas todas contendidas en él, tanto espirituales como materiales, según toda su sustancia han sido creadas por Dios de la nada (DS 3025).

8. Habrá que tratar aparte el tema de la finalidad a la que mira la obra de la creación. Efectivamente, se trata de un aspecto que ocupa mucho espacio en la Revelación, en el Magisterio de la Iglesia y en la teología.

Por ahora basta concluir nuestra reflexión remitiéndonos a un texto muy hermoso del Libro de la Sabiduría en el que se alaba a Dios que por amor crea el universo y lo conserva en su ser:

"Amas todo cuanto existe / y nada aborreces de lo que has hecho; / pues si Tú hubieras odiado alguna cosa, no la hubieras formado./ ¿Y cómo podría subsistir nada si Tú no quisieras, / o cómo podría conservarse sin Ti? / Pero a todos perdonas, / porque son tuyos, Señor, amigo de la vida" (Sab 11, 24-26).


Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo saludar ahora de modo particular a todos los peregrinos y visitantes de lengua española.

En primer lugar, a las Hermanas Carmelitas Misioneras Teresianas, que se encuentran en Roma haciendo un curso de renovación espiritual. A vosotras, así como a todas las personas consagradas presentes en esta Audiencia, os aliento a ser testigos vivos del amor de Dios en su Iglesia.

Saludo también al grupo de jóvenes, hijos de emigrantes italianos en Argentina; y, juntamente, al grupo de estudiantes de la Universidad Nacional de Tucumán.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.



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