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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 22 de octubre de 1986

 

1. Como es sabido, el próximo lunes 27 de octubre, estaré en Asís con numerosos representantes de otras Iglesias y Comunidades cristianas y de las otras religiones del mundo, con el fin de rezar por la paz.

Es sin duda un acontecimiento singular, de carácter religioso, exclusivamente religioso. Así ha sido pensado y en esta perspectiva se desarrollará con la colaboración de todos los participantes: estará marcado por la oración, el ayuno y la peregrinación. Confío que sea de verdad, con la gracia del Señor, un momento culminante de ese "movimiento de oración por la paz" que auguré al principio de 1986, proclamado "Año Internacional de la Paz" por las Naciones Unidas.

En Asís todos los representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas y de las religiones del mundo estarán comprometidos únicamente en invocar de Dios el gran don de la paz.

2. Quisiera que este hecho, tan importante para el proceso de reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, fuera visto e interpretado por todos los hijos de la Iglesia a la luz del Concilio Vaticano II y de sus enseñanzas.

En efecto, la Iglesia ha reflexionado mucho en el Concilio, bajo la inspiración del Espíritu Santo, sobre su posición en un mundo cada vez más marcado por el encuentro de las culturas y de las religiones.

Según el Concilio, la Iglesia es cada vez más consciente de su misión y de su deber, incluso de su esencial vocación de anunciar al mundo la verdadera salvación que se encuentra solamente en Jesucristo, Dios y hombre (cf. Ad gentes, 11-3).

Sí, sólo en Cristo los hombres pueden ser salvados. "Ningún otro puede salvar, y bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos" (Act 4, 12). Pero, ya que desde el principio de la historia, todos están ordenados a Cristo (cf. Lumen gentium, 16), quien es de verdad fiel a la llamada de Dios, en la medida en que le es conocida, participa ya en la salvación realizada por Cristo (cf. ib).

3. La Iglesia, consciente de la común vocación de la humanidad y del único designio de salvación, se siente unida a todos y a cada uno, como Cristo "se unió en cierto modo a cada hombre" (cf. Gaudium et spes, 22; Enc. Redemptor hominis, pássim).

Y ella proclama a todos y a cada uno que Cristo es el centro del mundo creado y de la historia.

Precisamente porque Cristo es el centro de todo en la historia y en el cosmos, y porque nadie "va al Padre sino por Él" (cf. Jn 14, 6), podemos dirigirnos a las otras religiones con una actitud tejida al mismo tiempo de sincero respeto y de fervoroso testimonio de Cristo en el que creemos. Pues en ellas están los "semina Verbi", los "rayos de la única verdad" de que hablaban ya los primeros Padres de la Iglesia, que vivían y trabajaban en medio del paganismo, y a los que hace referencia el Concilio Vaticano II, tanto en la Declaración Nostra aetate (n. 2), como en el Decreto Ad gentes (nn. 11, 18). Conocemos cuáles son los limites de esas religiones, pero eso no quita en absoluto que haya en ellas valores y cualidades religiosas, incluso insignes (cf. Nostra aetate, 2).

4. Estos son precisamente los "vestigios" o las "semillas" del Verbo y los "rayos" de su verdad. Entre éstas se encuentra sin duda la oración, frecuentemente acompañada por el ayuno, además de otras penitencias y la peregrinación a los lugares sagrados, rodeados de gran veneración.

Respetamos esta oración, aunque no intentamos hacer nuestras fórmulas que expresan otras visiones de fe. Ni los otros, por lo demás, querrán hacer propias nuestras oraciones.

Lo que acontecerá en Asís no será ciertamente sincretismo religioso, sino sincera actitud de oración a Dios en el respeto mutuo.

Por eso ha sido escogida para el encuentro de Asís la fórmula: estar juntos para rezar.

Ciertamente no se puede "rezar juntos", es decir, hacer una oración común, pero se puede estar presentes cuando los otros rezan; de este modo manifestamos nuestro respeto por la oración de los otros y por la actitud de los demás ante la Divinidad; y al mismo tiempo les ofrecemos el testimonio humilde y sincero de nuestra fe en Cristo, Señor del universo.

Así se hará en Asís, donde habrá, en uno de los momentos de la jornada, plegarias separadas, en distintos lugares, de las diversas representaciones religiosas. Pero después, en la plaza de la basílica inferior de San Francisco, se sucederán, claramente distintas una después de otra, las plegarias de los representantes de cada religión, mientras todos los demás asistirán con la actitud respetuosa, interior y exteriormente, de quien es testigo del esfuerzo supremo de otros hombres y mujeres para buscar a Dios.

5. Ese "estar juntos para rezar" adquiere un significado particularmente profundo y elocuente en cuanto que estaremos unos junto a los otros para implorar de Dios el don del cual toda la humanidad de hoy tiene mayor necesidad para sobrevivir: la paz.

Es, pues, la profunda conciencia que tengo de la necesidad de este don para todos, de su urgencia y del hecho de que depende sólo de Dios lo que me ha llevado a dirigirme a las otras Iglesias cristianas y a las grandes religiones del mundo, que comparten la misma preocupación por la suerte del hombre y muestran la misma disponibilidad para comprometerse a pedir la paz con la oración.

Las religiones del mundo, a pesar de las divergencias fundamentales que las separan, todas están llamadas a contribuir al nacimiento de un mundo más humano, más justo, más fraterno. Después de haber sido muchas veces causa de divisiones, todas quisieran ahora tener un papel decisivo en la construcción de la paz mundial. Y esto queremos hacerlo juntos. Como decía ya mi predecesor Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam: "...con ellas queremos promover y defender los ideales que pueden ser comunes en el campo de la libertad religiosa, de la fraternidad humana, de la buena cultura, de la beneficencia social y del orden civil" (n. 100).

Con este espíritu he invitado a las Iglesias y a las religiones a reunirse a Asís. Y con este mismo espíritu la invitación ha sido aceptada. Las Iglesias particulares a su vez se han asociado por todas partes a esta misma iniciativa, muchas veces junto con otras Iglesias cristianas y con representantes de otras religiones. Así se realiza y se extiende ese gran "movimiento de oración por la paz", al que me refería el 25 de enero de este año.

El 27 de octubre será pues una Jornada totalmente de oración. Esta es su calificación, puesto que "la oración, que es expresión en distintos modos de la relación del hombre con el Dios vivo, es también la primera tarea y como el primer anuncio del Papa, del mismo modo que es el primer requisito de su servicio a la Iglesia y al mundo" (Discurso en la Mentorella, 23 de octubre de 1978: L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 5 de noviembre de 1978, pág. 11).

La oración es el respiro del alma. Cada adorador del Dios vivo y verdadero cree en el inconmensurable valor de la oración y siente irrumpir desde su propia intimidad la necesidad de orar.

6. En Asís nos acogerá Fray Francisco, pobre y humilde. Nos acogerá con la energía ardiente e iluminadora de su personalidad seráfica que hizo parangonarle con el sol y a su tierra natal con un nuevo Oriente (Dante, Paraíso, XI, 50).

Nos acogerá con la fascinación irresistible de su desarmada y pacificadora sencillez, capaz de conmover las zonas más ocultas de cada corazón.

Nos acogerá con los acentos tiernos y sublimes de su Cántico, que alterna las estrofas de la realidad de las criaturas con el altísimo vértice al que llegan los labios orantes cuando la oración se hace vida y la vida se hace oración: "Loado seas mi Señor".

Y de la mística colina, el augural saludo franciscano "Pax et bonum" volverá a tomar su camino por los senderos del mundo siguiendo los pasos de nuevos testigos. Para convencer que la paz es necesaria, es posible, es un deber. Que sólo ella puede garantizar a la humanidad del dos mil un futuro sereno y laborioso.

Os pido que recéis mucho por estas grandes intenciones: si de todos los corazones humanos sube al Dios único el anhelo de paz y de fraternidad universal, unido en una única gran oración, entonces no nos podrá faltar nunca la confianza de que Él nos escuchará: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá" (Lc 11, 9).


Saludos

Amados hermanos y hermanas:

Deseo ahora presentar mi más cordial saludo de bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua española. En particular, al grupo de Religiosas Esclavas de Cristo Rey, a quienes aliento en su apostolado en favor de los ejercicios espirituales, de acuerdo con el espíritu de su Fundador.

Asimismo saludo a los peregrinos procedentes de Mallorca, de Madrid, y al Coro de la Universidad del País Vasco, de Bilbao.

Igualmente, saludo a los componentes de la numerosa peregrinación de México y al grupo de Agentes de Viaje y Operadores Turísticos de Venezuela, que están celebrando en Roma su octavo Congreso. Pido a Dios que vuestra actividad profesional sirva también para establecer lazos de solidaridad y unión entre los pueblos y para fomentar la fraternidad entre los hombres.

A todas las personas, familias y grupos provenientes de los diversos países de América latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.



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