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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 18 de febrero de 1987

 

Jesucristo, Mesías "Sacerdote"

1. El nombre “Cristo” que, como sabemos, es el equivalente griego de la palabra “Mesías”, es decir “Ungido”, además del carácter “real”, del que hemos tratado en la catequesis precedente, incluye también, según la tradición del Antiguo Testamento, el “sacerdotal”. Cual elementos pertenecientes a la misma misión mesiánica, los dos aspectos, diversos entre sí, son sin embargo complementarios. La figura del Mesías, dibujada en el Antiguo Testamento, los comprende a entrambos manifestando la profunda unidad de la misión real y sacerdotal.

2. Esta unidad tiene su primera expresión, como un prototipo y una anticipación, en Melquisedec, rey de Salem, misterioso contemporáneo de Abraham. De él leemos en el libro del Génesis, que, saliendo al encuentro de Abraham, “sacando pan y vino, como era sacerdote del Dios Altísimo, bendijo a Abraham diciendo: Bendito Abraham del Dios Altísimo, el dueño de cielos y tierra”. (Gen 14, 18-19).

La figura de Melquisedec, rey-sacerdote, entró en la tradición mesiánica, como atestigua el Salmo 109 (110): el Salmo mesiánico por antonomasia. Efectivamente, en este Salmo, Dios-Yahvéh se dirige “a mi Señor” (es decir, al Mesías) con las palabras: “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. “Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos...”” (Sal 109/110, 1-2).

A estas expresiones, que no pueden dejar ninguna duda sobre el carácter real de Aquel al que se dirige Yahvéh, sigue el anuncio: “El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec” (Sal 109/110, 4). Como vemos, Aquel al que Dios-Yahvéh se dirige, invitándolo a sentarse “a su derecha”, será al mismo tiempo rey y sacerdote “según el rito de Melquisedec”.

3. En la historia de Israel la institución del sacerdocio de la antigua Alianza comienza en la persona de Arón, hermano de Moisés, y se unirá por herencia con una de las doce tribus de Israel, la de Leví .

A este respecto, es significativo lo que leemos en el libro del Eclesiástico: “(Dios) elevó a Arón... su hermano (es decir, hermano de Moisés), de la tribu de Leví. Y estableció con él una alianza eterna y le dio el sacerdocio del pueblo” (Eclo 45, 78). “Entre todos los vivientes le escogió el Señor para presentarle las ofrendas, los perfumes y el buen olor para memoria y hacer la expiación de su pueblo. Y le dio sus preceptos y poder para decidir sobre la ley y el derecho, para enseñar sus mandamientos a Jacob e instruir en su ley a Israel” (Eclo 45, 20)21). De estos textos deducimos que la elección sacerdotal está en función del culto, para la ofrenda de los sacrificios de adoración y de expiación y que a su vez el culto esta ligado a la enseñanza sobre Dios y sobre su ley.

4. Siempre en el mismo contexto son significativas también estas palabras del libro del Eclesiástico: “También hizo Dios alianza con David... La herencia del reino es para uno de sus hijos, y la herencia de Arón para su descendencia” (Eclo 45, 31).

Según esta tradición, el sacerdocio se sitúa “al lado” de la dignidad real. Ahora bien, Jesús no procede de la estirpe sacerdotal, de la tribu de Leví, sino de la de Judá, por lo que no parece que le corresponda el carácter sacerdotal del Mesías. Sus contemporáneos descubren en El sobre todo al maestro, al profeta, algunos también a su “rey”, heredero de David. Así, pues, podría decirse que en Jesús la tradición de Melquisedec, el Rey-sacerdote, está ausente.

5. Sin embargo, es una ausencia aparente. Los acontecimientos pascuales manifestaron el verdadero sentido del “Mesías-rey” y del “rey-sacerdote según el rito de Melquisedec” que, presente en el Antiguo Testamento, encontró su cumplimiento en la misión de Jesús de Nazaret. Es significativo que en el proceso ante el Sanedrín, al sumo sacerdote que le pregunta: “...si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios”, Jesús responde: “Tú lo has dicho... y yo os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder...” (Mt 26, 63-64). Es una clara referencia al Salmo mesiánico (Sal 109/110), en el que se expresa la tradición del rey-sacerdote.

6. Pero hay que decir que la manifestación plena de esta verdad sólo se encuentra en la Carta a los Hebreos, que afronta la relación entre el sacerdocio levítico y el de Cristo.

El autor de la Carta a los Hebreos toca el tema del sacerdocio de Melquisedec para decir que en Jesucristo se ha cumplido el anuncio mesiánico ligado a esta figura que por predestinación superior ya desde los tiempos de Abraham había sido inscrita en la misión del Pueblo de Dios.

Efectivamente, leemos de Cristo que “ al ser consumado, vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna, declarado por Dios Pontífice según el orden de Melquisedec” (Heb 5, 9-10). Por eso, después de haber recordado lo que escribe el libro del Génesis sobre Melquisedec (Gén 14, 18), la Carta a los Hebreos continúa: “... (su nombre) se interpreta primero rey de justicia, y luego también rey de Salem, es decir, rey de paz. Sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de sus días, ni fin de su vida, se asemeja en eso al Hijo de Dios, que es sacerdote para siempre” (Heb 7, 2-3).

7. Haciendo también analogías con el ritual del culto, con el arca y con los sacrificios de a antigua Alianza, el Autor de la Carta a los Hebreos presenta a Jesucristo como el cumplimiento de todas las figuras y las promesas del Antiguo Testamento, en orden “a servir en un santuario que es imagen y sombra del celestial” (Heb 8, 5). Sin embargo Cristo, Sumo Sacerdote misericordioso y fiel (Heb 2, 17; cfr. 3, 2.5), lleva en Si mismo un “sacerdocio perpetuo” (Heb 7, 24), al haberse ofrecido “a Sí mismo inmaculado a Dios” (Heb 9, 14).

8. Vale la pena citar en su totalidad algunos fragmentos especialmente elocuentes de esta Carta. Al entrar en el mundo, Jesucristo dice a Dios su Padre: “No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije: Heme aquí que vengo, en el volumen del libro está escrito de mí, para hacer, oh Dios!, tu voluntad” (Heb 10, 5-7)

“Y tal convenía que fuese nuestro Sumo Sacerdote” (Heb 7, 26). “Por esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel en las cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo” (Heb 2, 17). Tenemos pues, “un gran Pontífice... tentado en todo, a semejanza nuestra, menos en el pecado”, un Sumo Sacerdote que sabe “compadecerse de nuestras flaquezas” (Cfr. Heb 4, 15).

9. Leemos más adelante que ese Sumo Sacerdote “no necesita, como los pontífices, ofrecer cada día víctimas, primero por sus propios pecados, luego por los del pueblo, pues esto lo hizo una sola vez ofreciéndose a Sí mismo” (Heb 7, 27). Y también: “Cristo, constituido Pontífice de los bienes futuros...entró una vez para siempre en el santuario... por su propia sangre, realizada la redención eterna” (Heb 9, 11-12). De aquí nuestra certeza de que “la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno a Sí mismo se ofreció inmaculado a Dios, limpiará nuestra conciencia de las obras muertas para dar culto al Dios vivo” (Heb 9, 14).

Así se explica a atribución de una perenne fuerza salvífica al sacerdocio de Cristo, por ella “su poder es perfecto para salvar a los que por Él se acercan a Dios y siempre vive para interceder por ellos” (Heb 7, 25).

10. Finalmente podemos observar que en la Carta a los Hebreos se afirma, de forma clara y convincente, que Jesucristo ha cumplido con toda su vida y sobre todo con el sacrificio de la cruz, lo que se ha inscrito en la tradición mesiánica de la Revelación divina. Su sacerdocio es puesto en referencia al servicio ritual de los sacerdotes de a antigua alianza, que sin embargo Él sobrepasa, como Sacerdote y como Víctima. En Cristo, pues, se cumple el eterno designio de Dios que dispuso la institución del sacerdocio en la historia de la alianza.

11. Según la Carta a los Hebreos, el cumplimiento mesiánico está simbolizado por la figura de Melquisedec. En efecto, en ella se lee que por voluntad de Dios: “a semejanza de Melquisedec se levanta otro Sacerdote, instituido no en razón de una ley carnal (o sea, por institución legal), sino de un poder de vida indestructible” (Heb 7, 15-16). Se trata, pues, de un sacerdocio eterno (Cfr. Heb 7, 24).

La Iglesia guardiana e intérprete de éstos y de otros textos que hay en el Nuevo Testamento, ha reafirmado repetidas veces la verdad del Mesías-Sacerdote, tal como atestigua, por ejemplo, el Concilio Ecuménico de Éfeso (431), el de Trento (1562) y, en nuestros días, el Concilio Vaticano II (1962-65).

Un testimonio evidente de esta verdad lo encontramos en el sacrificio eucarístico que por institución de Cristo ofrece la Iglesia cada día bajo las especies del pan y del vino, es decir, “según el rito de Melquisedec”.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora cordialmente a los peregrinos y visitantes de lengua española, venidos de España y de América Latina. De modo especial, deseo saludar al grupo de Religiosas Hijas de Jesús que, procedentes de once países, tienen en Roma un curso de renovación. Os aliento a proseguir con renovado empeño el camino emprendido de entrega total a Dios y de servicio generoso a la Iglesia, siendo testigos incansables de su presencia en el mundo.

Saludo igualmente a los oficiales, cadetes y tripulación del Buque-Escuela peruano “Independencia”, así como a los oficiales, suboficiales y marineros de un buque de la Compañía Venezolana de Navegación. Que vuestra singladura por los mares del mundo conformen vuestras vidas al servicio de la Patria y de cada uno de vuestros conciudadanos.

Me es grato dirigir también unas palabras a los telespectadores del programa “Encuentro”, del canal 13 “ Santa Fe de la Vera Cruz ” de Argentina, así como a los telespectadores de los canales 13 y 11 de Chile. Sé que estáis preparando mi próxima visita pastoral a esas dos Naciones hermanas. Espero que los programas de esos canales, especialmente los dedicados a temas religiosos, sean una válida ayuda para la obra de evangelización y catequesis, los dos grandes retos que esas Iglesias locales tienen en la sociedad actual.

A todos vosotros, así como a vuestras familias, imparto con afecto mi Bendición Apostólica.



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