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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 17 de agosto de 198

8

 

Jesús, modelo de la transformación salvífica del hombre

1. En el desarrollo gradual de las catequesis sobre el tema de la misión de Jesucristo, hemos visto que Él es quien realiza la liberación del hombre a través de la verdad de su Evangelio, cuya palabra última y definitiva es la cruz y la resurrección. Cristo libera al hombre de la esclavitud del pecado y le da nueva vida mediante su sacrificio pascual. La redención se ha convertido así en una nueva creación. En el sacrificio redentor y en la resurrección del Redentor se inicia una "humanidad nueva". Aceptando el sacrificio de Cristo, Dios "crea" el hombre nuevo "en la justicia y en la santidad verdadera" (Ef 4, 24): el hombre que se hace adorador de Dios "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23).

Jesucristo, con su figura histórica, tiene para este "hombre nuevo" el valor de un modelo perfecto, es decir, del modelo ideal. Él, que en su humanidad era la perfecta "imagen del Dios invisible" (Col 1, 15), se convierte, a través de su vida terrena -a través de todo lo que "hizo y enseñó" (Act 1, 1), y, sobre todo, mediante el sacrificio-, en modelo visible para los hombres. El modelo más perfecto.

2. Entramos aquí en el terreno del tema de la "imitación de Cristo", que se halla claramente presente en los textos evangélicos y en otros escritos apostólicos, aunque la palabra "imitación" no aparezca en los Evangelios. Jesús exhorta a sus discípulos a "seguirlo" (en griego άκολονδειν cf. Mt 16, 24: "Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame"; cf. además, Jn 12, 26).

La palabra en cuestión la encontramos sólo en Pablo, cuando escribe: "Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo (en griego :μιμηταί) (1 Cor 11, 1). Y en otro lugar dice: "Por vuestra parte, os hicisteis imitadores nuestros y del Señor, abrazando la palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones" (1 Tes 1, 6).

3. Pero conviene observar que lo más importante aquí no es la palabra "imitación". Importantísimo es el hecho que subyace en esa palabra: es decir, que toda la vida y la obra de Cristo, coronada con el sacrificio de la cruz, realizado por amor, "por los hermanos", sigue siendo modelo e ideal perennes. Así, pues, anima y exhorta no sólo a conocer, sino además y sobre todo a imitar. Por otra parte, Jesús mismo, tras haber lavado los pies a los Apóstoles, dice en el Cenáculo: "Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 15).

Estas palabras de Jesús no contemplan sólo el gesto de lavar los pies, sino que, a través de ese gesto, se refieren a toda su vida, considerada como humilde servicio. Cada uno de los discípulos es invitado a seguir las huellas del "Hijo del hombre", el cual "no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28). Precisamente a la luz de esta vida, de este amor, de esta pobreza, y en definitiva de este sacrificio, la "imitación de Cristo" se convierte en exigencia para todos sus discípulos y seguidores. Se convierte, en cierto sentido, en "la estructura sobre la que se cimenta" el "ethos" evangélico, cristiano.

4. En esto precisamente consiste esa "liberación" para la vida nueva de que hemos hablado en las catequesis anteriores. Cristo no ha transmitido a la humanidad una magnífica "teoría", sino que ha revelado en qué sentido y en qué dirección debe realizarse la transformación salvífica del hombre "viejo" (el hombre del pecado) en el hombre "nuevo". Esta transformación existencial, y, en consecuencia, moral, debe llegar a configurar el hombre a ese "modelo" originalísimo, según el cual ha sido creado. Sólo a un ser creado "a imagen y semejanza de Dios" pueden dirigirse las palabras que leemos en la Carta a los Efesios: "Sed, pues, imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma" (Ef 5, 1-2).

5. Así, pues, Cristo es el modelo en el camino de esta "imitación de Dios". Al mismo tiempo, Él solo es el que crea la posibilidad de esta imitación, cuando, mediante la redención nos ofrece la participación en la vida de Dios. En este sentido, Cristo se convierte no sólo en el modelo perfecto, sino además en el modelo eficaz. El don, es decir, la gracia de la vida divina, se convierte, en virtud del misterio pascual de la redención, en la raíz misma de la nueva semejanza con Dios en Cristo y, en consecuencia, es también la raíz de la imitación de Cristo como modelo perfecto.

6. De este hecho sacan su fuerza y eficacia exhortaciones como la de San Pablo (a los Filipenses): "Así, pues, os conjuro en virtud de toda exhortación en Cristo, de toda persuasión de amor, de toda comunión en el Espíritu, de toda entrañable compasión, que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés, Sino el de los demás" (Flp 2, 1-4).

¿Cuál es el punto de referencia de esta "parénesis"? ¿Cuál es el punto de referencia de esas exhortaciones y exigencias planteadas a los Filipenses? Toda la respuesta está contenida en los versículos sucesivos de la Carta: "Tales sentimientos... estaban en Cristo Jesús... Tened en vosotros los mismos sentimientos" (cf. Flp 2, 5). Cristo, en efecto, "tomando la condición de siervo, se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 7-8).

El Apóstol toca aquí lo que constituye el elemento central y neurálgico de toda la obra de la redención realizada por Cristo. Aquí se halla también la plenitud del modelo salvífico para cada uno de los redimidos. El mismo principio de imitación lo encontramos enunciado también en la Carta de San Pedro: "Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas" (1 Pe 2, 20-21).

8. En la vida humana, el sufrimiento tiene el valor de una prueba moral. Significa sobre todo una prueba de las fuerzas del espíritu humano. Esta prueba tiene un significado "liberador": libera las fuerzas ocultas del espíritu, les permite manifestarse y, al mismo tiempo, se convierte en ocasión para purificarse interiormente. Aquí se aplican a las palabras de la parábola de la vid y los sarmientos propuesta por Jesús, cuando presenta al Padre como el que cultiva la viña: "Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta para que dé más fruto" (Jn 15, 2). Efectivamente, ese fruto depende de que permanezcamos (como los sarmientos) en Cristo, la vid, en su sacrificio redentor, porque "sin Él no podemos hacer nada" (cf. Jn 15, 5). Por el contrario, como afirma el Apóstol Pablo, "todo lo puedo en Aquel que conforta" (Flp 4, 13). Y Jesús mismo dice: "El que cree en mí, hará él también las obras que yo hago" (Jn 14, 12).

9. La fe en esta potencia transformadora de Cristo frente al hombre, tiene sus raíces más profundas en el designio eterno de Dios sobre la salvación humana: "Pues a los que de antemano conoció (Dios), también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8, 29). En esta línea, el Padre "poda" cada uno de los sarmientos, como leemos en la parábola (Jn 15, 2). Y por este camino se realiza la transformación gradual del cristiano según el modelo de Cristo, hasta el punto de que en Él, "reflejamos como en un espejo la gloria del Señor y nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosa: así es como actúa el Señor que es Espíritu". Son las palabras del Apóstol en la segunda Carta a los Corintios (3, 18).

10. Se trata de un proceso espiritual, del que surge la vida: y, en ese proceso, la muerte generosa de Cristo es la que da fruto, introduciendo en la dimensión pascual de su resurrección. Este proceso se inicia en cada uno de nosotros por el bautismo, sacramento de la muerte y resurrección de Cristo, como leemos en la Carta a los Romanos: "Fuimos, pues, sepultados con él en la muerte por el bautismo, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rom 6, 4). Desde ese momento, el proceso de esta transformación salvífica en Cristo se desarrolla en nosotros "hasta que lleguemos todos... al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13).


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Me complace saludar ahora a los numerosos peregrinos de lengua española, venidos de España y de América Latina.

De modo particular, saludo al grupo de Hermanas Franciscanas Misioneras de María, a los feligreses de la parroquia Santa María de Onteniente de Valencia (España), y a un grupo de fieles mexicanos.

Entre los grupos juveniles, saludo cordialmente a los miembros del Centro Juvenil de la Trinidad de Sevilla y al grupo de jóvenes de la archidiócesis de Toledo (España). Saludo igualmente a los dirigentes y jugadores del Club de Fútbol “Newell’s Old Boys” de Rosario (Argentina). Muchos de vosotros habéis asistido a la conclusión del Ano Mariano. Este magno acontecimiento eclesial debe significar para todos y cada uno una llamada más profunda a sentirnos verdaderos hijos de María Santísima y a manifestarlo cada día con el ejemplo de nuestra vida cristiana.

En prueba de mi afecto, os imparto a todos mi bendición apostólica.

 

 


© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 



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