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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 24 de agosto de 1988

 

Cristo, modelo de oración y de vida filialmente unida al Padre.

1. Jesucristo es el Redentor. Esto constituye el centro y el culmen de su misión; es decir, la obra de la redención incluye también este aspecto: Él se ha convertido en modelo perfecto de la transformación salvífica del hombre. En realidad, todas las catequesis precedentes de este ciclo se han desarrollado en la perspectiva de la redención. Hemos visto que Jesús anuncia el Evangelio del reino de Dios; pero también hemos aprendido de Él que el reino entra definitivamente en la historia del hombre sólo en la redención por medio de la cruz y la resurrección. Entonces Él "entregará" este reino a los Apóstoles, para que permanezca y se desarrolle en la historia del mundo mediante la Iglesia. De hecho, la redención lleva en sí la "liberación" mesiánica del hombre, que de la esclavitud del pecado pasa a la vida en la libertad de los hijos de Dios.

2. Jesucristo es el modelo más perfecto de esa vida, como hemos visto en los escritos apostólicos citados en la catequesis precedente. Aquel que es el Hijo consubstancial al Padre, unido a El en la divinidad ("Yo y el Padre somos uno", Jn 10, 30), mediante todo lo que "hace y enseña" (cf. Act 1, 1) constituye el único modelo en su género de vida filial orientada y unida al Padre. En referencia a este modelo, reflejándolo en nuestra conciencia y en nuestro comportamiento, podemos desarrollar en nosotros un modo y una orientación de vida "que se asemeje a Cristo" y en la que se exprese y realice la verdadera "libertad de los hijos de Dios" (cf. Rom 8, 21).

3. De hecho, como hemos indicado en diversas ocasiones, toda la vida de Jesús estuvo orientada hacia el Padre. Esto se manifiesta ya en la respuesta que dio a sus padres cuando tenía doce años y lo encontraron en el templo: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2, 49). Hacia el final de su vida, el día antes de la pasión, "sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre" (Jn 13, 1), ese mismo Jesús dirá a los Apóstoles: "Voy a prepararos un lugar; y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros... En la casa de mi Padre hay muchas mansiones" (Jn 14, 2-3).

4. Desde el principio hasta el fin, esta orientación teocéntrica de la vida y de la acción de Jesús es clara y unívoca. Lleva a los suyos "hacia el Padre", creando un claro modelo de vida orientada hacia el Padre. "Yo he cumplido el mandamiento de mi Padre y permanezco en su amor". Y Jesús considera su "alimento" este "permanecer en su amor, es decir, el cumplimiento de su voluntad: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). Es lo que dice a sus discípulos junto al pozo de Jacob en Sicar. Ya antes, en el transcurso del diálogo con la samaritana, había indicado que ese mismo "alimento" deberá ser la herencia espiritual de sus discípulos y seguidores: "Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque así quiere el Padre que sean los que lo adoran" (Jn 4, 23).

5. Los "verdaderos adoradores" son, ante todo, los que imitan a Cristo en lo que hace". Y Él lo hace todo imitando al Padre: "Las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado" (Jn 5, 36). Más aún: "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo" (Jn 5, 19).

Encontramos así un fundamento perfecto a las palabras del Apóstol, según las cuales somos llamados a imitar a Cristo (cf. 1 Cor 11, 1; 1 Tes 1, 6), y, en consecuencia, a Dios mismo: "Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos" (Ef 5, 1). La vida "que se asemeja a Cristo" es al mismo tiempo una vida semejante a la de Dios, en el sentido más pleno de la palabra.

6. El concepto de "alimento" de Cristo, que durante su vida fue el cumplimiento de la voluntad del Padre, se inserta en el misterio de su obediencia, que llegó hasta la muerte de cruz. Entonces fue un alimento amargo, como se manifiesta sobre todo en la oración de Getsemaní y luego durante toda la pasión y la agonía de la cruz: "Abbá, Padre; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú" (Mc 14, 36). Para entender esta obediencia, para entender incluso por qué este "alimento" resultó tan amargo, es necesario mirar toda la historia del hombre sobre la tierra, marcada por el pecado, es decir, por la desobediencia a Dios, Creador y Padre. "El Hijo que libera" (cf. Jn 8, 36), libera por consiguiente mediante su obediencia hasta la muerte. Y lo hace revelando hasta el fin su plena entrega de amor: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23, 46). En esta entrega, en este "abandonarse" al Padre, se afirma sobre toda la historia de la desobediencia humana, la unión divina contemporánea del Hijo con el Padre: "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30). Y aquí se expresa lo que podemos definir como aspecto central de la imitación a la que el hombre es llamado en Cristo: "Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12, 50; y además Mc 3, 35).

7. Con su vida orientada completamente "hacia el Padre" y unida profundamente a El, Jesucristo es también modelo de nuestra oración, de nuestra vida de oración mental y vocal. Él no solamente nos enseñó a orar, sobre todo en el Padrenuestro (cf. Mt 6, 9 ss.), sino que el ejemplo de su oración se ofrece como momento esencial de la revelación de su vinculación y de su unión con el Padre. Se puede afirmar que en su oración se confirma de un modo especialísimo el hecho de que "sólo el Padre conoce al Hijo", "y sólo el Hijo conoce al Padre" (cf. Mt 11, 27; Lc 10, 22).

Recordemos los momentos más significativos de su vida de oración. Jesús pasa mucho tiempo en oración (por ejemplo, Lc 6, 12; 11, 1), especialmente en las horas nocturnas, buscando además los lugares más adecuados para ello (por ejemplo, Mc 1, 35; Mt 14, 23; Lc 6, 12). Con la oración se prepara para el bautismo en el Jordán (Lc 3, 21) y para la institución de los Doce Apóstoles (cf. Lc 6, 12-13). Mediante la oración en Getsemaní se dispone para hacer frente a la pasión y muerte en la cruz (cf. Lc 22, 42). La agonía en el Calvario está impregnada toda ella de oración: desde el Salmo 22, 1: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", a las palabras: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), y al abandono final: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23, 46). Sí, en su vida y en su muerte, Jesús es modelo de oración.

8. Sobre la oración de Cristo leemos en la Carta a los Hebreos que "Él, habiendo ofrecido, en los días de su vida mortal, ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aún siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia" (Heb 5, 7-8). Esta afirmación significa que Jesucristo ha cumplido perfectamente la voluntad del Padre, el designio eterno de Dios acerca de la redención del mundo, a costa del sacrificio supremo por amor. Según el Evangelio de Juan, este sacrificio era no sólo una glorificación del Padre por parte del Hijo, sino también una glorificación del Hijo, de acuerdo con las palabras de la oración "sacerdotal" en el Cenáculo: "Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos lo que tú le has dado" (Jn 17, 1-2). Fue esto lo que se cumplió en la cruz. La resurrección a los tres días fue la confirmación y casi la manifestación de la gloria con la que "el Padre glorificó al Hijo" (cf. Jn 17, 1). Toda la vida de obediencia y de "piedad" filial de Cristo se fundía con su oración, que le obtuvo finalmente la glorificación definitiva.

9. Este espíritu de filiación amorosa, obediente y piadosa, se refleja incluso en el episodio ya recordado, en el que sus discípulos pidieron a Jesús que les "enseñara a orar" (cf. Lc 11, 1-2). A ellos y a todas las generaciones de sus seguidores, Jesucristo les transmitió una oración que comienza con esa síntesis verbal y conceptual tan expresiva: "Padre nuestro". En esas palabras está la manifestación del Espíritu de Cristo, orientado filialmente al Padre y poseído completamente por las "cosas del Padre" (cf. Lc 2, 49). Al entregarnos aquella oración a todos los tiempos, Jesús nos ha transmitido en ella y con ella un modelo de vida filialmente unida al Padre. Si queremos hacer nuestro para nuestra vida este modelo, si debemos, sobre todo, participar en el misterio de la redención imitando a Cristo, es preciso que no cesemos de repetir el "Padrenuestro" como Él nos ha enseñado.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Dirijo ahora mi más cordial saludo a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a los numerosos peregrinos de América Latina y España, presentes en esta Audiencia. Asimismo me es particularmente grato saludar a las Religiosas “Siervas del Sagrado Corazón”, a las cuales invito a seguir siempre, al igual que la Bienaventurada Virgen María, la luz diáfana y constante del Señor en su silencioso y meritorio servicio a la Iglesia.

No puede faltar en esta circunstancia mi saludo afectuoso a los diversos grupos llegados de Venezuela, Colombia y Argentina. Como colofón espiritual de este encuentro, os exhorto a vosotros y a las demás personas de habla castellana a mantener firme vuestra fe y amor a Dios, que nos ha dado a su único Hijo, y a permanecer en todo momento fieles a las promesas del bautismo.

A todos imparto mi bendición apostólica.



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