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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 27 de septiembre de 1989

 

Universalidad y diversidad de la Iglesia

1. Leemos en la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II: “Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). Él es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14: 7, 38-39)... El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Ga 4, 6; Rm 8; 15-16 y 26)” (Lumen gentium, 4)

Por lo tanto, el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés coincide con la manifestación del Espíritu Santo. Por esto también nuestras catequesis acerca del misterio de la Iglesia con relación al Espíritu Santo se concentran en torno a Pentecostés.

2. El análisis de este acontecimiento nos ha permitido constatar y explicar ―en la anterior catequesis― que la Iglesia, por obra del Espíritu Santo, nace “misionera” y que desde entonces permanece “in statu missionis” en todas las épocas y en todos los lugares de la tierra.

El carácter misionero de la Iglesia está vinculado estrechamente a su universalidad. Al mismo tiempo, la universalidad de la Iglesia, por una parte, implica la más sólida unidad y, por otra, una pluralidad y una multiformidad, es decir, una diversificación, que no resultan un obstáculo para la unidad, sino que por el contrario le confieren el carácter de “comunión”. La Constitución Lumen gentium lo subraya de modo especial cuando habla del “don de unión en el Espíritu Santo” (n. 13), don del que participa la Iglesia desde el día de su nacimiento en Jerusalén.

3. El análisis del pasaje de los Hechos de los Apóstoles que se refiere al día de Pentecostés permite afirmar que la Iglesia, desde el inicio, nació como Iglesia universal, y no sólo como Iglesia particular de Jerusalén a la que sucesivamente se habrían unido otras Iglesias particulares en otros lugares. Ciertamente, la Iglesia nació en Jerusalén como pequeña comunidad originaria de los Apóstoles y de los primeros discípulos, pero las circunstancias de su nacimiento indicaban desde el primer momento la perspectiva de universalidad. Una primera circunstancia es aquel “hablar (de los Apóstoles) en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (cf. Hch 2, 4), de forma que las personas de diversas naciones, presentes en Jerusalén, oían “las maravillas de Dios” (Hch 2, 11) pronunciadas en sus propias lenguas, aunque los que hablaban “eran galileos” (cf. Hch 2, 7). Lo hemos observado ya en la catequesis precedente.

4. También la circunstancia del origen galileo de los Apóstoles tiene, en este caso especifico, su propia elocuencia. En efecto, la Galilea era una región de población heterogénea (cf. 1 M 5, 14-23), donde los judíos tenían muchos contactos con gente de otras naciones. Más aún, la Galilea solía ser designada como “Galilea de las naciones” (Is 9, 1 citado en Mt 4, 15; 1 M 5, 15) y por este motivo era considerada inferior, desde el punto de vista religioso, a la Judea, región de los auténticos judíos.

La Iglesia, por consiguiente, nació en Jerusalén, pero el mensaje de la fe no fue proclamado allí por ciudadanos de Jerusalén, sino por un grupo de galileos y, por otra parte, su predicación no se dirigió exclusivamente a los habitantes de Jerusalén sino a los judíos y prosélitos de toda precedencia.

Como resultado del testimonio de los Apóstoles, surgirán poco después de Pentecostés las comunidades (es decir, las Iglesias locales) en diversos lugares, y naturalmente también y ante todo en Jerusalén. Pero la Iglesia, que nació con la venida del Espíritu Santo, no era sólo Iglesia local de Jerusalén. Ya en el momento de su nacimiento la Iglesia era universal y estaba orientada a la universalidad, que se manifestaría a continuación por medio de todas las Iglesias particulares.

5. La apertura universal de la Iglesia quedó confirmada en el así llamado Concilio de Jerusalén (cf. Hch 15, 13-14), del que leemos: “Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo: ‘Hermanos, escuchadme. Simón ha referido cómo Dios ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo’” (Hch 15, 13-14). Por tanto conviene observar que en aquel “Concilio” Pablo y Bernabé son los testigos de la difusión del Evangelio entre los gentiles; Santiago, que toma la palabra, representa autorizadamente la posición judío-cristiana típica de la Iglesia de Jerusalén (cf. Ga 2, 12), de la que será el primer responsable en el momento de la partida de Pedro (cf. Hch 15, 13; 21, 18); y Simón, es decir Pedro, es el heraldo de la universalidad de la Iglesia, que está abierta a acoger en su seno tanto a los miembros del pueblo elegido como a los paganos.

6. El Espíritu Santo desde el inicio quiso la universalidad, es decir, la catolicidad de la Iglesia en el contexto de todas las comunidades (esto es, las Iglesias) locales y particulares. Se cumplen así las significativas palabras pronunciadas por Jesús en la conversación que tuvo junto al pozo de Sicar, cuando dijo a la samaritana: “Créeme mujer, que llega la hora en que, ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren” (Jn 4, 21-23).

La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés da inicio a aquella “adoración del Padre en espíritu y verdad”, que no puede encerrarse en un solo lugar porque se inscribe en la vocación del hombre a reconocer y honrar al único Dios, que es puro Espíritu, y, por tanto está abierta a la universalidad.

7. Bajo la acción del Espíritu queda, por tanto, inaugurada la universalidad cristiana, que se expresa desde el inicio en la multitud y diversidad de las personas que participan en la primera irradiación de Pentecostés y, de alguna manera, en la pluralidad de las lenguas y de las culturas, de los pueblos y de las naciones, que aquellas personas representan en Jerusalén en aquella circunstancia, y de todos los grupos humanos y los estratos sociales de donde procederán los seguidores de Cristo a lo largo de los siglos. Ni para los de los primeros tiempos ni para los de los siglos sucesivos la universalidad querrá decir uniformidad.

Estas exigencias de la universalidad y de la variedad se manifestarán también en la esencial unidad interna de la Iglesia, mediante la multiplicidad y la diversidad de los “dones” o carismas, y también de los ministerios y de las iniciativas. A este respecto observamos en seguida que, el día de Pentecostés, también María, Madre de Cristo, recibió la confirmación de su misión materna, no sólo respecto al Apóstol Juan, sino también respecto a todos los discípulos de su Hijo, es decir, respecto a todos los cristianos (cf. Redemptoris Mater, 24; Lumen gentium, 59). Y se puede decir que a todos los que, reunidos aquel día en el Cenáculo de Jerusalén ―tanto hombres como mujeres―, quedaron “llenos del Espíritu Santo” (cf. Hch 2, 4), se les concedieron también los diversos dones de los que hablaría San Pablo: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Co 12, 4-7). “Así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas” (1 Co 12, 28). Mediante este abanico de carismas y ministerios, desde los primeros tiempos, el Espíritu Santo reunía, gobernaba y vivificaba la Iglesia de Cristo.

8. San Pablo reconocía y subrayaba el hecho de que, por efecto de estos bienes regalados por el Espíritu Santo a los creyentes, en la Iglesia la diversidad de los carismas y de los ministerios se orienta hacia la unidad de todo el cuerpo. Como leemos en la Carta a los Efesios: “Él mismo ‘dio’ a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (4, 11-13).

Recogiendo las voces de los Apóstoles y de la tradición cristiana, la Constitución Lumen gentium sintetiza así su enseñanza acerca de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: el Espíritu Santo “guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4, 11-12; 1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22, 17)” (n. 4).


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo con especial afecto a todos los peregrinos y visitantes provenientes de los diversos países de América Latina y de España. En particular, a los Religiosos Terciarios Capuchinos y al numeroso grupo de Legionarios de Cristo, que se disponen a iniciar sus estudios de filosofía y teología en Roma, provenientes de diversos Países, principalmente de México.

Mi cordial bienvenida a esta audiencia a los Representantes de la Confederación Patronal y de la Confederación de Cámaras de Comercio de México. Deseo animaros en vuestro empeño por contribuir a la construcción de una sociedad más justa, próspera y pacífica, para bien de todos los mexicanos sin distinción. Pido a Dios que os asista para llevar a cabo vuestros cometidos como profesionales, animados siempre por la esperanza de un futuro mejor para México. Por nuestra parte, vemos con buen ánimo y optimismo la nueva actitud de las autoridades mexicanas hacia la Iglesia. Os ruego que al regresar a vuestro país hagáis llegar también el saludo del Papa a vuestros familiares y a los demás miembros de vuestras Confederaciones. Finalmente, deseo saludar al grupo de peregrinos de Guatemala y a los integrantes del Movimiento de Schoenstatt de Chile.

A todos bendigo de corazón.

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 



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