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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 20 de diciembre de 1989

 

Fecundidad de Pentecostés

1. Las catequesis sobre el Espíritu Santo tenidas hasta hoy estaban ligadas sobre todo al acontecimiento de Pentecostés. Hemos podido ver que, desde el día en que los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, fueron “llenos del Espíritu Santo” (cf. Hch 2, 4), tuvo inicio un proceso que, a través de varias etapas descritas por los Hechos de los Apóstoles, muestra la acción del Espíritu Santo como la del “otro Paráclito” prometido por Jesús (cf. Jn 14, 16), y que vino a dar cumplimiento a su obra salvífica. Él permanece siempre, el “Dios escondido”, invisible, y a pesar de ello los Apóstoles tienen la plena conciencia de que es precisamente Él quien actúa en ellos y en la Iglesia. Es Él quien los guía, es Él quien les da la fuerza para ser testigos de Cristo crucificado y resucitado hasta el martirio, como en el caso del diácono Esteban; es Él quien les señala el camino hacia los hombres; es Él quien por medio de ellos convierte a cuantos abren su corazón a su acción. Muchos de ellos se encuentran también fuera de Israel. El primero es el centurión romano Cornelio en Cesarea. En Antioquía y en otros lugares se multiplican y el Pentecostés de Jerusalén se difunde ampliamente y alcanza poco a poco a los hombres y a todas las comunidades humanas.

2. Se puede decir que en todo este proceso, descrito por los Hechos de los Apóstoles, se ve realizarse el anuncio dado por Cristo a Pedro con ocasión de la pesca milagrosa: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 10; cf. también Jn 21, 11. 15-17).

También en el éxtasis de Joppe (cf. Hch 11, 5), Pedro tuvo que evocar aquella idea de abundancia, cuando vio que el lienzo bajaba hacia él y luego volvía a subir al cielo lleno de “los cuadrúpedos de la tierra, las bestias, los reptiles y las aves del cielo”, mientras una voz le decía: “Levántate, sacrifica y come” (Hch 11, 6-7). Aquella abundancia podía muy bien significar los abundantes frutos del ministerio apostólico, que el Espíritu Santo produciría mediante la acción de Pedro y de los demás Apóstoles, como Jesús lo había anunciado ya la víspera de su pasión: “En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre” (Jn 14. 12). Ciertamente, no sólo las palabras humanas de los Apóstoles constituían la fuente de aquella abundancia, sino también el Espíritu Santo que actuaba directamente en los corazones y en las conciencias de los hombres. Del Espíritu Santo provenía toda la “fecundidad” espiritual de la misión apostólica.

3. Los Hechos de los Apóstoles anotan el progresivo ensanchamiento del círculo de aquellos que creían y se adherían a la Iglesia, a veces dando su número y a veces hablando de ellos de forma más genérica.

Así, a propósito de cuanto sucedió el día de Pentecostés en Jerusalén, leemos que “aquel día se les unieron unas tres mil almas” (Hch 2, 41). Después del segundo discurso de Pedro, nos informan de que “muchos de los que oyeron la Palabra creyeron; y el número de hombres llegó a unos cinco mil” (Hch 4, 4).

Lucas quiere subrayar este incremento numérico de los creyentes, sobre el que insiste también a continuación, aún sin ofrecer nuevas cifras: “La Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe” (Hch 6, 7).

Naturalmente lo que más importa no es el número, que podría hacer pensar en conversiones en masa. En realidad Lucas subraya el hecho de la relación de los convertidos con Dios: “El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar” (Hch 2, 47). “Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres” (Hch 5, 14). Y sin embargo, el número tiene su importancia, como prueba o signo de una fecundidad proveniente de Dios. Por eso Lucas nos da a conocer que el “multiplicarse los discípulos” es el motivo por el que fueron escogidos siete diáconos. Él nos dice también que “la Iglesia... crecía” (Hch 9, 31). En otro pasaje nos informa de que “una considerable multitud se agregó al Señor” (Hch 11, 24). Y además, “las Iglesias... se afianzaban en la fe y crecían en número de día en día” (Hch 16, 5).

4. En este incremento numérico y espiritual el Espíritu Santo se dejaba reconocer como el “Paráclito”anunciado por Cristo. De hecho, Lucas nos dice que “las Iglesias... estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo” (Hch 9, 31). Esta consolación no abandonaba a los testigos y a los confesores de Cristo en medio de las persecuciones y las dificultades de la evangelización. Pensamos en la persecución sufrida por Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, de donde fueron expulsados. Esto no les quita su entusiasmo y su celo apostólico: de hecho, “sacudieron... el polvo de sus pies, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hch 13, 51-52).

Este gozo, proveniente del Espíritu Santo, refuerza a los Apóstoles y a los discípulos en las pruebas, puesto que sin desanimarse seguían llevando por todas partes el mensaje salvífico de Cristo.

5. Así, desde el día de Pentecostés, el Espíritu Santo se manifiesta como Aquel que da la fuerza interior (don de la fortaleza) y al mismo tiempo ayuda a realizar las oportunas opciones (don del consejo), sobre todo cuando revisten una importancia decisiva, como en la cuestión del bautismo del centurión Cornelio, el primer pagano que Pedro admitió a la Iglesia, o en el “concilio” de Jerusalén, cuando se trató de establecer las condiciones requeridas para admitir entre los cristianos a los que se convertían del paganismo.

6. De la fecundidad de Pentecostés derivan también las “señales”o milagros, de los que hemos hablado en anteriores catequesis. Esas señales acompañaban la actividad de los Apóstoles, como hacen notar con frecuencia los Hechos: “Por mano de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo” (Hch 5, 12). Como había acaecido con la enseñanza de Cristo, estas señales se orientaban a confirmar la verdad del mensaje salvífico. Esto se dice abiertamente a propósito de la actividad del diácono Felipe: “La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba” (Hch 8, 6). El autor especifica que se trataba de liberación de los endemoniados y de curación de los paralíticos y de los cojos. Luego concluye: “Y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (Hch 8, 6-8).

Es conveniente notar que se trata de una ciudad de Samaría (cf. Hch 8, 9): región habitada por una población que, aún compartiendo con Israel la raza y la religión, estaba separada de él por razones históricas y doctrinales (cf. Mt 10, 5-6; Jn 4, 9). Y sin embargo también los samaritanos esperaban al Mesías (cf. Jn 4, 25). Por entonces el diácono Felipe, conducido por el Espíritu, se había dirigido a ellos para anunciarles que el Mesías había venido, y había ofrecido como confirmación de esa Buena Noticia algunos milagros: por eso se explica la alegría de aquella gente.

7. Los Hechos añaden un episodio, del que debemos hacer al menos una alusión, porque demuestran cuán elevada concepción del Espíritu Santo tenían los predicadores evangélicos.

En aquella ciudad de Samaría, antes de la venida de Felipe, “había ya de tiempo atrás un, hombre llamado Simón que practicaba la magia y tenía atónito al pueblo de Samaría y decía que él era algo grande. Y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención...” (Hch 8, 9-10). ¡Cosas de todos los tiempos! “Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres. Hasta el mismo Simón creyó y, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe; y estaba atónito al ver las señales y grandes milagros que se realizaban” (Hch 8, 12-13).

Cuando en Jerusalén supieron que también “Samaría había aceptado la Palabra de Dios” predicada por Felipe, los Apóstoles “les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hch 8, 14-17).

Fue entonces cuando Simón, deseoso de adquirir también él el poder de “conferir el Espíritu”, como los Apóstoles, mediante la imposición de las manos, les ofreció dinero para obtener a cambio aquel poder sobrenatural. (De aquí deriva la palabra “simonía”, que significa comercio en cosas sagradas). Pero Pedro reaccionó con indignación ante aquel intento de adquirir con dinero “el don de Dios”, que es precisamente el Espíritu Santo (Hch 8, 20; cf. 2, 38; 10, 45; 11, 17; Lc 11, 9. 13), amenazando a Simón con la maldición divina.

Los dos Apóstoles volvieron luego a Jerusalén, evangelizando las aldeas de Samaría por donde pasaron; Felipe, en cambio, bajó hacia Gaza e, impulsado por el Espíritu Santo, se acercó a un funcionario de la reina de Etiopía que pasaba por el camino en su carro, y “se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús” (Hch 8, 25-26. 27. 35) y a esto siguió el bautismo. “Y en saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe...” (Hch 8, 39).

Como se ve, Pentecostés se difundía y fructificaba abundantemente, suscitando adhesiones al Evangelio y conversiones en el nombre de Jesucristo. Los Hechos de los Apóstoles son la historia del cumplimiento de la promesa de Cristo: es decir, que el Espíritu Santo, mandado por Él, debía descender sobre los discípulos y realizar su obra cuando Él, terminada su “jornada de trabajo” (cf. Jn 5, 17), concluida con la noche de la muerte (cf. Lc 13, 33; Jn 9, 4), volviera al Padre (cf. Jn 13, 1; 16, 28). Esta segunda fase de la obra redentora de Cristo comienza con Pentecostés.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora con afecto a todos los peregrinos y visitantes de lengua española, a quienes, en la inminencia de la Navidad, deseo presentar mi felicitación más cordial. Que la próxima venida del Niño Dios haga nuevo y vivo en el corazón de todos su mensaje de amor. Que la paz que El nos anuncia y nos trae sea una gozosa realidad en las familias, en la sociedad, entre las naciones.

A todas las personas aquí presentes, provenientes de los diversos países de América Latina y de España, imparto complacido la Bendición Apostólica.

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 



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