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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 10 de enero  de 1990

 

La acción creadora del Espíritu divino

1. La importancia que se da en el lenguaje bíblico al ruah como “soplo de Dios” parece demostrar que la analogía entre la acción divina invisible, espiritual, penetrante, omnipotente, y el viento, tiene su raíz en la psicología y en la tradición de donde se alimentaban y que al mismo tiempo enriquecían los autores sagrados. Aún dentro de la variedad de significados derivados, el término servía siempre para expresar una “fuerza vital” que actúa desde fuera o desde dentro del hombre y del mundo. Incluso cuando no designaba directamente a la persona divina, el término referido a Dios ―“espíritu (o soplo) de Dios”― imprimía y hacía crecer en el alma de Israel la idea de un Dios espiritual que interviene en la historia y en la vida del hombre, y preparaba el terreno para la futura revelación del Espíritu Santo.

Así, podemos decir que ya en la narración de la creación, en el libro del Génesis, la presencia del “espíritu (o viento) de Dios”, que aleteaba sobre las aguas mientras la tierra estaba desierta y vacía, y las tinieblas cubrían el abismo (cf. Gn 1, 2), es una referencia de notable eficacia a “aquella fuerza vital”. Con ella se quiere sugerir que el “soplo” o “espíritu” de Dios desempeñó un papel en la creación: casi un poder de animación, junto con la “palabra” que da el ser y el orden a las cosas.

2. La conexión entre el espíritu de Dios y las aguas, que observamos al principio de la narración de la creación, vuelve a aparecer de otra forma en diversos pasajes de la Biblia y se hace más estrecha porque el Espíritu mismo es presentado como un agua fecundante, manantial de nueva vida. En el libro de la consolación, el segundo Isaías expresa esta promesa de Dios: “Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi espíritu sobre tu linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca. Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a corrientes de aguas” (Is 44, 3-4). El agua que Dios promete verter es su espíritu, que “derramará” sobre los hijos de su pueblo. De forma semejante el profeta Ezequiel anuncia que Dios “derramará” su espíritu sobre la casa de Israel (Ez 39, 29) y el profeta Joel usa la misma expresión que compara el espíritu a un agua derramada: “Derramaré mi espíritu en toda carne...” (Jl 3, 11).

El simbolismo del agua, con referencia al Espíritu será recogido por los autores del Nuevo Testamento y enriquecido con nuevos detalles. Tendremos ocasión de volver sobre él.

3. En la narración de la creación, tras la mención inicial del espíritu o soplo de Dios que aleteaba sobre las aguas (Gn 1, 2) no encontramos más la palabra ruah, nombre hebreo del espíritu. Sin embargo, el modo en que es descrita la creación del hombre sugiere una relación con el espíritu o soplo de Dios. En efecto, se lee que, después de haber formado al hombre con el polvo del suelo, el Señor Dios “insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2, 7). La palabra “aliento” (en hebreo neshama) es un sinónimo de “soplo” o “espíritu” (ruah), como se deduce del paralelismo con otros textos: en vez de “aliento de vida” leemos “soplo de vida” en Gn 6, 17. Por otra parte, la acción de “insuflar”, atribuida a Dios en la narración de la creación, es aplicada al Espíritu en la visión profética de la resurrección (Ez 37, 9).

Por tanto, la Sagrada Escritura nos quiere dar a entender que Dios ha intervenido por medio de su soplo o espíritu para hacer del hombre un ser animado. En el hombre hay un “aliento de vida”, que procede del “soplar” de Dios mismo. En el hombre hay un soplo o espíritu que se asemeja al soplo o espíritu de Dios.

Cuando el libro del Génesis, en el capítulo segundo, habla de la creación de los animales (v. 19), no alude a una relación tan estrecha con el soplo de Dios. Desde el capítulo anterior sabemos que el hombre fue creado “a imagen y semejanza de Dios” (1, 26-27).

4. Otros textos, sin embargo, admiten que también los animales tienen un aliento o soplo vital, y que lo recibieron de Dios. Bajo este aspecto el hombre, salido de las manos de Dios, aparece solidario con todos los seres vivientes. Así el salmo 103/104 no establece distinción entre los hombres y los animales cuando dice, dirigiéndose a Dios Creador: “Todos ellos de ti están esperando que les des a su tiempo su alimento; tú se lo das y ellos lo toman” (vv. 27-28). Luego, el salmista añade: “Les retiras su soplo, y expiran, y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra” (vv. 29-30). Por consiguiente, la existencia de las creaturas depende de la acción del soplo-espíritu de Dios, que no sólo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra.

5. La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una “nueva creación” (cf. Is 65, 17; Ga 6, 15; Ap 21, 5). La acción del Espíritu de Dios para esta nueva creación es sugerida por la famosa profecía de Ezequiel sobre la resurrección. En una visión impresionante, el profeta tiene ante los ojos una vasta llanura “llena de huesos”, y recibe la orden de profetizar sobre estos huesos y anunciar: “Huesos secos, escuchad la palabra de Yahveh. Así dice el Señor Yahveh a estos huesos: he aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros y viviréis...” (Ez 37, 1-5). El profeta cumple la orden divina y ve “un estremecimiento y los huesos se juntaron unos con otros” (37, 7). Luego aparecen los nervios, la carne crece, la piel se extiende por encima, y finalmente, obedeciendo a la voz del profeta, el espíritu entra en aquellos cuerpos, que vuelven entonces a la vida y se incorporan sobre sus pies (37, 8-10).

El primer sentido de esta visión era el de anunciar la restauración del pueblo de Israel tras la devastación y el exilio: “Estos huesos son toda la casa de Israel”, dice el Señor. Los israelitas se consideraban perdidos, sin esperanza. Dios les promete: “Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis” (37, 14). Sin embargo, a la luz del misterio pascual de Jesús, las palabras del profeta adquieren un sentido más fuerte, el de anunciar una verdadera resurrección de nuestros cuerpos mortales gracias a la acción del Espíritu de Dios.

El Apóstol Pablo, expresa esta certeza de fe, diciendo: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11).

En efecto, la nueva creación tuvo su inicio gracias a la acción del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Cristo. En su Pasión, Jesús acogió plenamente la acción del Espíritu Santo en su ser humano (cf. Hb 9, 14), quien lo condujo, a través de la muerte, a una nueva vida (cf. Rm 6, 10) que Él tiene poder de comunicar a todos los creyentes, transmitiéndoles este mismo Espíritu, primero de modo inicial en el bautismo, y luego plenamente en la resurrección final.

La tarde de Pascua, Jesús resucitado, apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo, renueva sobre ellos la misma acción que Dios Creador había realizado sobre Adán. Dios había “soplado” sobre el cuerpo del hombre para darle vida. Jesús “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

El soplo humano de Jesús sirve así a la realización de una obra divina más maravillosa aún que la inicial. No se trata sólo de crear un hombre vivo, como en la primera creación, sino de introducir a los hombres en la vida divina.

6. Con razón, pues, San Pablo establece un paralelismo y una antítesis entre Adán y Cristo, entre la primera y la segunda creación, cuando escribe: “Pues si hay un cuerpo natural (en griego psychikon, de psyché que significa alma), hay también un cuerpo espiritual (pneumatikon, es decir, completamente penetrado y transformado por el Espíritu de Dios). En efecto, si es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, un alma viviente (Gn 2, 7); el último Adán, espíritu que da vida (1 Co 15, 45). Cristo resucitado, nuevo Adán, está tan penetrado, en su humanidad, por el Espíritu Santo, que puede llamarse él mismo “espíritu”. En efecto, su humanidad no tiene sólo la plenitud del Espíritu Santo por sí misma, sino también la capacidad de comunicar la vida del Espíritu a todos los hombres. “Por tanto, el que está en Cristo ―escribe San Pablo― es una nueva creación” (2 Co 5, 17).

Se manifiesta así plenamente, en el misterio de Cristo muerto y resucitado, la acción creadora y renovadora del Espíritu de Dios, que la Iglesia invoca diciendo: “Veni, Creator Spiritus”, “Ven Espíritu Creador”.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Presento ahora mi más cordial saludo a todos los peregrinos y visitantes provenientes de los diversos países de América Latina y de España.

Doy mi más cordial bienvenida a la peregrinación del Centro de disminuidos psíquicos “Casa Nostra”, de Lérida. Deseo también saludar con todo afecto a los católicos de la Guinea Ecuatorial, que siguen nuestro encuentro de los miércoles a través de Radio Vaticano, y les aliento a ser siempre constructores de paz y armonía, mientras de corazón les imparto una especial bendición apostólica.
 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 



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