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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 14 de febrero de 1990

 

La acción profética del Espíritu divino

1. Recogiendo el hilo de la catequesis precedente, podemos escoger entre los datos bíblicos ya referidos el aspecto profético de la acción ejercida por el espíritu de Dios sobre los jefes del pueblo, sobre los reyes y sobre el Mesías. Ese aspecto requiere una reflexión ulterior porque el profetismo es el filón a lo largo del cual discurre la historia de Israel, dominada por la figura destacada de Moisés, el “profeta” más excelso, “a quien Yahveh trataba cara a cara” (Dt 34, 10). A lo largo de los siglos los israelitas adquieren cada vez más familiaridad con el binomio “la Ley y los Profetas”, como síntesis expresiva del patrimonio espiritual confiado por Dios a su pueblo. Y mediante su espíritu es como Dios habla y actúa en los padres, y de generación en generación prepara los tiempos nuevos.

2. Sin duda que el fenómeno profético, tal como se observa históricamente, está ligado a la palabra. El profeta es un hombre que habla en nombre de Dios, y transmite a quienes lo escuchan o lo leen todo lo que Dios quiere dar a conocer sobre el presente y sobre el futuro. El espíritu de Dios anima la palabra y la vuelve vital. Comunica al profeta y a su palabra un cierto “pathos” divino, por el que se hace vibrante, a veces apasionada y dolorosa, y siempre dinámica.

Con cierta frecuencia la Biblia describe episodios significativos, en los que se observa que el espíritu de Dios recae sobre alguien, el cual pronuncia un oráculo profético. Así sucede en el caso de Balaam: Le invadió el espíritu de Dios” (Nm 24, 2). Entonces “entonó su trova y dijo: ...Oráculo del que oye los dichos de Dios, del que ve la visión de Sadday, del que obtiene respuesta, y se le abren los ojos...” (Nm 24, 3-4). Es la famosa “profecía” que, aunque se refiera directamente a Saúl (cf. 1 S 15, 8) y a David (cf.. 1 S 30, 1 ss.) en la lucha contra los amalecitas, evoca al mismo tiempo al futuro Mesías: “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel...” (Nm 24, 17).

3. Otro aspecto del espíritu profético al servicio de la palabra es que ese espíritu se puede comunicar y casi “subdividir”, según las necesidades del pueblo, como en el caso de Moisés, preocupado por el número de los israelitas que debía guiar y gobernar, y que eran ya “seiscientos mil de a pie” (Nm 11, 21). El Señor le mandó que escogiera y reuniera “setenta ancianos de Israel, de los que sabes que son ancianos y escribas del pueblo” (Nm 11, 16). Una vez hecho eso, el Señor “tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar...” (Nm 11, 25).

Eliseo, cuando estaba para suceder a Elías, quería recibir incluso “dos tercios del espíritu” del gran profeta, una especie de doble parte de la herencia que tocaba al hijo mayor (cf. Dt 21, 17) para ser así reconocido como su principal heredero espiritual entre la muchedumbre de los profetas y de los “hijos de los profetas” agrupados en comunidades (2 R 2, 3). Pero el espíritu no se transmite de profeta a profeta como una herencia terrena: es Dios quien lo concede. De hecho así sucede, y los “hijos de los profetas” lo constatan: “El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo” (2 R 2, 15; cf. 6, 17).

4. En los contactos de Israel con los pueblos vecinos no faltaron manifestaciones de falso profetismo, que llevaron a la formación de grupos de exaltados, los cuales sustituían con música y gesticulaciones el espíritu procedente de Dios y se adherían incluso al culto de Baal. Elías entabló una decisiva batalla contra esos profetas (cf. 1 R 18, 25-29), permaneciendo solitario en su grandeza. Eliseo, por su parte, mantuvo más relaciones con algunos grupos, que parecían haberse enmendado (cf. 2 R 2, 3).

En la genuina tradición bíblica se defienda y se reivindica la verdadera idea del profeta como hombre de la palabra de Dios, instituido por Dios, como Moisés y a continuación de él (cf. Dt 18, 15). En efecto, Dios promete a Moisés “Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande” (Dt 18, 18). Esta promesa va acompañada por una advertencia contra los abusos del profetismo: “Si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá. Acaso vas a decir en tu corazón: ‘¿cómo sabremos que ésta palabra no la ha dicho Yahveh?’. Si ese profeta habla en nombre de Yahveh y lo que dice queda sin efecto y no se cumple, es que Yahveh no ha dicho tal palabra” (Dt 18, 20-22).

Otro aspecto de ese criterio de juicio es la fidelidad a la doctrina entregada por Dios a Israel, en la resistencia a las seducciones de la idolatría (cf. Dt 1, 2 ss.). Así se explica la hostilidad contra los falsos profetas (cf. 1 R 22, 6 ss.; 2 R 3, 13; Jr 2, 26; 5, 13; 23, 9-40; Mi 3, 11; Za 13, 2). Tarea del profeta, como hombre de la palabra de Dios, es combatir el “espíritu de mentira” que se encuentra en la boca de los falsos profetas (cf. 1 R 22, 23), para proteger al pueblo de su influencia. Es una misión recibida de Dios, como proclama Ezequiel: “La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: Hijo de hombre, profetiza contra los profetas de Israel; profetiza y di a los que profetizan por su propia cuenta:...¡Ay de los profetas insensatos que siguen su propia inspiración, sin haber visto nada!” (Ez 13. 2-3).

5. El profeta, hombre de la palabra, debe ser también “hombre del espíritu”, como ya lo llama Oseas (9, 7): debe tener el espíritu de Dios, y no sólo el propio espíritu, si ha de hablar en nombre de Dios.

El concepto lo desarrolla sobre todo Ezequiel, que deja entrever la toma de conciencia ya hecha acerca de la profunda realidad del profetismo. Hablar en nombre de Dios requiere, en el profeta, la presencia del espíritu de Dios. Esta presencia se manifiesta en un contacto que Ezequiel llama “visión”. En quien se beneficia de ese contacto, la acción del espíritu de Dios garantiza la verdad de la palabra pronunciada. Encontramos aquí un nuevo indicio del lazo existente entre palabra y espíritu que prepara lingüística y conceptualmente el lazo que se establece en el Nuevo Testamento, en un nivel más elevado, entre el Verbo y el Espíritu Santo.

Ezequiel tiene conciencia de estar personalmente animado por el espíritu: “El espíritu entró en mí ―escribe― como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba” (Ez 2, 2). El espíritu entra en el interior de la persona del profeta. Lo hace tenerse en pie: por tanto, hace de él un testigo de la palabra divina. Lo levanta y lo pone en movimiento: “el espíritu me levantó y me arrebató” (Ez 3, 14). Así se manifiesta el dinamismo del espíritu (cf. Ez 8, 3: 11, 1. 5. 24; 43, 5). Ezequiel, por lo demás, precisa que está hablando del “espíritu de Yahveh” (11, 5).

6. El aspecto dinámico de la acción profética del espíritu divino destaca fuertemente en las profecías de Ageo y de Zacarías, los cuales, tras el retorno del exilio, impulsaron vigorosamente a los israelitas a emprender la obra de la reconstrucción del Templo de Jerusalén. El resultado de la primera profecía de Ageo fue que “movió Yahveh el espíritu de Zorobabel..., gobernador de Judá, y el espíritu de Josué..., sumo sacerdote, y el espíritu de todo el Resto del pueblo. Y vinieron y emprendieron la obra en la Casa de Yahveh Sebaot” (Ag 1, 14). En un segundo oráculo, el profeta Ageo intervino de nuevo y prometió la ayuda poderosa del Espíritu del Señor: “Ten ánimo, Zorobabel...; ánimo Josué...; ánimo, pueblo todo de la tierra, oráculo de Yahveh. ¡A la obra! ...En medio de vosotros se mantiene mi Espíritu: ¡no temáis!” (Ag 2, 4-5). Y de la misma manera el profeta Zacarías proclamaba: “Esta es la palabra de Yahveh a Zorobabel: No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu, dice Yahveh Sebaot” (Za 4, 6).

En los tiempos inmediatamente anteriores al nacimiento de Jesús no existían ya profetas en Israel y no se sabía hasta cuándo duraría esa situación (cf. Sal 74/73, 9; 1 M 9, 27). Sin embargo, uno de los últimos profetas, Joel, había anunciado una efusión universal del Espíritu de Dios que debía realizarse “antes de la venida del Día de Yahveh, grande y terrible” (Jl 3, 4) y debía manifestarse con una extraordinaria difusión del don de profecía. El Señor había proclamado por medio de él: “Yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones” (3, 1). Así se debía cumplir finalmente el deseo expresado, muchos siglos antes, por Moisés: “¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara porque Yahveh les daba su espíritu!” (Nm 11, 29). La inspiración profética alcanzaría incluso “a los siervos y a las siervas” (Jl 3, 2), superando toda distinción de niveles culturales o condiciones sociales. Entonces la salvación se ofrecería a todos: “Todo el que invoque el nombre de Yahveh será salvo” (Jl 3, 5).

Como hemos visto en una catequesis precedente, esta profecía de Joel encontró su cumplimiento el día de Pentecostés, de forma que el Apóstol Pedro, dirigiéndose a la muchedumbre asombrada, pudo declarar: “Es lo que dijo el profeta Joel” y recitó el oráculo del profeta (Hch 2, 16-21), explicando que Jesús “exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado” en abundancia (cf. Hch 2, 33). Desde aquel día en adelante, la acción profética del Espíritu Santo se ha manifestado continuamente en la Iglesia para darle luz y aliento.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Doy mi más cordial bienvenida a este encuentro a todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España.

Con particular afecto saludo a los sacerdotes y demás almas consagradas aquí presentes, a quienes aliento a una entrega sin reservas a su vocación en fidelidad a Cristo y la Iglesia. Igualmente saludo al grupo de estudiantes de la Escuela Italiana de Lima, Perú.

A todos bendigo de corazón.



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