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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 25 de julio de 1990

 

El Espíritu Santo en la oración y en la predicación mesiánica de Jesús

1. Tras la “experiencia del desierto”, Jesús comienza su actividad mesiánica entre los hombres. Lucas escribe que “una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades” (Lc 5, 15). Se trataba de enseñar y evangelizar el reino de Dios, de elegir y dar la primera formación a los Apóstoles, de curar a los enfermos y predicar en las sinagogas, desplazándose de ciudad en ciudad (cf. Lc 4, 43-44): una actividad intensa, acompañada de “prodigios y señales” (cf. Hch 2, 22), que brotaba, en su conjunto, de aquella “unción” del Espíritu Santo de la que habla el evangelista desde el inicio de la vida pública. La presencia del Espíritu Santo ―como presencia del Don― es constante, aunque los evangelios sólo la mencionen en algunas ocasiones.

Dado que tenía que evangelizar a los hombres para disponerlos a la redención, Jesús había sido enviado para vivir en medio de ellos, y no en un desierto o en otros lugares solitarios. Su lugar estaba en medio de la gente, como observa Remigio de Auxerre († 908), citado por Santo Tomás. Pero el mismo doctor angélico advierte: “El hecho de que Cristo, tras el ayuno en el desierto, volviera a la vida normal tiene un motivo: es lo que conviene a la vida de quien se dedica a comunicar a los demás el fruto de su contemplación, compromiso que Cristo había tomado: a saber, primero consagrarse a la oración, y luego bajar al nivel público de la acción viviendo en medio de los demás” (Summa Theol., III, q. 40, a. 2, ad 2).

2. Aún estando inmerso entre la multitud, Jesús permanece profundamente entregado a la oración. Lucas nos informa de que “se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba” (Lc 5, 16). Así se manifestaba, en obras eminentemente religiosas, la condición de permanente diálogo con el Padre, en que vivía. Sus “ratos de oración” duraban a veces toda la noche (Lc 6, 12). Los evangelistas destacan algunos de estos ratos, por ejemplo, la oración que hizo antes de la transfiguración en el monte Tabor (cf. Lc 9, 29), y la que realizó durante la agonía de Getsemaní, donde la cercanía y la unión filial con el Padre en el Espíritu Santo alcanzan una expresión sublime en aquellas palabras: “¡Abbá, Padre! Todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú” (Mc 14, 36).

3. Existe un caso en que el evangelista atribuye explícitamente al Espíritu Santo la oración de Jesús, dejando traslucir el estado habitual de contemplación de donde brotaba. Se trata del episodio, durante el viaje hacia Jerusalén, en el que conversa con los discípulos, entre los que eligió a setenta y dos para enviarlos a evangelizar a la gente de los sitios a donde él había de ir (Lc 10, 1), tras haberlos instruido convenientemente. Al regreso de aquella misión, los setenta y dos narran a Jesús lo que realizaron, incluida la “sumisión” de los demonios en su nombre (Lc 10, 17). Y Jesús, después de haberles asegurado que había visto a “Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 18), se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10, 21 ).

“Jesús ―escribí en la encíclica Dominum et vivificantem― se alegra por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido posible revelar esta paternidad; se alegra, finalmente, por la especial irradiación de esta paternidad divina sobre los ‘pequeños’. Y el evangelista califica todo esto como ‘gozo en el Espíritu Santo’... Lo que durante la teofanía del Jordán vino en cierto modo ‘desde fuera’, desde lo alto, aquí proviene ‘desde dentro’, es decir, desde la profundidad de lo que es Jesús. Es otra revelación del Padre y del Hijo, unidos en el Espíritu Santo, Jesús habla solamente de la paternidad de Dios y de su propia filiación; no habla directamente del Espíritu que es amor y, por tanto, unión del Padre y del Hijo. Sin embargo, lo que dice del Padre y de sí como Hijo brota de la plenitud del Espíritu que está en él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo ‘yo’, inspira y vivifica profundamente su acción. De aquí aquel ‘gozarse en el Espíritu Santo’” (nn. 20-21).

4. Este texto de Lucas, junto al de Juan que recoge el discurso de despedida en el Cenáculo (cf. Jn 13, 31; 14; 31), es especialmente significativo y elocuente sobre la revelación del Espíritu Santo en la misión mesiánica de Cristo.

En la sinagoga de Nazaret Jesús había aplicado a sí mismo la profecía de Isaías que comienza con las palabras: “El Espíritu del Señor sobre mí” (Lc 4, 18). Aquel “estar el Espíritu sobre él” se extendía a todo lo que él “hacía y enseñaba” (Hch 1, 1). En efecto, escribe Lucas que “Jesús volvió (del desierto) a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos” (Lc 4, 14-15). Aquella enseñanza despertaba interés y asombro: “Todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca” (Lc 4, 22). Lo mismo se nos dice de los milagros y del singular poder de atracción de su personalidad: toda la multitud de los que “habían venido (de todas partes) para oírle y ser curados de sus enfermedades, ... procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6, 17-19). ¿Cómo no reconocer en ello también una manifestación de la fuerza del Espíritu Santo, concedido en plenitud a él como hombre, para animar sus palabras y sus gestos?

Y Jesús enseña pedir al Padre en la oración el don del Espíritu, con la confianza de poder obtenerlo: “Si, pues, vosotros..., sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 13). Y cuando predice a sus discípulos que les espera la persecución, con cárceles e interrogatorios, añade: “No os preocupéis de qué vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo” (Mc 13, 11). “El Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir” (Lc 12, 12).

5. Los evangelios sinópticos recogen otra afirmación de Jesús, en sus instrucciones a los discípulos, que no puede dejar de impresionarnos. Se refiere a la “blasfemia contra el Espíritu Santo”. Dice: “A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará” (Lc 12, 10; cf. Mt 12, 32; Mc 3, 29). Estas palabras crean un problema de amplitud teológica y ética mayor de lo que se pueda pensar considerando sólo la superficie del texto. “La ‘blasfemia’ (de la que se trata) no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la cruz... Si Jesús afirma que la blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta ‘no remisión’ está unida como causa suya la ‘no penitencia’ es decir, al rechazo radical del convertirse... Ahora bien, la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre que reivindica un pretendido ‘derecho’ de perseverar en el mal ―en cualquier pecado― y rechaza así la redención... (Ese pecado) no permite al hombre salir de su autoprisión y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y remisión de los pecados” (Dominum et vivificantem, 46). Se trata de una actitud exactamente opuesta a la condición de docilidad y de comunión con el Padre en el que vive Jesús, tanto en su oración como en sus obras, y que él enseña y recomienda al hombre como actitud interior y como principio de acción.

6. En el conjunto de la predicación y de la acción de Jesucristo, que brota de su unión con el Espíritu Santo-Amor, se contiene una inmensa riqueza del corazón: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29), pero está presente, al mismo tiempo, toda la firmeza de la verdad sobre el reino de Dios y, por consiguiente, la insistente invitación divina a abrir el corazón, bajo la acción del Espíritu Santo, para ser admitido en él y no ser excluidos de él.

En todo ello se revela el “poder del Espíritu Santo”; es más, se manifiesta el Espíritu Santo mismo con su presencia y su acción de Paráclito, que conforta y auxilia al hombre, y le confirma en la verdad divina, derrotando al “señor de este mundo”.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora muy cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de América Latina y de España.

En particular al grupo de sacerdotes franciscanos y a las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón, a quienes aliento a una entrega generosa en el servicio al Evangelio.

Igualmente saludo a los formadores y seminaristas del Seminario Menor “Don Orione”, de Palencia y a los jóvenes de los grupos musicales de la Universidad de La Salle de México y de Tijuana. Finalmente, a las peregrinaciones procedentes de San Juan de Puerto Rico, de Venezuela y de diversas ciudades españolas.

A todos bendigo de corazón.
 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 



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