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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 1 de agosto de 1990

 

El Espíritu Santo en el sacrificio de Jesucristo

1. En la encíclica Dominum et vivificantem escribí: “El Hijo de Dios, Jesucristo, como hombre, en la ferviente oración de su pasión, permitió al Espíritu Santo, que ya había impregnado íntimamente su humanidad, transformarla en sacrificio perfecto mediante el acto de su muerte, como víctima de amor en la cruz. Él solo ofreció este sacrificio. Como único sacerdote ‘se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios’ (Hb 9, 14)” (n. 40: L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 8 de junio de 1986, pág. 10).

El sacrificio de la cruz es el culmen de una vida en la cual hemos leído, siguiendo los textos del Evangelio, la verdad sobre el Espíritu Santo, a partir del momento de la encarnación.

Fue el tema de las catequesis anteriores, concentradas en los momentos de la vida y de la misión de Cristo, en la cual la revelación del Espíritu Santo es particularmente transparente. El tema de la catequesis de hoy es el momento de la Cruz.

2. Fijemos la atención en las últimas palabras que pronunció Jesús en su agonía en el Calvario. En el texto de Lucas se escribe: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46). Aunque estas palabras, excepto la invocación “Padre”, provienen del Salmo 30/31, sin embargo, en el contexto del evangelio adquieren otro significado. El salmista rogaba a Dios que lo salvase de la muerte; Jesús en la cruz, por el contrario, precisamente con las palabras del salmista acepta la muerte, entregando su espíritu al Padre (es decir, “su vida”). El salmista se dirige a Dios como a liberador; Jesús encomienda (es decir, entrega) su espíritu al Padre con la perspectiva de la resurrección. Confía al Padre la plenitud de su humanidad, en la cual subsiste el Yo divino del Hijo unido al Padre en el Espíritu Santo. Sin embargo la presencia del Espíritu Santo no se manifiesta de modo explícito en el texto de Lucas, como sucederá en la carta a los Hebreos (9, 14).

3. Antes de pasar a este otro texto, hay que considerar la formulación un poco diversa de las palabras de Cristo moribundo en el evangelio de Juan. Allí leemos: “Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19, 30). El evangelista no pone de relieve la “entrega” (o “encomienda”) del espíritu al Padre. El amplio contexto del evangelio de Juan, y especialmente las páginas dedicadas a la muerte de Jesús en la cruz, parecen más bien indicar que en la muerte da comienzo el envío del Espíritu Santo, como Don entregado en la marcha de Cristo.

Sin embargo, tampoco aquí se trata de una afirmación explícita. Aunque no podemos ignorar la sorprendente vinculación que parece existir entre el texto de Juan y la interpretación de la muerte de Cristo que se halla en la carta a los Hebreos. El autor de esta última habla de la función ritual de los sacrificios cruentos de la Antigua Alianza, que servían para purificar al pueblo de las culpas legales, y los compara con el sacrificio de la cruz, y luego exclama: “¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 14).

Como escribí en la encíclica Dominum et vivificantem, “en su humanidad (Cristo) era digno de convertirse en este sacrificio, ya que él solo era ‘sin tacha’. Pero lo ofreció ‘por el Espíritu Eterno’: lo que quiere decir que el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor” (núm. 40). El misterio de la asociación entre el Mesías y el Espíritu Santo en la obra mesiánica, contenido en la página de Lucas sobre la anunciación de María, se vislumbra ahora en el pasaje de la carta a los Hebreos. Aquí se manifiesta la profundidad de esta obra, que llega a las “conciencias” humanas para purificarlas y renovarlas por medio de la gracia divina, mucho más allá de la superficie de la representación ritual.

4. En el Antiguo Testamento se habla varias veces del “fuego del cielo” que quemaba las oblaciones que presentaban los hombres (cf. Lv 9, 24; 1 Co 21, 26; 2 Co 7, 1). Así en el Levítico: “Arderá el fuego sobre el altar sin apagarse; el sacerdote lo alimentará con leña todas las mañanas, colocará encima el holocausto” (6, 5). Ahora bien, sabemos que el antiguo holocausto era figura del sacrificio de la cruz, el holocausto perfecto. “Por analogía se puede decir que el Espíritu Santo es el ‘fuego del cielo’ que actúa en lo más profundo del misterio de la cruz. Proviniendo del Padre, ofrece al Padre el sacrificio del Hijo, introduciéndolo en la divina realidad de la comunión trinitaria” (Dominum et vivificantem, 41).

Por esta razón podemos añadir que en el reflejo del misterio trinitario se ve el pleno cumplimiento del anuncio de Juan Bautista en el Jordán: “Él (Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11). Si ya en el Antiguo Testamento, del que se hacía eco el Bautista, el fuego simbolizaba la intervención soberana de Dios que purificaba las conciencias mediante su Espíritu (cf. Is 1, 25; Zc 13, 9; Ml 13, 2-3; Si 2, 5), ahora la realidad supera las figuras en el sacrificio de la cruz, que es el perfecto “bautismo con el que Cristo mismo debía ser bautizado” (cf. Mc 10, 38), y al cual Él en su vida y en su misión terrena, tiende con todas sus fuerzas, como Él mismo dijo: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (Lc 12, 49-50). El Espíritu Santo es el “fuego” salvífico que da actuación a ese sacrificio.

5. En la carta a los Hebreos leemos también que Cristo, “aún siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia” (5, 8). Al venir al mundo dijo al Padre: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad” (Hb 10, 9). En el sacrificio de la cruz se realiza plenamente esta obediencia: “Si el pecado ha engendrado el sufrimiento, ahora el dolor de Dios en Cristo crucificado recibe su plena expresión humana por medio del Espíritu Santo... pero, a la vez, desde lo hondo de este sufrimiento... el Espíritu saca una nueva dimensión del don hecho al hombre y a la creación desde el principio. En lo más hondo del misterio de la cruz actúa el amor, que lleva de nuevo al hombre a participar en la vida, que está en Dios mismo” (Dominum et vivificantem, 41).

Por eso en las relaciones con Dios la humanidad tiene “un Sumo Sacerdote que (sabe) compadecerse de nuestras flaquezas, habiendo sido probado en todo igual a nosotros, excepto en el pecado” (cf. Hb 4, 15): en este nuevo misterio de la mediación sacerdotal de Cristo ante el Padre, está la intervención decisiva del “Espíritu eterno”, que es fuego de amor infinito.

6. “El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio Él ‘recibe’ el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después Él solo con Dios Padre― puede ‘darlo’ a los Apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad” (Dominum et vivificantem, 41).

Es, pues, justo ver en el sacrificio de la cruz el momento conclusivo de la revelación del Espíritu Santo en la vida de Cristo. Es el momento-clave, en el cual halla su centro el acontecimiento de Pentecostés y toda la irradiación que emanará de él al mundo. El mismo “Espíritu eterno” operante en el misterio de la cruz aparecerá entonces en el Cenáculo sobre las cabezas de los apóstoles bajo la forma de “lenguas como de fuego” para significar que penetraría gradualmente en las arterias de la historia humana mediante el servicio apostólico de la Iglesia. Estamos llamados a entrar también nosotros en el radio de acción de esta misteriosa potencia salvífica que parte de la cruz y el Cenáculo, para ser atraídos, en ella y por ella, a la comunión de la Trinidad.


Saludos

Deseo ahora saludar a todas las personas y grupos procedentes de los diversos Países de América Latina y de España. En particular a las religiosas “Siervas del Amor Misericordioso”, a quienes aliento a una renovada entrega a su vocación de amor y servicio. Igualmente saludo a los numerosos peregrinos provenientes de México.

A todos bendigo de corazón.

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 



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