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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 8 de agosto de 1990

 

El Espíritu Santo en la resurrección de Cristo

1. El Apóstol Pedro afirma en su primera carta: “Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el Espíritu” (1 Pe 3, 18). También el Apóstol Pablo afirma la misma verdad en la introducción a la carta a los Romanos, donde se presenta como el anunciador del Evangelio de Dios mismo. Y escribe: “El Evangelio... acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (1, 3-4). A este respecto escribí en la encíclica Dominum et vivificantem: “Puede decirse, por consiguiente, que la ‘elevación’ mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la resurrección, en la cual se revela también como Hijo de Dios ‘lleno de poder’” (núm. 24, cf. L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 8 de junio de 1986, pág. 6).

Los estudiosos opinan que en este pasaje de la carta a los Romanos, así como en el de la carta de Pedro (3, 18-4, 6), se halla contenida una profesión de fe anterior, recogida por los dos Apóstoles de la fuente viva de la primera comunidad cristiana. En esa profesión de fe se encuentra, entre otras, la afirmación según la cual el Espíritu Santo que actúa en la resurrección es el “Espíritu de santificación”. Por consiguiente, podemos decir que Cristo, que en el momento de su concepción en el seno de María por obra del Espíritu Santo ya era el Hijo de Dios, en la resurrección es “constituido” fuente de vida y de santidad -“lleno de poder de santificación”- por obra del mismo Espíritu Santo.

Así se revela en todo su significado el gesto que Jesús realiza la misma tarde del día de la resurrección, “el primer día de la semana”, cuando, al aparecerse a los Apóstoles, les muestra las manos y el costado, sopla sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

2. A este respecto merece especial atención la primera carta de Pablo a los Corintios. Ya vimos a su tiempo, en las catequesis cristológicas, que en ella se encuentra la primera anotación histórica acerca de los testimonios sobre la resurrección de Cristo, que para el Apóstol pertenecen y la tradición de la Iglesia: “Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce” (15, 3-5). En este punto el Apóstol enumera diversas cristofanías que tuvieron lugar tras la resurrección, recordando al final la que él mismo había experimentado (cf. 15, 4-11).

Se trata de un texto muy importante que documenta no sólo la persuasión que tenían los primeros cristianos de la resurrección de Cristo, sino también la predicación de los Apóstoles, la tradición en formación, y el mismo contenido pneumatológico y escatológico de aquella fe de la Iglesia primitiva.

En efecto, en su carta, relacionando la resurrección de Cristo con la fe en la universal “resurrección del cuerpo”, el Apóstol establece la relación entre Cristo y Adán en estos términos: “Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida” (15, 45). Al afirmar que Adán fue hecho “alma viviente”, Pablo cita el texto del Génesis según el cual Adán fue hecho “alma viviente” gracias al “aliento de vida” que Dios “insufló en sus narices” (Gn 2, 7); después, Pablo sostiene que Jesucristo, como hombre resucitado, supera a Adán, pues posee la plenitud del Espíritu Santo, que debe dar vida al hombre de un modo nuevo para así convertirlo en un ser espiritual. El hecho de que el nuevo Adán haya llegado a ser “espíritu que da vida” no significa que se identifique como persona con el Espíritu Santo que ‘da la vida’ (divina), sino que, al poseer como hombre la plenitud de este Espíritu, lo da a los Apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad. Es “espíritu que da vida” por medio de su muerte y de su resurrección, es decir, por medio del sacrificio ofrecido en la cruz.

3. El texto del Apóstol forma parte de la instrucción de Pablo sobre el destino del cuerpo humano, del que es principio vital el alma (psyche en griego, refesh en hebreo: cf. Gn 2, 7). Es un principio natural; en el momento de la muerte el cuerpo aparece abandonado por él. Ante el hecho de la muerte se plantea, como problema de existencia antes que de reflexión filosófica, el interrogante sobre la inmortalidad.

Según el Apóstol, la resurrección de Cristo responde a este interrogante con una certeza de fe. El cuerpo de Cristo, colmado de Espíritu Santo en la resurrección, es la fuente de la nueva vida de los cuerpos resucitados: “Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Co 15, 44). El cuerpo “natural” (es decir, animado por la psyché) está destinado a desaparecer para dejar lugar al cuerpo “espiritual”, animado por el pneuma, el Espíritu, que es principio de vida nueva ya durante la actual vida mortal (cf. Rm 1, 9; 5, 5), pero alcanzará su plena eficacia después de la muerte. Entonces será autor de la resurrección del “cuerpo natural” en toda la realidad del “cuerpo pneumático” mediante la unión con Cristo resucitado (cf. Rm 1, 4; 8, 11), hombre celeste y “Espíritu que da vida” (1 Co 15, 45-49).

La futura resurrección de los cuerpos está, por tanto, vinculada a su espiritualización a semejanza del cuerpo de Cristo, vivificado por el poder del Espíritu Santo. Esta es la respuesta del Apóstol al interrogante que él mismo se plantea: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?” (1 Co 15, 35). “¡Necio! -exclama Pablo-. Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad... Así también en la resurrección de los muertos: ...se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Co 15, 36-44).

4. Por tanto, según el Apóstol, la vida en Cristo es al mismo tiempo la vida en el Espíritu Santo: “Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece (a Cristo)” (Rm 8, 9). La verdadera libertad se halla en Cristo y en su Espíritu, “porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rm 8, 2). La santificación en Cristo es al mismo tiempo la santificación en el Espíritu Santo (cf., por ejemplo 1 Co 1, 2; Rm 15, 16). Si Cristo “intercede por nosotros” (Rm 8, 34), entonces también el Espíritu Santo “intercede por nosotros con gemidos inefables... Intercede a favor de los santos según Dios” (Rm 8, 26-27).

Como se puede deducir de estos textos paulinos, el Espíritu Santo, que ha actuado en la resurrección de Cristo, ya infunde en el cristiano la nueva vida, en la perspectiva escatológica de la futura resurrección. Existe una continuidad entre la resurrección de Cristo, la vida nueva del cristiano liberado del pecado y hecho partícipe del misterio pascual, y la futura reconstrucción de la unidad de cuerpo y alma en la resurrección tras la muerte: el autor de todo el desarrollo de la vida nueva en Cristo es el Espíritu Santo.

5. Se puede decir que la misión de Cristo alcanza realmente su culmen en el misterio pascual, donde la estrecha relación entre la cristología y la pneumatología se abre, ante la mirada del creyente y ante la investigación del teólogo, al horizonte escatológico. Pero esta perspectiva incluye también el plano eclesiológico: porque “la Iglesia anuncia... al que da la vida: el Espíritu vivificante; lo anuncia y coopera con él en dar la vida. En efecto, ‘aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia’” (Rm 8, 10) realizada por Cristo crucificado y resucitado. Y en nombre de la resurrección de Cristo, la Iglesia sirve a la vida que proviene de Dios mismo, en íntima unión y humilde servicio al Espíritu” (Dominum et vivificantem, 58).

6. En el centro de este servicio se encuentra la Eucaristía. Este sacramento, en el que continúa y se renueva sin cesar el don redentor de Cristo, contiene al mismo tiempo el poder vivificante del Espíritu Santo. La Eucaristía es, por tanto, el sacramento en el que el Espíritu sigue obrando y “revelándose” como principio vital del hombre en el tiempo y en la eternidad. Es fuente de luz para la inteligencia y de fuerza para la conducta, según la palabra de Jesús en Cafarnaún: “El Espíritu es el que da vida... Las palabras que os he dicho (acerca del ‘pan bajado del cielo’) son espíritu y vida” (Jn 6, 63).


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora muy cordialmente a los peregrinos y visitantes procedentes de los diversos Países de América Latina y de España. En particular, a los grupos corales “Orfeón de Sabadell” y “Schola Cantorum Círculo Católico de Obreros de Burgos”. Que vuestro canto sea siempre una alabanza a Dios por la belleza del creado y por su mucho amor para con nosotros. Igualmente, saludo a la peregrinación del Instituto Secular Obreras de la Cruz, de Valencia, y a la peregrinación Franciscana de México.

A todos bendigo de corazón.
 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 



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