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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 24 de octubre de 1990

 

La unción y el agua, símbolos evangélicos de la acción del Espíritu Santo

1. En su intervención en la sinagoga de Nazaret, al comienzo de su vida pública, Jesús se aplica a sí mismo un texto de Isaías que dice: “El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh” (Is 61, 1; cf. Lc 4, 18). Se trata de otro símbolo que pasa del Antiguo al Nuevo Testamento con un significado más preciso y nuevo, como sucedió con los símbolos del viento, de la paloma y del fuego, cuya referencia a la acción y a la Persona del Espíritu Santo hemos visto en las últimas catequesis. También la unción con el aceite pertenece a la tradición del Antiguo Testamento. Recibían la unción ante todo los reyes, pero también los sacerdotes y a veces los profetas. El símbolo de la unción con el aceite debía expresar la fuerza necesaria para el ejercicio de la autoridad El texto citado de Isaías sobre la “consagración con la unción” se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios a una persona a quien eligió y envió. Jesús nos dice que este elegido de Dios es él mismo, el Mesías: y la plenitud de la fuerza conferida a él ―plenitud del Espíritu Santo― es su propiedad de Mesías, es decir, ungido del Señor, Cristo.

2. En los Hechos de los apóstoles, Pedro alude también a la unción que recibió Jesús, cuando recuerda “cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo” (Hch 10, 38). Así como el aceite penetra la madera o las otras materias, de la misma manera el Espíritu Santo penetra todo el ser del Mesías-Jesús, confiriéndole el poder salvador de curar los cuerpos y las almas. Por medio de esta unción con el Espíritu Santo, el Padre realizó la consagración mesiánica del Hijo.

3. La participación en la unción de la humanidad de Cristo con el Espíritu Santo pasa a todos los que lo acogen en la fe y en el amor. Esa participación tiene lugar a nivel sacramental en las unciones con aceite, cuyo rito forma parte de la liturgia de la Iglesia, especialmente en el bautismo y la confirmación. Como escribe san Juan en su primera carta, “estáis ungidos por el Santo”, y esa unción “permanece” en vosotros (1 Jn 2, 20. 27). Esta unción constituye la fuente del conocimiento: “En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo sabéis” (1 Jn 2, 20), de forma que “no necesitáis que nadie os enseñe... Su unción os enseña acerca de todas las cosas” (1 Jn 2, 27).

De esta manera, se cumple la promesa hecha por Jesús a los Apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1, 8).

Así, pues, en el Espíritu está la fuente del conocimiento y de la ciencia, y la fuente de la fuerza necesaria para dar testimonio de la verdad divina. En el Espíritu está también el origen de ese “sentido de la fe” sobrenatural que, según el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 12), es herencia del pueblo de Dios, como dice san Juan: “todos vosotros lo sabéis” (1 Jn 2, 20).

4. También el símbolo del agua aparece con frecuencia ya en el Antiguo Testamento. Considerada de modo muy genérico, el agua simboliza la vida concedida por Dios a la naturaleza y a los hombres. Leemos en Isaías: “Abriré sobre los calveros arroyos y en medio de las barrancas manantiales. Convertiré el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas” (Is 41, 18): es una alusión a la influencia vivificante del agua. El profeta aplica este símbolo al espíritu, uniendo agua y Espíritu de Dios, cuando proclama este oráculo: “Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi Espíritu sobre tu linaje... Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a corrientes de aguas” (Is 44, 3-4). Así se señala el poder vivificante del Espíritu, simbolizado por el poder vivificante del agua.

Además, el agua libra la tierra de la aridez”(cf. 1 R 18, 41-45). El agua sirve también para satisfacer la sed del hombre y de los animales (cf. Is 43, 20). La sed de agua se presenta como semejante a la sed de Dios, tal como se lee en el libro de los Salmos: “Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios. Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver la faz de Dios?” (Sal 41/42, 2-3; otro texto también explícito es Sal 62/63, 2).

El agua es, finalmente, el símbolo de la purificación, como se lee en Ezequiel: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré” (Ez 36, 25). El mismo profeta anuncia el poder vivificante del agua en una sugestiva visión: “Me llevó a la entrada de la casa, y he aquí que debajo del umbral de la casa salía agua, en dirección a oriente... Me dijo: ‘Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá’” (Ez 47, 1. 8-9).

5. En el Nuevo Testamento el poder purificador y vivificante del agua sirve para el rito del bautismo ya con Juan, que en el Jordán administraba el bautismo de penitencia (cf. Jn 1, 33). Pero será Jesús quien presente el agua como símbolo del Espíritu Santo cuando, un día de fiesta, exclame ante la muchedumbre: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí, como dice la Escritura. De su seno correrán ríos de agua viva”. Y el evangelista comenta: “Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Con estas palabras se explica también todo lo que Jesús dice a la samaritana sobre el agua viva, sobre el agua que da él mismo. Esta agua se convierte en el hombre en “fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 10.14).

6. Se trata en todos los casos de expresiones de la verdad revelada por Jesús sobre el Espíritu Santo, del que “el agua viva” es símbolo, y que en el sacramento del bautismo se traducirá en la realidad del nacimiento por el Espíritu Santo. Aquí confluyen también muchos otros pasajes del Antiguo Testamento, como el del agua que Moisés, por orden de Dios, hizo brotar de la roca (cf. Ex 17, 5-7; Sal 77/78, 16), y el de la fuente abierta para la casa de David... para lavar el pecado y la impureza (cf. Za 13, 1; 14, 8); mientras la coronación de todos estos textos se encontrará en las palabras del Apocalipsis sobre el río de agua viva, límpida como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, a una y otra margen del río, hay árboles de vida... Sus hojas sirven de medicina para los gentiles...(Ap 22, 1-2). Según los exegetas, las aguas vivas y vivificantes simbolizan al Espíritu, como el mismo Juan repite varias veces en su evangelio (cf. Jn 4, 10-14; 7, 37-38). En esta visión del Apocalipsis se entrevé la misma Trinidad. También es significativo el hecho de que llame medicina para los gentiles las hojas del árbol, alimentado por el agua viva y saludable del Espíritu.

Si el pueblo de Dios “bebe esta agua espiritual”, según san Pablo, es como Israel en el desierto, que “bebían de la roca... y la roca era Cristo” (1 Co 10, 1-4). De su costado atravesado en la cruz “salió sangre y agua” (Jn 19, 34), como signo de la finalidad redentora de su muerte, sufrida por la salvación del mundo. Fruto de esta muerte redentora es el don del Espíritu Santo, concedido por él en abundancia a su Iglesia.

Verdaderamente “fuentes de agua viva salen del interior” del misterio pascual de Cristo, llegando a ser, en las almas de los hombres, como don del Espíritu Santo “fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 14). Este don proviene de un Dador bien perceptible en las palabras de Cristo y de sus Apóstoles: la Tercera Persona de la Trinidad.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Tras estas reflexiones, saludo afectuosamente a todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos Países de América Latina y de España, a quienes doy mi más cordial bienvenida a esta Audiencia.

Me es grato saludar, en modo particular, a la peregrinación de la “Asociación Mexicana de Implantes Dentales”, así como a la “Peregrinación Mariana” de Panamá y a los miembros de la “Asociación de Promotores y Constructores de Edificios Urbanos” de Gijón (Asturias).

A todos imparto complacido la bendición apostólica.

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 



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