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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 21 de noviembre de 1990

 

El Espíritu Santo como Don

1. Todos conocemos las delicadas y sugestivas palabras dirigidas por Jesús a la samaritana, que había acudido al pozo de Jacob para sacar agua: “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). Son palabras que nos introducen en otra dimensión esencial de la verdad revelada acerca del Espíritu Santo. Jesús, en aquel encuentro, habla del don del “agua viva”, afirmando que quien la bebe “no tendrá sed jamás”. En otra ocasión, en Jerusalén, Jesús hablaba de “ríos de agua viva” (Jn 7, 38), y el evangelista, que refiere esta palabra, añade que Jesús decía esto “refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 7, 39). A continuación, el evangelista explica que ese Espíritu sería dado sólo cuando Jesús hubiese sido “glorificado” (Jn 7, 39).

De la reflexión sobre estos y otros textos análogos ha brotado la convicción de que pertenece a la revelación de Jesús el concepto del Espíritu Santo como Don concedido por el Padre. Por lo demás, según el evangelio de Lucas, en su enseñanza ―casi catequística― sobre la oración, Jesús hace notar a los discípulos que, si los hombres saben dar cosas buenas a sus hijos, “¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 13): el Espíritu Santo es la “cosa buena” superior a todas las demás (Mt 7, 11), el “don bueno” por excelencia.

2. En el discurso de despedida a los Apóstoles, Jesús les asegura que él mismo pedirá al Padre por sus discípulos sobre todo este don: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16). Habla así la víspera de su pasión, y tras la resurrección anuncia el próximo cumplimiento de su oración: “Yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre... hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 49). “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

Jesús pide al Padre el Espíritu Santo como Don para los Apóstoles y para la Iglesia hasta el fin del mundo. Pero, al mismo tiempo, él es quien lleva en sí este don; más aún, él posee, también en su humanidad, la plenitud del Espíritu Santo, pues “el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn 3, 35). Él es “aquel a quien Dios ha enviado”, que “habla las palabras de Dios” y, “porque da el Espíritu sin medida” (Jn 3, 34).

3. También mediante su humanidad, el Hijo de Dios mismo es quien manda el Espíritu: si el Espíritu Santo es plenamente el Don del Padre, Cristo-hombre, al llevar a cabo en su pasión redentora la misión recibida y cumplida para obedecer al Padre, obediencia “hasta la muerte de cruz” (Flp 2, 8), revela mediante su sacrificio redentor de Hijo al Espíritu Santo como Don y lo da a sus discípulos. Lo que en el Cenáculo llama su “partida”, en la economía salvífica se transforma en el momento prefijado a que se halla ligada “la venida” del Espíritu Santo (cf. Jn 16, 7).

4. Pero, a través de ese momento culminante de auto-revelación del misterio trinitario, nos es posible penetrar aún mejor en la vida íntima de Dios. Nos es dado conocer al Espíritu Santo no sólo como Don concedido a los hombres, sino también como Don subsistente en la misma vida íntima de Dios. “Dios es amor”, nos dice san Juan (1 Jn 4, 8); amor esencial, como precisan los teólogos, común a las tres divinas Personas. Pero eso no excluye que el Espíritu Santo, como Espíritu del Padre y del Hijo, sea Amor en sentido personal, como hemos explicado en la catequesis anterior. Por esto, él “todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios” (1 Co 2, 10), con el poder de penetración propio del Amor. Por esto mismo él es también el Don increado y eterno, que las divinas Personas se hacen en la vida íntima del Dios uno y trino. Su ser-amor se identifica con su ser-don. Se podría incluso decir que “por el Espíritu Santo Dios ‘existe’ como Don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-Amor. Es Persona-Amor. Es Persona-don” (Dominum et vivificantem, 10; cf. “L'Osservatore Romano”, edición en lengua española, 8 de junio de 1986, pág. 4).

5. Escribe san Agustín que, “como el ser nacido significa para el Hijo proceder del Padre, así el ser Don es para el Espíritu Santo proceder del Padre y del Hijo” (De Trinitate, IV, 20: PL 42, 908). Existe en el Espíritu Santo una equivalencia entre el ser-Amor y el ser-Don. Explica muy bien santo Tomás: “El amor es la razón de un don gratuito, que se hace a una persona porque se la quiere bien. El primer don es, pues, el amor (amor habet rationem primi doni)... Por eso, si el Espíritu Santo procede como Amor, procede también como primer Don” (Summa Theologiae, I, q. 38, a. 2). Todos los demás dones son distribuidos entre los miembros del cuerpo de Cristo por el Don que es el Espíritu Santo, concluye el Angélico, con san Agustín (De Trinitate, XV, 19: PL 42, 1084).

6. Al estar en el origen de todos los demás dones concedidos a las creaturas, el Espíritu Santo, Amor-Persona, Don increado, es como una fuente (fons vivus), de la que deriva todo en la creación; es como un fuego de amor (ignis caritas), que lanza destellos de realidad y de bondad a todas las cosas (dona creata). Se trata del don de la existencia concedida, mediante el acto de la creación y de la gracia, a los ángeles y a los hombres en la economía de la salvación. Por esto, el apóstol Pablo escribe: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5).

7. También este texto paulino es una síntesis de cuanto enseñan los Apóstoles inmediatamente tras Pentecostés. “Convertíos, ―exhortaba Pedro―, y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2, 38). Poco después, el mismo Apóstol, enviado al centurión Cornelio para bautizarlo, podrá comprender por la experiencia de una revelación divina “que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles”(cf. Hch 10, 45). Los Hechos registran también el episodio de Simón el Mago, que quiso “comprar con dinero” el Espíritu Santo. Simón Pedro le reprochará duramente eso, afirmando que el Espíritu Santo es sólo don, y se recibe de forma gratuita, precisamente como don de Dios (cf. Hch 8, 19-23).

8. Es lo que repiten los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, leemos en Cirilo de Alejandría: “Nuestro regreso a Dios se hace por Cristo salvador y tiene lugar sólo a través de la participación y la santificación del Espíritu Santo. Aquel que nos lleva y, por decir así, nos une a Dios es el Espíritu, que, cuando lo recibimos, nos hace partícipes de la naturaleza divina; nosotros lo recibimos por medio del Hijo y en el Hijo recibimos al Padre” (Comentario al evangelio de Juan, 9, 10: PG 74, 544 D). Es el “regreso a Dios”, que se realiza continuamente en cada uno de los hombres y de las generaciones humanas, en el tiempo que va desde la “partida” redentora de Cristo ―del Hijo del Padre― hasta la siempre nueva “venida” santificadora del Espíritu Santo, que se completará con la venida gloriosa de Cristo al fin de la historia. Todo lo que, en el orden sacramental, en el orden carismático, en el orden eclesiástico-jerárquico, sirve a este “regreso” de la humanidad al Padre en el Hijo, es una múltiple y variada “difusión” del único Don eterno, que es el Espíritu Santo, en su dimensión de don creado, o sea, de participación en los hombres del Amor infinito. Es “el Espíritu Santo que se da a sí mismo”, dice santo Tomás (Summa Theologiae, I, q. 38, a. 1, ad 1). Hay una cierta continuidad entre el Don increado y los dones creados, que hacía escribir a san Agustín: “El Espíritu Santo es eternamente Don, pero temporalmente es algo donado” (De Trinitate, V, 16, 17; CC 50, 224).

9. De esta antigua tradición de Padres y Doctores de la Iglesia, eslabones que nos unen a Jesucristo y los Apóstoles, deriva lo que se lee en la encíclica Dominum et vivificantem: “El amor de Dios Padre, don, gracia infinita, principio de vida, se ha hecho visible en Cristo, y en su humanidad se ha hecho ‘parte’ del universo, del género humano y de la historia. La ‘manifestación’ de la gracia en la historia del hombre, mediante Jesucristo, se ha realizado por obra del Espíritu Santo, que es el principio de toda acción salvífica de Dios en el mundo: es el ‘Dios oculto’, que como amor y don ‘llena la tierra’ ” (n. 54). En el centro de este orden universal constituido por los dones del Espíritu Santo está el hombre, “creatura racional que, a diferencia de las demás creaturas terrenas, puede llegar a gozar de la Persona divina y hacer uso de sus dones. A esto puede llegar la creatura racional cuando se hace partícipe del Verbo divino y del Amor que procede del Padre y del Hijo, de forma que, por su libre apertura interior, puede conocer de verdad a Dios y amarlo rectamente... Pero esto no se alcanza por virtud propia, sino por don concedido de lo alto... En este sentido, compete al Espíritu Santo ser dado y ser Don” (Summa Theologiae, I, q. 38, a. 1).

Aún tendremos ocasión de mostrar la importancia de esta doctrina para la vida espiritual. Por ahora, sellemos con ese hermoso texto del Doctor Angélico nuestras catequesis sobre la Persona del Espíritu Santo, Amor y Don de caridad infinita.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Deseo ahora dar mi más cordial bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua española.
En particular, a las Hermanas Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor y a las Religiosas Escolapias, que se encuentran en Roma haciendo un curso de renovación espiritual. A todas aliento a un renovado compromiso de generosa entrega a Dios y a la Iglesia, en fidelidad a su propia vocación de almas consagradas. Igualmente saludo a las demás personas procedentes de España y de los diversos Países de América Latina, entre los que se hallan un grupo de profesionales latinoamericanos que hacen un curso de perfeccionamiento en Turín.

Con afecto imparto a todos la bendición apostólica.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 



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