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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 12 de diciembre de 1990

 

El Espíritu Santo, fuente de la santidad de la Iglesia

1. El Concilio Vaticano II puso de relieve la estrecha relación que existe en la Iglesia entre el don del Espíritu Santo y la vocación y aspiración de los fieles a la santidad: «Pues Cristo, el Hijo de Dios, que con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado ‘el único Santo’, amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5, 25-26), la unió a sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por ello, en la Iglesia todos (...) están llamados a la santidad (...). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de la gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de lo que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida» (Lumen gentium, 39).

Es éste otro de los aspectos fundamentales de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: el ser fuente de santidad.

2. La santidad de la Iglesia, como se puede ver por el texto del Concilio que acabamos de referir, tiene su inicio en Jesucristo, Hijo de Dios que se hizo hombre por obra del Espíritu Santo y nació de la Santísima Virgen María. La santidad de Jesús en su misma concepción y en su nacimiento por obra del Espíritu Santo está en profunda comunión con la santidad de aquella que Dios eligió para ser su Madre. Como advierte también el Concilio: «Entre los Santos Padres prevaleció la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo» (Lumen gentium, 56). Es la primera y más alta realización de santidad en la Iglesia, por obra del Espíritu Santo que es Santo y Santificador. La santidad de María está totalmente ordenada a la santidad suprema de la humanidad de Cristo, que el Espíritu Santo consagra y colma de gracia desde su comienzo en la tierra hasta la conclusión gloriosa de su vida, cuando Jesús se manifiesta «constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 4).

3. Esta santidad eclesial, el día de Pentecostés, resplandece no sólo en María, sino también en los Apóstoles y en los discípulos que, juntamente con ella, «quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hch 2, 4). Desde entonces hasta el fin de los tiempos esta santidad, cuya plenitud es siempre Cristo, del que recibimos toda gracia (cf. Jn 1, 16) es concedida a todos los que, mediante la enseñanza de los Apóstoles, se abren a la acción del Espíritu Santo, como pedía el apóstol Pedro en el discurso de Pentecostés: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).

Aquel día comenzó la historia de la santidad cristiana, a la que están llamados tanto los judíos como los paganos, ya que, como escribe San Pablo, «por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2, 18). Según el texto ya referido en la anterior catequesis, todos están llamados a ser «conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor (...) hasta ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2, 19-22). Este concepto del templo aparece con frecuencia en San Pablo; en otro texto pregunta: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3, 16). Y también: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo?» (1 Co 6, 19).

Es evidente que en el contexto de las cartas a los Corintios y a los Efesios el templo no es sólo un espacio arquitectónico. Es la imagen representativa de la santidad obrada por el Espíritu Santo en los hombres que viven en Cristo, unidos en la Iglesia. Y la Iglesia en el «espacio» de esta santidad.

4. También el apóstol Pedro, en su primera carta, usa el mismo lenguaje y nos imparte la misma enseñanza. En efecto, dirigiéndose a los fieles «que viven como extranjeros en la Dispersión» (entre los paganos), les recuerda que han sido «elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre» (1 P 1, 1-2). En virtud de esta santificación en el Espíritu Santo, todos «cual piedras vivas, entran en la construcción de un edificio espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5).

Es significativo este vínculo especial que establece el Apóstol entre la santificación y la oblación de «sacrificios espirituales», que en realidad es participación en el sacrificio mismo de Cristo y en su sacerdocio. Es uno de los temas fundamentales de la carta a los Hebreos. Pero también en la carta a los Romanos, el apóstol Pablo habla de una oblación «agradable, santificada por el Espíritu Santo»; esa oblación son los gentiles, por medio del Evangelio (cf. Rm 15, 16). Y en la segunda carta a los Tesalonicenses exhorta a dar gracias a Dios porque «os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad» (cf. 2 Ts 2, 13): todos ellos signos de la conciencia, común a los cristianos de los primeros tiempos, de la obra del Espíritu Santo como autor de la santidad en ellos y en la Iglesia, y, por tanto, de la calidad de templo de Dios y del Espíritu que se les había concedido.

5. San Pablo insiste en recordar que el Espíritu Santo obra la santificación humana y forma la comunión eclesial de los creyentes, partícipes de su misma santidad. En efecto, los hombres «lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo» se convierten en santos «en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6, 11). «El que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él» (1 Co 6, 17). Y esta santidad se transforma en el verdadero culto del Dios vivo: el «culto en el Espíritu de Dios» (Flp 3, 3).

Esta doctrina de Pablo se debe poner en relación con las palabras de Cristo que aparecen en el evangelio de Juan acerca de los «verdaderos adoradores» que «adoran al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Jn 4, 23-24). Este culto en espíritu y en verdad tiene en Cristo la raíz de donde se desarrolla toda la planta, vivificada por él mediante el Espíritu, como dirá Jesús mismo en el Cenáculo: «Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 14). Toda la «opus laudis» en el Espíritu Santo es el «verdadero culto» ofrecido al Padre por el Hijo-Verbo encarnado, y participado en los creyentes por el Espíritu Santo. Así, pues, se trata también de la glorificación del Hijo mismo en el Padre.

6. La participación del Espíritu Santo a los creyentes y a la Iglesia se da también bajo todos los demás aspectos de la santificación: la purificación del pecado (cf. 1 P 4, 8), la iluminación del intelecto (cf. Jn 14, 26; 1 Jn 2, 27), la observancia de los mandamientos (cf. Jn 14, 23), la perseverancia en el camino hacia la vida eterna (cf. Ef 1, 13-14; Rm 8, 14-16), y la escucha de lo que el Espíritu mismo «dice a las Iglesias» (cf. Ap 2, 7). En la consideración de esta obra de santificación, santo Tomás de Aquino, en la catequesis sobre el Símbolo de los Apóstoles, encuentra fácil el paso del artículo sobre el Espíritu Santo al artículo sobre la «santa Iglesia católica». En efecto, escribe: «Así como vemos que en un hombre existe un alma y un cuerpo, y a pesar de ello hay diversos miembros, así la Iglesia católica es un solo cuerpo con diversos miembros. El alma que vivifica este cuerpo es el Espíritu Santo. Por tanto, después de la fe en el Espíritu Santo, se nos manda creer en la santa Iglesia católica, como decimos en el Símbolo. Ahora bien, Iglesia significa congregación: por consiguiente, la Iglesia es la congregación de los fieles, y todo cristiano es como un miembro de la Iglesia, que es santa (...) por el lavado en la Sangre de Cristo, por la unción con la gracia del Espíritu Santo, por la inhabitación de la Trinidad, por la invocación del Nombre de Dios en el templo del alma, que ya no se debe violar (cf. 1 Co 3, 17)» (In Symb. Apost., a. 9). Y tras haber ilustrado las notas de la Iglesia, el Aquinate pasa al artículo sobre la comunión de los santos: «Así como en el cuerpo natural la operación de cada miembro confluye en el bien de todo el cuerpo, de la misma manera sucede en el cuerpo espiritual, es decir, en la Iglesia. Puesto que todos los fieles son un solo cuerpo, el bien de cada uno es participado con el otro (cf. Rm 12, 5): según la fe de los Apóstoles existe, pues, en la Iglesia la comunión de los bienes, en Cristo que, como Cabeza, comunica su bien a todos los cristianos, como a miembros de su Cuerpo» (In Symb Apost., a. 10).

7. La lógica de este raciocinio está fundada en el hecho de que la santidad, de la que es fuente el Espíritu Santo, debe acompañar a la Iglesia y a sus miembros durante toda la peregrinación hasta las moradas eternas. Por esto, en el Símbolo están vinculados entre sí los artículos sobre el Espíritu Santo, la Iglesia y la comunión de los santos: «Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos». El perfeccionamiento de esta unión ―comunión de los santos― será el fruto escatológico de la santidad que es concedida en la tierra por el Espíritu Santo a la Iglesia en sus hijos, en toda persona, en toda generación, a lo largo de la historia. Y aunque en esta peregrinación terrena los hijos de la Iglesia con frecuencia «entristecen al Espíritu Santo» (Ef 4, 30), la fe nos dice que ellos, «sellados» con este Espíritu «para el día de la redención» (Ef 4, 30), pueden ―a pesar de sus debilidades y sus pecados― avanzar por las sendas de la santidad, hasta la conclusión del camino. Las sendas son muchas, y es grande también la variedad de los santos en la Iglesia. «Una estrella difiere de otra en resplandor» (1 Co 15, 41). Pero «hay un solo Espíritu», que con su propio modo y estilo divino realiza en cada uno la santidad. Por eso, podemos acoger con fe y esperanza la exhortación del apóstol Pablo: «Hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que vuestro trabajo no es vano en el Señor» (1 Co 15, 58).


Saludos

Junto con este mensaje de esperanza deseo saludar muy cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de los diversos Países de América Latina y de España.

En particular, al grupo de Misioneros Javerianos, de México, que se han unido a nosotros en este día, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. En vosotros quiero dirigir un entrañable saludo a todo el querido pueblo mexicano y a todos los amados pueblos de América Latina, que ven en la Virgen del Tepeyac su Madre amorosa, abogada y protectora.

Saludo igualmente al grupo de Religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús y a los integrantes del “Coro Vivaldi” de la Arquidiócesis de Guadalajara, México.

A todos bendigo de corazón.
 

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 



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