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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 2 de enero de 1991

 

El Espíritu Santo, alma de la catolicidad

1. En el Símbolo de la fe afirmamos que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Son las notas de la Iglesia. De ellas, la catolicidad se utiliza en la misma denominación común de la Iglesia: Iglesia católica.

Esta catolicidad tiene su origen en el Espíritu Santo, que «llena la tierra» (Sb 1, 7) y es principio universal de comunicación y comunión. La «fuerza del Espíritu Santo» tiende a propagar la fe en Cristo y la vida cristiana «hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8), extendiendo a todos los pueblos los beneficios de la redención.

2. Antes de la venida del Espíritu Santo, la comunión con el Dios verdadero en la Alianza divina no era accesible de modo igual a todos los pueblos. Lo observa la carta a los Efesios, dirigiéndose a los cristianos que pertenecían a los pueblos paganos: «Recordad cómo en otro tiempo vosotros, los gentiles según la carne, llamados incircuncisos por la que se llama circuncisión, (...) estabais a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2, 11-12). Para entrar de algún modo en la alianza divina, era preciso aceptar la circuncisión y adoptar las observancias del pueblo judío, apartándose, por tanto, del pueblo al que pertenecían.

Ahora, en cambio, la comunión con Dios no requiere ya estas condiciones restrictivas, porque se lleva a cabo «por medio del Espíritu». Ya no existe ninguna discriminación por motivo de raza o de nación. Todas las personas humanas pueden «ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2, 22).

Este cambio de situación había sido anunciado por Jesús en su conversación con la samaritana: «Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran deben adorar en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23-24). Era la respuesta de Jesús a la pregunta sobre el lugar del verdadero culto a Dios, que era el monte Garizim para los samaritanos y Jerusalén para los judíos. La respuesta de Cristo indicaba otra dimensión del culto verdadero a Dios: la dimensión interior («en espíritu y en verdad»), por la que el culto no se encontraba ligado a un lugar determinado (santuario nacional), sino que era culto universal. Esas palabras dirigidas a la samaritana abrían el camino hacia la universalidad, que es una cualidad fundamental de la Iglesia como nuevo Templo, nuevo Santuario, construido y habitado por el Espíritu Santo. Esta es la raíz profunda de la catolicidad.

3. De esta raíz toma su origen la catolicidad externa, visible, que podemos llamar comunitaria y social. Esta catolicidad es esencial en la Iglesia por el hecho mismo de que Jesús ordenó a los Apóstoles ―y a sus sucesores― que llevaran el Evangelio «a todas las gentes» (Mt 28, 19). Y esta universalidad de la Iglesia bajo el influjo del Espíritu Santo se manifestó ya en el momento de su nacimiento el día de Pentecostés. En efecto, los Hechos de los Apóstoles atestiguan que en ese acontecimiento que tuvo lugar en Jerusalén participaron los judíos piadosos, «venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo» (Hch 2, 5), que se hallaban presentes en la ciudad santa, y con ellos los prosélitos, es decir, los paganos que habían aceptado la ley de Moisés. Los Hechos de los Apóstoles enumeran los nombres de algunos países de los que provenían unos y otros, pero de modo aún más general hablan de «todas las naciones que hay bajo el cielo». El hecho de que el bautismo «en el Espíritu Santo» (Hch 1, 5), conferido a esa primera comunidad de la Iglesia, revistiera un valor universal, es un signo de la conciencia que tenía la Iglesia primitiva―de la que es intérprete y testigo Lucas― de que había nacido con su carácter de catolicidad (es decir, universalidad).

4. Esta universalidad, engendrada bajo la acción del Espíritu Santo, ya en el primer día de Pentecostés va acompañada por una insistente referencia a lo que es «particular», tanto en las personas como en cada uno de los pueblos o naciones. Esto se aprecia por el hecho, anotado por Lucas en los Hechos, de que el poder del Espíritu Santo se manifestó mediante el don de las lenguas en las que hablaban los Apóstoles, de forma que «la gente (...) se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua» (Hch 2, 4-6). Podemos observar aquí que el Espíritu Santo es Amor, y amor quiere decir respeto hacia todo lo que es una prioridad de la persona amada. Eso vale especialmente en lo que se refiere a la lengua, en cuyo respeto somos por lo general muy sensibles y exigentes, pero vale también en lo que se refiere a la cultura, la espiritualidad y las costumbres.

El acontecimiento de Pentecostés tiene lugar respetando esta exigencia y es la manifestación de la unidad de la Iglesia en la multiplicidad de los pueblos y en la pluralidad de las culturas. La catolicidad de la Iglesia incluye el respeto a los valores de todos. Se puede decir que lo «particular» no queda anulado por lo universal. Una dimensión contiene y exige a la otra.

5. El hecho de la multiplicidad de las lenguas en Pentecostés nos indica que en la Iglesia la lengua de la fe ―que es universal, por ser expresión de la verdad revelada por medio de la palabra de Dios― encuentra su traducción humana a las diferentes lenguas; podríamos decir, a todas y cada una de las lenguas. Lo demuestran ya los inicios de la historia cristiana. Se sabe que la lengua que hablaba Jesús era el arameo, que se usaba en Israel en ese tiempo. Cuando los Apóstoles salieron por el mundo para propagar el mensaje de Cristo, el griego se había convertido en la lengua común del ambiente greco-romano («ecumene»), y precisamente por ello fue la lengua de la evangelización. También fue la lengua del evangelio y de todos los demás escritos del Nuevo Testamento, redactados bajo la inspiración del Espíritu Santo. En esos escritos se han conservado sólo pocas palabras arameas. Eso prueba que, desde el principio, la verdad, anunciada por Cristo, busca el camino para llegar a todas las lenguas, para hablar a todos los pueblos. La Iglesia ha buscado y busca seguir este principio metodológico y didáctico del apostolado, según las posibilidades ofrecidas en las diversas épocas. Hoy, como sabemos, la práctica de esta exigencia de catolicidad es especialmente sentida y, gracias a Dios, facilitada.

6. En los Hechos de los Apóstoles encontramos otro hecho significativo, que aconteció incluso antes de la conversión y de la predicación de Pablo, apóstol de la catolicidad. En Cesarea, Pedro había aceptado en la Iglesia y había bautizado a un centurión romano, Cornelio, y a su familia: a los primeros paganos, por lo tanto. La descripción que Lucas hace de este episodio con muchos detalles señala, entre otros, el hecho de que, habiendo venido el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la enseñanza del Apóstol, «los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles» (Hch 10, 44-45). Pero Pedro mismo no vacila en confesar que actuó bajo el influjo del Espíritu Santo: «El Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar» (Hch 11, 12).

7. Esta primera «brecha» hacia la universalidad de la fe encuentra pronto una nueva confirmación cuando se trata de pronunciarse acerca de la actividad apostólica de Pablo de Tarso y de sus compañeros. La asamblea de Jerusalén (que se suele considerar como el primer «Concilio») refuerza esta dirección en el desarrollo de la evangelización y de la Iglesia. Los Apóstoles reunidos en aquella asamblea están seguros de que esa dirección proviene del Espíritu de Pentecostés. Son elocuentes, y lo seguirán siendo siempre, sus palabras, que se pueden considerar como la primera resolución conciliar: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hch 15, 28). Estas decisiones afectaban al camino de la universalidad por donde debe avanzar la Iglesia.

No cabe duda de que éste es el camino que ha seguido la Iglesia entonces y a lo largo de los siglos. Los Apóstoles y los misioneros han anunciado el Evangelio a todas las gentes, penetrando lo más posible en todas las sociedades y en los diversos ambientes. Según la posibilidad de los tiempos, la Iglesia ha tratado de introducir la palabra de salvación en todas las culturas (inculturación), ayudándoles al mismo tiempo a reconocer mejor sus valores auténticos a la luz del mensaje evangélico.

8. Es lo que el Concilio Vaticano II estableció como una ley fundamental de la Iglesia, cuando escribió: «Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos (...). Para esto envió Dios a su Hijo (...). Para esto, finalmente, envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones (cf. Hch 2, 42)» (Lumen gentium, 13).

Con estas palabras, el Concilio proclama la propia conciencia del hecho de que el Espíritu Santo es principio y fuente de la universalidad de la Iglesia.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora muy cordialmente a todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos Países de América Latina y de España.

Al comenzar este Año Nuevo presento a todos mi afectuosa felicitación, deseando que 1991 sea un tiempo lleno de bendiciones del Señor y de continuo progreso en vuestra vida cristiana. Con gran gozo deseo dar mi más cordial bienvenida a esta audiencia a la numerosa peregrinación de los Legionarios de Cristo. Representáis a muchas comunidades eclesiales, parroquias, grupos apostólicos, centros educativos y asistenciales esparcidos por México, España, Chile, Brasil, Venezuela y otros Países de América Latina. A todos quiero saludar con gran afecto deseando que vuestra venida a Roma, centro de la catolicidad, os confirme y refuerce vuestra fe, vuestra conciencia de ser Iglesia de Cristo y, a la vez, os empuje a un renovado dinamismo apostólico que haga presente en vuestros ambientes el mensaje de salvación y de gozo que Jesús nos ha traído en la Navidad.

Mirando a tantos chicos y chicas aquí presentes, deseo repetirles las palabras que dirigí en Buenos Aires con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud: “Hoy más que nunca el mundo necesita de vosotros, de vuestra alegría y de vuestro servicio, de vuestra vida limpia y de vuestro trabajo, de vuestra fortaleza y de vuestra entrega”. Con la alegría del mensaje de amor que irradia desde el portal de Belén, imparto de corazón a todos una especial Bendición Apostólica.



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