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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles de 20 de marzo 1991

 

El Espíritu Santo, Huésped divino del alma

1. En una catequesis precedente había anunciado que volvería a tocar temas relacionados con la presencia y la acción del Espíritu Santo en el alma. Temas fundados teológicamente y ricos desde el punto de vista espiritual, que ejercen un atractivo e, incluso una cierta fascinación sobrenatural sobre aquellas personas que desean profundizar en su vida interior, atentas y dóciles a la voz de Aquel que habita en ellas como en un templo y que, desde su interior, las ilumina y las sostiene por el camino de la coherencia evangélica. En estas almas pensaba mi predecesor León XIII cuando escribió la Encíclica Divinum illud acerca del Espíritu Santo (9 de mayo de 1897) y, luego la carta Ad fovendum sobre la devoción del pueblo cristiano hacia su divina Persona (18 de abril de 1902), estableciendo en su honor la celebración de una novena especial, dirigida de modo particular a obtener el bien de la unidad de los cristianos («ad maturandum christianae unitatis bonum»). El Papa de la Rerum novarum era también el Papa de la devoción al Espíritu Santo, pues sabía a qué fuente era preciso acudir para obtener la energía a fin de realizar el bien verdadero, incluso en el ámbito social. Hacia esa misma fuente quise atraer la atención de los cristianos de nuestro tiempo con la encíclica Dominum et vivificantem (16 de mayo de 1986), y a ella quiero dedicar la parte conclusiva de la catequesis pneumatológica.

2. Podemos decir que, en la base de una vida cristiana caracterizada por la interioridad, la oración y la unión con Dios, se encuentra una verdad que ―como toda la teología y la catequesis pneumatológica― deriva de los textos de la Sagrada Escritura y, de manera especial, de las palabras de Cristo y de los Apóstoles: la verdad sobre la inhabitación del Espíritu Santo, como Huésped divino, en el alma del justo.

El apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios (3, 16), pregunta «¿No sabéis que... el Espíritu de Dios habita en vosotros?» Ciertamente, el Espíritu Santo está presente y actúa en toda la Iglesia, como hemos visto en las catequesis precedentes; pero la realización concreta de su presencia y acción tiene lugar en la relación con la persona humana, con el alma del justo en la que Él establece su morada e infunde el don obtenido por Cristo con la Redención. La acción del Espíritu Santo penetra en lo más íntimo del hombre, en el corazón de los fieles, y allí derrama la luz y la gracia que da vida. Es lo que pedimos en la Secuencia de la misa de Pentecostés: «Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo».

3. El apóstol Pedro, a su vez, en el discurso del día de Pentecostés, tras haber exhortado a los oyentes a la conversión y al bautismo, añade la promesa: «Recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38). Por el contexto se ve que la promesa atañe personalmente a cada uno de los convertidos y bautizados. En efecto, Pedro se dirige expresamente a «cada uno» de los presentes (2, 38). Más tarde, Simón el mago pide a los Apóstoles que le hagan partícipe de su poder sacramental, diciendo: «Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquél a quien yo imponga las manos» (Hch 8, 19). El don del Espíritu Santo se entiende como don concedido a cada una de las personas. La misma constatación tiene lugar en el episodio de la conversión de Cornelio y de su casa: mientras Pedro les explicaba el misterio de Cristo, «el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra» (Hch 10, 44). El Apóstol reconoce, luego: «Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros» (Hch 11, 17). Según Pedro, la venida del Espíritu Santo significa su presencia en aquellos a quienes se comunica.

4. A propósito de esta presencia del Espíritu Santo en el hombre, es preciso recordar los modos sucesivos de presencia divina en la historia de la salvación. En la Antigua Alianza, Dios se halla presente y manifiesta su presencia, al principio, en la «tienda» del desierto y, más tarde, en el «Santo de los Santos» del Templo de Jerusalén. En la Nueva Alianza la presencia tiene lugar y se identifica con la encarnación del Verbo: Dios está presente en medio de los hombres en su Hijo eterno, mediante la humanidad que asumió en unidad de persona con su naturaleza divina. Con esta presencia visible en Cristo, Dios prepara por medio de Él una nueva presencia, invisible, que se realiza con la venida del Espíritu Santo. Sí; la presencia de Cristo «en medio» de los hombres abre el camino a la presencia del Espíritu Santo, que es una presencia interior, una presencia en los corazones humanos. Así se cumple la profecía de Ezequiel (36, 26-27): «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo... Infundiré mi espíritu en vosotros».

5. Jesús mismo, la víspera de su partida de este mundo para volver al Padre mediante la cruz y la ascensión al cielo, anuncia a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 16-17). Pero Él mismo dice que esa presencia del Espíritu Santo, su inhabitación en el corazón humano, que implica también la del Padre y del Hijo, está condicionada por el amor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

En el discurso de Jesús, la referencia al Padre y al Hijo incluye al Espíritu Santo, a quien san Pablo y la tradición patrística y teológica atribuyen la inhabitación trinitaria, porque es la Persona-Amor y, por otra parte, la presencia interior es necesariamente espiritual. La presencia del Padre y del Hijo se realiza mediante el Amor y, por tanto, en el Espíritu Santo. Precisamente en el Espíritu Santo, Dios, en su unidad trinitaria, se comunica al espíritu del hombre.

Santo Tomás de Aquino dirá que sólo en el espíritu del hombre (y del ángel) es posible esta clase de presencia divina ―por inhabitación―, pues sólo la criatura racional es capaz de ser elevada al conocimiento, al amor consciente y al goce de Dios como Huésped interior: y esto tiene lugar por medio del Espíritu Santo que, por ello, es el primero y fundamental Don (Summa Theol., I, q. 38, a. 1).

6. Pero, por esta inhabitación, los hombres se convierten en «templos de Dios», de Dios-Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien habita en ellos, como recuerda el Apóstol a los Corintios (cf. 1 Co 3, 16). Y Dios es santo y santificante. Más aún, el mismo Apóstol especifica un poco más adelante: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1 Co 6, 19). Por consiguiente, la inhabitación del Espíritu Santo implica una especial consagración de toda la persona humana (San Pablo subraya en ese texto su dimensión corpórea) a semejanza del templo. Esta consagración es santificadora, y constituye la esencia misma de la gracia salvífica, mediante la cual el hombre accede a la participación de la vida trinitaria en Dios. Así, se abre en el hombre una fuente interior de santidad, de la que deriva la vida «según el Espíritu», como advierte Pablo en la carta a los Romanos (8, 9): «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros". Aquí se funda la esperanza de la resurrección de los cuerpos, porque «si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

7. Es preciso notar que la inhabitación del Espíritu Santo ―que santifica a todo el hombre, alma y cuerpo― confiere una dignidad superior a la persona humana, y da nuevo valor a las relaciones interpersonales, incluso corporales, como advierte san Pablo en el texto de la primera carta a los Corintios que acabamos de citar (1 Co 6, 19).

El cristiano, mediante la inhabitación del Espíritu Santo, llega a encontrarse en una relación particular con Dios, que se extiende también a todas las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito familiar como en el social. Cuando el Apóstol recomienda «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4, 30), se basa en esta verdad revelada: la presencia personal de un Huésped interior, que puede ser «entristecido» a causa del pecado ―mediante todo pecado― , ya que éste es siempre contrario al amor. Él mismo, como Persona-Amor, morando en el hombre, crea en el alma una especie de exigencia interior de vivir en el amor. Lo sugiere san Pablo cuando escribe a los Romanos que el amor de Dios (es decir, la poderosa corriente de amor que viene de Dios) «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Presento ahora mi afectuoso saludo a todos los peregrinos y visitantes de lengua española. En particular, a las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, que realizan en Roma un curso de renovación. Mi cordial bienvenida a todos los grupos de jóvenes aquí presentes, a quienes aliento a prepararse adecuadamente para la celebración de la gran fiesta de nuestra fe: la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto de corazón la bendición apostólica.



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