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  JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 9 de septiembre de 1992

 

La oración nos es tan necesaria como la respiración

1. "Señor enséñanos a orar" (Lc 11, 1)

Cuando los Apóstoles se dirigieron a Jesús, en el monte de los Olivos, con estas palabras, no le plantearon una pregunta cualquiera, sino que manifestaron con confianza espontánea una de las necesidades más profundas del corazón humano.

Realmente a esa necesidad el mundo contemporáneo no dedica mucho espacio. El mismo ritmo frenético de las actividades diarias, junto con la invasión rumorosa y a menudo frívola de los medios de comunicación, no constituye ciertamente un elemento favorable para el recogimiento interior que requiere la oración. Además hay dificultades más profundas: en el hombre moderno se ha ido atenuando cada vez más la visión religiosa del mundo y de la vida. El proceso de secularización parece haberlo persuadido de que el curso de los acontecimientos tiene su explicación suficiente en el juego de las fuerzas inmanentes en este mundo, independientemente de intervenciones superiores. Además, las conquistas de la ciencia y de la técnica han alimentado en él la convicción de que puede dominar ya hoy en medida notable, y aún más mañana, las situaciones, orientándolas según sus propios deseos.

Incluso en los mismos ambientes cristianos se ha ido difundiendo una visión "funcional" de la oración, que corre el riesgo de comprometer su carácter trascendente. El verdadero encuentro con Dios ―afirman algunos― se realiza en la apertura al prójimo. La oración no sería, pues, un substraerse a la disipación del mundo para recogerse en el diálogo con Dios; más bien, se expresaría en el compromiso incondicional de caridad hacia los otros. Oración auténtica serían, por tanto, las obras de caridad y solamente ellas.

2. En realidad, el ser humano, que en cuanto criatura es en sí mismo incompleto e indigente, se dirige espontáneamente hacia el que es la fuente de todo don, para alabarlo, suplicarle y buscar apagar en él la angustiosa nostalgia que abrasa su corazón. San Agustín lo había comprendido bien cuando anotaba: "Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". (Confesiones 1, 1).

Precisamente por esto la experiencia de la oración, como acto fundamental del creyente, es común a todas las religiones, incluso a aquellas en las que la fe en un Dios personal es más bien vaga o está ofuscada por falsas representaciones.

En particular, es propia de la religión cristiana, en la que ocupa un lugar central. Jesús exhorta a "orar siempre, sin desfallecer" (Lc 18, 1). El cristiano sabe que la oración le es tan necesaria como la respiración y, una vez que ha gustado la dulzura del coloquio íntimo con Dios, no duda en sumergirse en él con abandono confiado.

Volveremos sobre este tema, tan importante para la vida de cada persona y de toda la comunidad cristiana.


Saludos

Deseo saludar ahora a los peregrinos de lengua española, venidos de España y de América Latina, de modo particular al grupo de matrimonios del Movimiento de Schoenstatt, provenientes de Argentina, Chile, México y Paraguay. Aliento a todos a dedicar a la oración algunos momentos de la vida diaria, para entrar así en diálogo directo con Dios.

Queridos hermanos y hermanas: os agradezco profundamente vuestra presencia aquí y os imparto con afecto mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 



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