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  JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 23 de septiembre de 1992

 

La oración del Padre nuestro, compendio de todo el Evangelio

1. Con la encarnación del Verbo de Dios la historia de la plegaria conoce un cambio decisivo. En Jesucristo el cielo y la tierra se tocan, Dios se reconcilia con la humanidad y el diálogo entre la criatura y su Creador se reanuda plenamente.

Jesús es la propuesta definitiva del amor del Padre y, al mismo tiempo, la respuesta plena e irrevocable del hombre a las expectativas divinas. Por tanto él, Verbo encarnado, es el único mediador que presenta a Dios Padre todas las oraciones sinceras que suben del corazón humano.

Así, pues, la petición que los primeros discípulos formularon a Jesús se convierte también en nuestra petición: "Señor, enséñanos a orar'' (Lc 11, 1).

2. Como a ellos, Jesús nos "enseña" también a nosotros. Lo hace, sobre todo con el ejemplo. ¿Cómo no recordar la conmovedora oración con la que se dirige al Padre ya desde el primer momento de la encarnación? "Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... Entonces dije: ¡He aquí que vengo pues de mí está escrito en el rollo del libro― a hacer, oh Dios, tu voluntad!" (Hb 10, 5. 7).

Después no hay momento importante de la vida de Cristo que no esté acompañado por la oración. Al comienzo de su misión pública el Espíritu Santo baja sobre él que, después de haber sido "bautizado, estaba en oración" (Lc 3, 21 s.). Sabemos gracias al evangelista Marcos que Jesús, en el momento de empezar la predicación en Galilea "de madrugada cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración" (1, 35). Antes de la elección de los Apóstoles "se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración" (Lc 6, 12). Y de igual modo antes de la promesa del primado a Pedro, Jesús, según el relato de Lucas, "estaba orando a solas" (9, 18). Jesús oró también en el momento de la transfiguración, cuando su gloria se irradió en el monte antes de que en el Calvario las tinieblas se hicieran más densas (cf. Lc 9, 28-29).

Particularmente reveladora es la oración con la cual, durante la última cena, Jesús eleva al Padre sus sentimientos de amor, de alabanza, de súplica y de abandono confiado (cf. Jn 17). Son los mismos sentimientos que vuelven a aflorar en el huerto de Getsemaní (cf. Mt 26, 39. 42) y en la cruz (cf. Lc 23, 46), desde cuya altura Jesús nos ofrece el ejemplo de aquella última y conmovedora invocación: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).

3. Jesús nos enseña a rezar también con su palabra. Para subrayar la "necesidad de orar siempre, sin desfallecer", nos dice la parábola del juez injusto y de la viuda (cf. Lc 18, 1-5). Luego recomienda: "Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil" (Mt 26, 41). E insiste: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (Mt 7, 7-8).

A los discípulos deseosos de una guía concreta, Jesús les enseña también la fórmula del Padre nuestro (Mt 6, 9-13; Lc 11, 2-4), que llegará a ser, a lo largo de los siglos, la plegaria típica de la comunidad cristiana. Ya Tertuliano la calificaba como breviarium totius evangelii, "un compendio de todo el Evangelio" (De oratione, 1). En ella Jesús entrega la esencia de su mensaje. Quien reza de modo consciente el padrenuestro, "se compromete" con el Evangelio; en efecto, no puede dejar de aceptar las consecuencias que derivan para su vida del mensaje evangélico, del cual la "oración del Señor" es su expresión más auténtica.


Saludos

Deseo saludar a todos los peregrinos procedentes de España y de América Latina; de manera particular al grupo de Religiosos Terciarios Capuchinos, a los Caballeros y Damas colombianos de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, a los fieles argentinos de la Parroquia de San Jerónimo Sur, de la arquidiócesis de Rosario, y a los peregrinos mexicanos y salvadoreños.

Un especial y afectuoso saludo al grupo de niños ecuatorianos.

A todos os imparto mi bendición apostólica.

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 



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