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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 28 de abril de 1993

 

1. «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?» (Mc 16,3).

Estas palabras de las mujeres, que acudieron al sepulcro de Cristo pasado el sábado, vienen a la mente cuando se mira hacia el pasado reciente del país que he podido visitar este último domingo. Durante muchos años, Albania se convirtió en sinónimo de la opresión particular impuesta por un sistema totalitario y ateo en el que se llevó el rechazo de Dios hasta los limites más extremos. El derecho a la libertad de conciencia y de religión era pisoteado allí de la manera más brutal: se condenaba a muerte a muchas personas simplemente por administrar el bautismo o realizar alguna práctica religiosa. Se perseguía por igual a cristianos y musulmanes.

De ese modo, el país llegó a asemejarse a la tumba en que los judíos sepultaron a Cristo, poniendo una piedra a la puerta del sepulcro.

2. Pero las mujeres que acudieron a la tumba «encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro» (Lc 24, 2). También en el caso de Albania, a consecuencia de los acontecimientos que comenzaron en 1989, la piedra del sepulcro ha sido retirada y ha empezado el período de cambios. Los derechos del hombre, incluido el de la libertad de conciencia y de religión, se han convertido ahora en la base de la vida social. En esta situación ha resultado posible ―y en cierta manera, incluso necesaria, especialmente para la comunidad católica― la presencia del Papa. Es lo que se ha realizado el pasado 25 de abril.

Siento un gran deber de gratitud hacia los fieles de esa Iglesia martirizada, que me pidieron que fuera a visitarlos. Agradezco al presidente de la República, señor Sali Berisha el hecho de haberme invitado y acogido con gran cordialidad y cortesía. Asimismo, doy las gracias a las autoridades civiles y militares, y a cuantos han colaborado en el éxito de la visita. Expreso mi gratitud también al arzobispo Anastas, de la Iglesia ortodoxa, y al cadí-muftí Sabri Koçi, de la comunidad musulmana, que me han honrado con su presencia. El renacimiento espiritual de Albania tiene lugar mediante el diálogo ecuménico y la colaboración interreligiosa. Éste es un gran signo de esperanza.

La presencia cristiana en Albania se remonta a los tiempos apostólicos: tal vez el mismo san Pablo llegó a la región, pues el puerto de Durazzo constituía, por aquel entonces, una escala habitual en la ruta hacia Roma.

Es imposible recoger en una breve síntesis las complejas vicisitudes que entretejen la historia del país hasta nuestros días. Baste recordar las gestas gloriosas del héroe nacional Jorge Castriota Scanderberg, sostenido en su acción por los Romanos Pontífices. A él corresponde el mérito de la valiente defensa, realizada en el siglo XV, contra los invasores turcos. En el siglo XVIII, el Papa Clemente XI oriundo de aquellas tierras, tuvo también atenciones particulares con respecto a Albania.

La independencia política, conquistada finalmente en 1912, no significó, por desgracia, el fin de las dificultades: desde entonces, Albania ha pasado por otros momentos tristes, que alcanzaron su culmen después de la segunda guerra mundial, cuando una dictadura despiadada pretendió ahogar en sangre los derechos civiles más elementales, tratando de arrancar del corazón de los creyentes el mismo nombre de Dios.

Intento vano, como han demostrado los acontecimientos: tras la larga noche ha clareado, por fin, el alba de un nuevo día. La Iglesia en Albania ahora vive una nueva primavera.

3. Mi visita del domingo pasado quiso contribuir a esa primavera con la consagración de los nuevos obispos en la catedral de Escútari, una de las iglesias más majestuosas de los Balcanes. Durante los años de la dictadura había sido transformada en palacio de deportes, ahora ha recuperado su esplendor primitivo, llegando a ser el símbolo de la resurrección de Albania

En la solemne celebración participó, con devoción, una gran muchedumbre de fieles. Casi como en un nuevo Pentecostés, se percibió el soplo del Espíritu, que introdujo a los nuevos prelados en el colegio de los sucesores de los Apóstoles. Uno de ellos, el obispo auxiliar de Escútari, mons. Zef Simoni, el 25 de abril de 1967 fue condenado a quince años de prisión. El mismo día 25 de abril del año siguiente, hace exactamente veinticinco, se producía la condena a muerte después conmutada en trabajos forzados del que ahora es arzobispo de Escútari, mons. Frano Illia. Esta coincidencia de fechas ha hecho más conmovedor el recuerdo de los acontecimientos vinculados al camino doloroso de la Iglesia albanesa. Los otros dos obispos ordenados, también ellos beneméritos, son mons. Rrok K. Mirdita, arzobispo de Durazzo-Tirana, y mons. Robert Ashta, obispo de Púlati.

4. ¿Cómo no ver en todo ello un signo de la protección especial de la Madre del Buen Consejo, tan venerada en Albania? El jueves 22 de abril me dirigí a Genazzano, localidad situada cerca de Roma donde también se venera a María, Madre del Buen Consejo, para poner en sus manos mi peregrinación apostólica a Albania. Genazzano se halla unida por un vínculo espiritual ideal a Escútari, donde el santuario mariano homónimo ha sido arrasado dos veces a lo largo de la historia. Su última destrucción se remonta al año 1967, durante el período de la dictadura más feroz, decidida a borrar del país toda huella de religión. Sobre los escombros de esa trágica presunción se colocaron, el domingo pasado, por un providencial designio divino, los gestos elocuentes de la ordenación del nuevo arzobispo y la bendición de la primera piedra del nuevo santuario, que acogerá la imagen de la Virgen del Buen Consejo.

5. Por la tarde en Tirana, el encuentro inolvidable con la población, que tuvo lugar en la plaza dedicada al héroe nacional Jorge Castriota Scanderberg, concluyó la visita. Se hallaban presentes el presidente de la República, las autoridades del Estado, los representantes de las diversas confesiones religiosas y mucha gente. ¿Cómo no recordar aquí la contribución valiosa que dio el nuncio apostólico, mons. Ivan Dias a la preparación de mi visita? Le doy las gracias de corazón.

Asimismo, expreso mi más viva gratitud a los sacerdotes, religiosos y religiosas, entre éstas, en particular, a la madre Teresa. Doy gracias también a los organismos y a los movimientos eclesiales que han venido de otras naciones para sostener el camino de la Iglesia albanesa. Mi discurso de despedida, dirigido a toda la nación, quiso ser un mensaje de esperanza y aliento. En él invité a no olvidar fácilmente los sufrimientos soportados por los albaneses en los últimos decenios.

Señalé al pueblo de Albania los desafíos del futuro. La libertad religiosa recuperada será, con toda seguridad, fermento de una sociedad democrática si se reconocen el valor y el carácter central de la persona humana, y si en todas las relaciones, en los planos social, político y económico, se aplica una auténtica solidaridad.

Expresé, asimismo, mi deseo de que Albania, también gracias a la acción de la comunidad internacional, supere la grave crisis actual. Para ello cuenta con el sentido de la familia y la acogida, y sobre todo con su fe. Mucho le ayudarán también las buenas relaciones actuales, que es preciso renovar constantemente, entre católicos, ortodoxos y musulmanes. Albania ha vuelto a abrir las puertas a Dios. El Señor no abandona nunca a los que confían en Él.

6. «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 26).

Estas palabras, tomadas de la liturgia del domingo pasado, nos recuerdan que en el misterio pascual del Redentor encuentra verdadera luz la historia del hombre, la historia de los pueblos y las naciones, incluso la de los períodos más trágicos.

A esa nación, tan querida para nosotros, le manifestamos nuestro deseo: que Cristo camine con sus hijos, como sucedió con los discípulos de Emaús: que «les explique las Escrituras», «abra su mente y su corazón», «haga que le reconozcan al partir el pan» (cf. Lc 24, 27. 35. 45), y les ayude a construir el nuevo orden basado en la verdad, la justicia y el amor.

Junto con ellos, hagamos nuestro el grito de júbilo pascual: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24, 34).

«¡Éste es el día que el Señor ha hecho exultemos y gocémonos en él!» (Sal 118, 24).

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Saludos

Saludo ahora muy cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de lengua española. En particular, a los grupos de estudiantes procedentes de varias ciudades españolas y de Argentina, mientras les aliento a dar siempre testimonio de su fe cristiana para hacer de nuestro mundo un lugar más justo y fraterno.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los distintos países de América Latina y de España imparto de corazón la Bendición Apostólica.

 


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