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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 22 de diciembre de 1993

 

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Hemos llegado de nuevo a la Navidad, solemnidad litúrgica que conmemora el nacimiento del divino Salvador, colmando nuestro espíritu de alegría y paz. La fecha del 25 de diciembre, como sabéis, es convencional. En la antigüedad pagana se festejaba ese día el nacimiento del Sol invicto, y coincidía con el solsticio de invierno. A los cristianos les pareció lógico y natural sustituir esa fiesta con la celebración del único y verdadero Sol, Jesucristo, que vino al mundo para traer a los hombres la luz de la verdad.

Desde entonces, todos los años, después de la intensa preparación del Adviento y como conclusión de la novena especial, los creyentes conmemoran el acontecimiento de la encarnación del Hijo de Dios en un clima de especial alegría. San León Magno, que fue Sumo Pontífice del año 440 al 461, exclamaba así en una de sus numerosas y magníficas homilías navideñas: "Exultemos en el Señor, queridos hermanos, y abramos nuestro corazón a la alegría más pura, porque ha clareado el día que para nosotros significa la nueva redención, la antigua preparación y la felicidad eterna. En efecto, en el ciclo anual, se renueva para nosotros el elevado misterio de nuestra salvación, que, prometido al inicio y realizado al final de los tiempos, está destinado a durar sin fin" (Homilía XXII, Ed. UTET, 1968).

2. Amadísimos hermanos y hermanas no se trata de una alegría vinculada sólo a la fascinación de una fecha arcana y conmovedora. Nuestro gozo brota más bien de una realidad sobrenatural e histórica: el Dios de la luz, en quien, como escribe Santiago, "no hay cambio ni sombra de rotación" (St 1, 17) quiso encarnarse asumiendo la naturaleza humana. ¡Para salvar a la humanidad, nació en Belén de María santísima nuestro Redentor!

San Juan, en el prólogo de su evangelio, medita profundamente en este acontecimiento único y conmovedor: "En el principio existía la Palabra [...]. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres [...]. A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios [...]. Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros..." (Jn 1, 1. 4. 12. 14).

Conocemos, así, con certeza el motivo y la finalidad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo hombre para revelarnos la luz de la verdad salvífica y para transmitirnos su misma vida divina, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y hermanos suyos.

Esta verdad fundamental la presenta con frecuencia san Pablo en sus cartas. A los Gálatas escribe: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley [...], para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). Y también: "Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús" (Ga 3, 26). En la carta a los Romanos pone de relieve las consecuencias lógicas, pero exigentes, de ese hecho: "Si somos hijos (de Dios), también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados (Rm 8, 17-18).

Dios se hizo hombre para hacernos partícipes, en Jesús, de su vida divina y luego de su gloria eterna. Ése es el verdadero sentido de la Navidad y, por consiguiente, de nuestra alegría mística. Y éste fue precisamente el anuncio del ángel a los pastores, asustados por el esplendor de la luz que los había sorprendido en la noche: "No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 10-11).

3. Amadísimos hermanos y hermanas, la Navidad es la luz divina que da valor y sentido a la vida de las personas y a la historia de la humanidad.

Me vienen a la mente, a este respecto las palabras pronunciadas por el Papa Pablo VI durante su histórica visita a Belén: "Nos expresamos —decía— la humilde, trepidante, pero al mismo tiempo sincera y gozosa profesión de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor. Le repetimos a él solemnemente como nuestra, la confesión de Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt, 16, 16). Y proseguía: "Nos sabemos que el hombre sufre dudas atroces. Nos sabemos que en su alma hay mucha oscuridad y mucho sufrimiento. Nos queremos decir todavía una palabra que creemos decisiva, tanto más cuanto es plenamente humana; una palabra de Hombre a hombre: Jesucristo que Nos llevamos a la humanidad, es el "Hijo del hombre", como él se llamaba a sí mismo. Es el primogénito, el prototipo de la humanidad nueva, el hermano, el colega, el amigo por excelencia. Es aquel del cual únicamente se puede decir realmente que "conocía lo que en el hombre había" (Jn 2, 25). Es, sí, el enviado por Dios, pero no para condenar al mundo, sino para salvarlo (cf. Jn 3, 17)" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de enero de 1964, p. 1).

4. Amadísimos hermanos y hermanas, la consigna de la Navidad de 1993 es saber contemplar nuestra vida con los ojos de Dios llenos de confianza y amor. Jesús nació en la pobreza de Belén para abrazar toda nuestra humanidad. Jesús vuelve a nosotros también este año para renovar el arcano prodigio de la salvación ofrecida a todos los hombres y a todo el hombre. Su gracia actúa silenciosamente en la intimidad de cada alma, porque la salvación es esencialmente un diálogo de fe y de amor con Cristo, adorado en el misterio de la encarnación. Aceptemos este misterio como el verdadero regalo de Navidad.

De rodillas ante Jesús Niño, junto con María y José, nos preparamos a comenzar el año dedicado a la familia. Elevemos con fervor nuestra oración al Altísimo para pedirle la fidelidad y la concordia para todas las familias, hoy tan amenazadas por los falsos profetas de la cultura hedonista y materialista.

Que la Navidad sea para cada núcleo familiar motivo de alegría y de gran consuelo. Que las familias cristianas, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia, difundan a su alrededor el mensaje de amor abierto a la vida, alimentando así la esperanza de un futuro mejor.

Con estos sentimientos, os deseo a todos vosotros y a vuestros seres queridos una feliz Navidad.

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Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Con estos deseos, presento mi más afectuoso saludo a todos los peregrinos y visitantes procedentes de los diversos países de América Latina y de España.

En vosotros quiero expresar mi más cordial felicitación de Navidad y próspero Año Nuevo a vuestras familias y amigos, y a todos los amadísimos hijos de la Iglesia que rezan en lengua española.

En señal de benevolencia y prenda de la constante asistencia divina imparto de corazón la bendición apostólica.

 



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