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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 28 de diciembre de 1994

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. "Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres" (Tt 2, 11). Así escribe san Pablo a su discípulo Tito, mientras el autor de la carta a los Hebreos comienza su importante meditación sobre Jesucristo, sacerdote y víctima con estas palabras: "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo" (Hb 1, 1-2).

Ésas son las realidades divinas que tenemos ante nuestros ojos en estos días, en los que respiramos la atmósfera mística y sugestiva que brota de la gruta de Belén. Allí en la ciudad de David, nació de María santísima el divino Salvador.

Y nos hemos arrodillado en adoración ante este Niño, que es el Verbo divino, hecho hombre por nuestra salvación: "En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios... Todo se hizo por Él... Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros" (Jn 1, 1-3. 14).

La Navidad es, por consiguiente, un tiempo de reflexión que no puede menos de tener impacto en toda la vida. En efecto, con la Navidad comienza la nueva historia de la humanidad, historia en la que la salvación divina sale al encuentro del pecado del hombre.

2. Nuestro mundo está distraído por muchos intereses y atractivos; se halla desconcertado, a menudo decepcionado, preocupado, e incluso a veces angustiado, porque persisten amenazas, enfrentamientos y sufrimientos. En Navidad se siente la necesidad de revisar el sentido auténtico de la propia vida y afloran al espíritu las más elevadas aspiraciones a la solidaridad y a la paz.

En muchas personas queda, sin embargo, una sensación de perplejidad y de malestar espiritual ante el misterio de la Encarnación. Estarían dispuestas a aceptarlo "como una dulce y profunda alegoría, pero no como una verdad desnuda y cruda". Ya lo notaba Romano Guardini (El Señor, parte I, cap. III), el cual observaba: Es preciso "rodear este misterio, que es el misterio central del cristianismo, de vigilancia sosegada, temblorosa y suplicante; entonces, por fin, se nos revelara también su sentido. Y, mientras tanto, valga como consigna: Estas cosas las hace el Amor".

Con la ayuda de la gracia es necesario ponerse en la perspectiva del misterio y del amor para llegar a la certeza de la verdadera identidad del Niño nacido en Belén.

Por lo demás es una certeza corroborada por pruebas históricas que presentan los evangelios y por testimonios contemporáneos paralelos, como he recordado en la carta apostólica Tertio millennio adveniente: "Este 'hacerse uno de los nuestros' del Hijo de Dios acaeció en la mayor humildad, por ello no sorprende que la historiografía profana, pendiente de acontecimientos más clamorosos y de personajes más importantes, no le haya dedicado al principio sino fugaces, aunque significativas alusiones (...). El gran acontecimiento, que los historiadores no cristianos se limitan a mencionar, alcanza luz plena en los escritos del Nuevo Testamento que, aún siendo documentos de fe, no son menos atendibles, en el conjunto de sus relatos, como testimonios históricos" (n. 5).

Al comienzo de su evangelio, san Lucas afirma "haber investigado diligentemente todo desde los orígenes" (Lc 1, 3). San Juan, en el Prólogo, asegura: "Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14); y la segunda carta de san Pedro confirma: "Os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad" (2 P 1, 16).

3. La reflexión que la Navidad suscita en los creyentes se convierte, por tanto también en momento de alegría íntima y profunda. Es la alegría que experimenta María por su maternidad divina (cf. Lc 1, 46-47); es la alegría que el ángel anuncia a los pastores de Belén en la noche santa; es la alegría de los Magos cuando vuelven a ver la estrella misteriosa de su viaje (cf. Mt 2, 10); y es, por último, la alegría que Jesús promete y da a los Apóstoles y a sus fieles, y que hará exclamar a san Pablo: "Estoy lleno de consuelo y sobreabundó de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Co 7, 4).

En efecto, frente al misterio de la Encarnación se puede descubrir que la vida de cada persona y de todo el género humano tiene un significado que sobrepasa el tiempo y desemboca en la eternidad.

Jesús el Verbo encarnado, al insertarse en la historia humana nos garantiza que en ella se hallan presentes Dios y su providencia su amor y su misericordia. Dios tiene un plan de salvación para todos y espera nuestra adhesión.

4. La Navidad, por lo tanto, se transforma también en momento de decisión, como he recordado recientemente. Con motivo de la crisis de la cultura moderna, los creyentes se encuentran ante tres grandes clases de personas en dificultad: "Quienes no creen todavía; quienes han nacido en el seno de pueblos cristianos considerados entre los más fieles, pero que hoy ya no creen; y quienes, aunque tienen el don de la fe, no son capaces de conformar su propia vida con el Evangelio" (Discurso en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, 24 de noviembre de 1994, n. 3; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de diciembre de 1994, p. 8). Quiera Dios que la solemnidad de la Navidad impulse a todo bautizado a ser testigo intrépido de la fe cristiana, mediante la palabra y el ejemplo, la oración asidua y la caridad generosa hacia todos los hermanos, especialmente hacia los más necesitados.

Así viviremos de forma más auténtica las fiestas navideñas y en especial, los días que nos separan del final de 1994 y del inicio del año nuevo.

Os deseo a vosotros y a todos los creyentes que profundicéis, en la meditación y en la acción, el misterioso anuncio de la Navidad. Y lo deseo de manera especial a las familias, para que concluyan este año dedicado a ellas en un clima de renovado descubrimiento de Cristo, nuestra auténtica alegría y Príncipe de la paz.

Con estos sentimientos, os bendigo a todos.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Deseo dar ahora la bienvenida a los visitantes de lengua española.

Me es grato saludar a los miembros consagrados del Movimiento “ Regnum Christi ”; a la Orquesta Navarra de Acordeones y a los peregrinos de México.

De modo particular, dirijo un cordial saludo a todas las familias de España que pasado mañana se reunirán para rezar el Santo Rosario, simultáneamente en diecisiete lugares marianos, con ocasión de la clausura del Año de la Familia.

Al invitaros a todos a defender siempre los valores de la familia como pilar de la sociedad y desearos también un feliz Año Nuevo lleno de abundantes gracias divinas, os imparto con afecto la bendición apostólica.

© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana

 



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