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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 19 de abril de 1995

 

La Iglesia misionera

(Lectura:
capítulo 12 de la primera carta
del apóstol san Pablo a los Corintios, versículos, 4-6)

1. La Iglesia, heredera y continuadora de los Apóstoles, enviados a dar testimonio de Cristo y a predicar el Evangelio "hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8), posee la nota de la catolicidad, de la que deriva su dimensión misionera. Esta segunda característica tiene su origen en lo alto, y ese origen forma parte de su misterio. Lo hace notar el concilio Vaticano II en el decreto Ad gentes, según el cual "la Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre" (n. 2). Ese misterio lo constituye el designio divino trinitario que se realiza en la Iglesia y se manifiesta, ya desde el día de Pentecostés, como su propiedad permanente.

2. El hecho de que sea esencialmente misionera no sólo significa que la Iglesia tiene una misión universal con respecto a toda la humanidad, sino que, en su realidad constitutiva, en su alma y, por tanto ―podría decirse―, en su misma psicología, tiene también un dinamismo que se manifiesta concretamente en la predicación del Evangelio, en la difusión de la fe y en la invitación a la conversión proclamada hasta los confines de la tierra. Este impulso interior, íntimamente vinculado a su misión, proviene del Espíritu Santo y, por consiguiente, forma parte de su misterio. Así, el dinamismo que brota de él se traduce en una nota distintiva de toda la Iglesia, que se manifiesta, de modo concreto y eficaz, especialmente en quienes, comenzando por los Apóstoles, abandonan su patria para dirigirse a zonas lejanas por la causa del Evangelio. Aunque no todos están llamados personalmente a ir a tierras de misión, cada uno, en la Iglesia y con la Iglesia, tiene la tarea de propagar la luz del Evangelio según la misión salvífica, que el Redentor transmitió a la comunidad eclesial. En efecto, todos están llamados a cooperar en está misión.

3. Debemos seguir profundizando en el origen trinitario de ese dinamismo misionero, al que se refiere el decreto Ad gentes (cf. nn. 2, 3 y 5). Se trata de un dinamismo que brota del amor fontal, es decir, de la caridad de Dios Padre, de su benignidad excesiva y misericordiosa. Él es el Dios que nos crea, "llamándonos además por pura gracia a participar con él en la vida y la gloria". Es él quien difunde la bondad divina, para ser "todo en todas las cosas" (1 Co 15, 28). De su infinita generosidad, destinada a todas las criaturas, proviene como don del Espíritu Santo el movimiento misionero de la Iglesia, comprometida a difundir por el mundo el anuncio de la salvación.

4. La comunicación del dinamismo de la vida divina se llevó a cabo, ante todo, en la encarnación del Hijo eterno de Dios, a quien el Padre envió para traer a los hombres la revelación y la salvación. La venida al mundo del Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14) puede considerarse un tipo o arquetipo ―como dirían los Padres― del impulso misionero de la Iglesia que, superando las fronteras del antiguo Israel, extiende el reino de los cielos a toda la humanidad. Este impulso se realiza especialmente en el salto de los misioneros que, como los Apóstoles, dejan su patria terrena para anunciar el mensaje divino a "todas las gentes" (Mt 28, 19).

El primer misionero, el Hijo unigénito a quien el Padre envió a la tierra para redimir al mundo, envía a los Apóstoles para que prosigan su misión (cf. Jn 20, 21). La tipología misionera del Verbo hecho carne abarca también el anonadamiento de aquel que subsiste en forma de Dios y que asume la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres (cf. Flp 2, 6-7). El concepto paulino de la kénosis (exinanivit semetipsum) permite ver en la Encarnación el primer modelo de anonadamiento de quienes, acogiendo el mandato de Cristo, dejan todo para llevar la buena nueva hasta los confines de la tierra.

5. Al afirmar el origen trascendente del dinamismo misionero de su encarnación, Jesús revela también su finalidad, que consiste en abrir a todos el camino de regreso a Dios. Jesús es el primero que traza este camino. Y lo declara: "Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre" (Jn 16, 28). Precisa que el objetivo de su partida es preparar, en la casa del Padre, un lugar para los discípulos, a quienes dice: "Os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros" (Jn 14, 3). La vuelta de Jesús al Padre se realiza por medio de un sacrificio, en el que manifiesta su amor a los hombres "hasta el extremo" (Jn 13, 1).

Desea hacer que los hombres participen en su ascensión al Padre. Para realizar esta participación, envía a sus Apóstoles y, junto con ellos, a la Iglesia entera, que prolonga su predicación y su acción en todos los lugares y en todos los tiempos.

6. Hemos destacado el hecho de que la actividad misionera de Cristo culmina en la ofrenda del sacrificio. Según el designio del Padre, Jesús dedicó sólo un breve período de su existencia terrena a la predicación, limitándose a las "ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 15, 24), a las cuales, por lo demás, en un primer momento circunscribió también el ministerio de los Doce (cf. Mt 10, 6). Sin embargo, con el sacrificio de la cruz alcanza plenamente el objetivo misionero de su venida a la tierra: no sólo la salvación del pueblo de Israel o de los samaritanos, sino también la de los "griegos" (cf. Jn 12, 20-24) e incluso la de toda la humanidad (cf. Jn 12, 32).

Este hecho arroja luz sobre la actividad misionera de la Iglesia, que no puede menos de estar marcada por una nota sacrificial, predicha por Jesús: "No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo" (Mt 10, 24); "Seréis odiados de todos por causa de mi nombre" (Mt 10, 22).

Se trata de seguir al Maestro divino por el camino de la cruz. Éste es el camino de la Iglesia y de los misioneros, como recuerda el Concilio: "La Iglesia, impulsada por el Espíritu Santo, debe avanzar por el mismo camino por el que avanzó Cristo: esto es, el camino de la pobreza, la obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección" (Ad gentes, 5).

7. En este camino de la Iglesia y de los misioneros, Cristo no sólo es el iniciador y el modelo perfecto, sino también el que proporciona la energía necesaria para caminar, comunicando el Espíritu Santo a su Iglesia en todos los tiempos. Como leemos también en el Concilio, para conseguir la salvación universal "Cristo envió desde el Padre al Espíritu Santo para que realizara desde dentro su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a su propia expansión" (ib., 4). Volvamos, una vez más, a la fuente trinitaria del dinamismo misionero de la Iglesia, que el Espíritu Santo infundió en Pentecostés y sigue alimentando en los corazones, dado que es Amor del Padre y del Hijo ―ignis, caritas― que comunica a la Iglesia el fuego de la caridad eterna.

Pentecostés no fue sólo un momento de emoción intensa; fue también el comienzo de un dinamismo de origen sobrenatural, que se desarrolló después a lo largo de la historia de la Iglesia (cf. Redemptoris missio, 24). Como en el día de Pentecostés, también en nuestro tiempo el Espíritu Santo sigue siendo el inspirador íntimo del entusiasmo misionero y el dador de los dones jerárquicos y carismáticos (cf. 1 Co 12, 4 s), que producen la unidad intima ministerial de la Iglesia (cf. Ad gentes, 4; Lumen gentium, 4). Esta unidad intima de los discípulos de Jesús se traduce en la "comunión fraterna", en el tener "un solo corazón y una sola alma" (Redemptoris missio, 26).

8. El Espíritu Santo ilumina y enciende de amor divino a la persona en su totalidad, actuando eficazmente en las mentes y en los corazones. Interviene profundamente en la acción misionera de la Iglesia, y "algunas veces, también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, de la misma forma que la acompaña y dirige sin cesar de diversas maneras" (Ad gentes, 4). Así, la Iglesia, "movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo", cumple su misión, mostrando a todos los hombres "el camino firme y sólido para participar plenamente en el misterio de Cristo" (ib., 5).


Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría saludo a los peregrinos de España y América Latina. En particular a las Hijas de María Auxiliadora, a los Cruzados y Milicia de Santa María, a la Asociación Navarra Nuevo Futuro, a los Belenistas de Pamplona, así como a las diversas parroquias y estudiantes españoles.

Dirijo también un especial saludo a los grupos de peregrinos de México y Costa Rica. Que el gozo de la Resurrección del Señor os anime a ser siempre misioneros de paz y esperanza.

A todos os deseo una feliz Pascua, y de corazón os imparto la bendición apostólica.



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