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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 27 de septiembre de 1995

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. El 14 de septiembre tuve la dicha de firmar en Yaundé, al comienzo de la fase celebrativa de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos, la exhortación postsinodal Ecclesia in Africa. En los días siguientes, con ocasión de las jubilosas celebraciones eucarísticas que congregaron a centenares de miles de fieles en Yaundé, Johannesburgo y Nairobi, hice entrega de ese documento a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los catequistas y a los laicos de África. Al encomendarles los frutos del Sínodo, les pedí que los mediten y vivan, para transmitirlos a las futuras generaciones, pues se trata de la misión evangelizadora de la Iglesia en África hacia el año 2000 y mucho más allá.

En esos mismos días, durante las solemnes sesiones sinodales, volvimos a tocar los temas esenciales del Sínodo, con la participación de los cardenales presidentes delegados de la Asamblea especial, de los obispos de las regiones y del lugar, en actitud de diálogo con los cristianos no católicos y con algunos representantes del Islam y de la religión tradicional africana.

Hoy deseo presentar las líneas esenciales de la exhortación postsinodal. En efecto, aunque se trata del fruto de un Sínodo continental, no sólo afecta a África, sino que interesa también a la Iglesia universal (cf. Ecclesia in Africa, 19). En África, he asegurado a los miembros de esas Iglesias aún jóvenes que no les faltará el apoyo de las Iglesias de las demás regiones del mundo, pues así lo exige la comunión que nos une a todos en el mismo Cuerpo de Cristo.

2. La exhortación recuerda que el Sínodo para África fue, a partir del concilio Vaticano II, el punto de llegada de una serie de encuentros de los obispos de África, que deseaban intercambiar las experiencias y preocupaciones de su compromiso pastoral. Ciertamente, esas reuniones, llevadas a cabo con regularidad periódica, han contribuido a la maduración de Iglesias que, en su mayor parte, son de reciente fundación. Entre la convocación del Sínodo, en 1989, y la sesión de trabajo en Roma, en 1994, se llevaron a cabo amplias consultas que implicaron a los fieles de África, en todos sus niveles; durante el Sínodo, los obispos se beneficiaron verdaderamente de la oración y del testimonio de todo el pueblo de Dios.

La Asamblea especial manifestó, ante la tumba de san Pedro, el vigor de la fe que vive la Iglesia en África. Los mismos padres sinodales definieron el acontecimiento como un Sínodo de resurrección y esperanza. Juntos, en unión con el Obispo de Roma, realizaron una intensa experiencia de la comunión colegial, que los vincula al servicio de su pueblo y de la Iglesia universal.

Al término de esas semanas de trabajo, dirigieron al pueblo de Dios un importante mensaje y me entregaron las propuestas que habían elaborado. Con todos esos elementos, en la exhortación apostólica, ofrecí a la Iglesia que está en África las líneas para un renovado compromiso pastoral, en camino hacia el tercer milenio. Como dije en Nairobi, el Sínodo ha concluido, pero el Sínodo comienza. Corresponde cada vez más a los mismos africanos asegurar la vitalidad de su Iglesia.

3. La evangelización en África tiene una larga historia: en el norte del continente, se remonta a las primeras generaciones cristianas, y aún hoy se conserva viva la tradición apostólica que se remonta a san Marcos. Pero sólo en los últimos siglos se anunció el Evangelio prácticamente en la totalidad de las regiones del continente, gracias a la obra de misioneros generosos, a los que el Sínodo rindió un ferviente homenaje. Hoy, los centenares de diócesis de África, en su mayor parte, están gobernadas por obispos nacidos en esa tierra.

El Sínodo quiso dar gracias al Señor por las maravillas que ha realizado. Pero, al mismo tiempo, los padres sinodales afrontaron, sin caer en el pesimismo, las numerosas, y a menudo trágicas, dificultades de "un continente saturado de malas noticias" (Ecclesia in Africa, 40). Se trata de desafíos para los cristianos, que deben cumplir la misión del buen samaritano, brindando la "presencia comprensiva" y, a la vez, solicita y activa que tanto necesitan los hijos e hijas de África (cf. ib., 41).

4. Una de las mayores preocupaciones que debe afrontar hoy la evangelización en el continente es la obra de inculturación. Se trata de hacer que el Evangelio, como ha acontecido con los demás pueblos y civilizaciones del mundo cristiano, arraigue en el corazón de la cultura africana, valorizando todo lo que tiene de positivo y purificando lo que es incompatible con el mensaje de Cristo. La Iglesia en África asumirá así, cada vez más, el rostro africano que de nuevo he podido experimentar con gran alegría en la liturgia, en los cantos y en las danzas, al igual que en la manera de recibir y venerar la palabra de Dios.

A nuestros hermanos de África les complace poner énfasis en el tema de la Iglesia como familia, pues esta imagen explica muy bien, según su sensibilidad, el misterio de la vida eclesial. En efecto, la comunidad cristiana es una verdadera familia, dado que todos los bautizados están unidos por una relación de comunión que los hace, en Cristo, un solo cuerpo (cf. Rm 12, 5) y los impulsa a tener un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4, 32). A partir de esta experiencia de familia de Dios, los cristianos de África sabrán abrirse a todos los hombres, entablando un diálogo sincero también con las demás religiones y sobre todo trabajando en favor de los pobres y los desvalidos, a fin de que la Iglesia en África se transforme de verdad en voz de los que no tienen voz (cf. Ecclesia in Africa, 68-70).

5. La exhortación postsinodal, al indicar esta perspectiva, traza las líneas fundamentales de ese programa para "una orgánica solidaridad pastoral en todo el territorio africano e islas adyacentes", del que hablé ya desde la convocatoria de la Asamblea (Ángelus del 6 de enero de 1989; cf. Ecclesia in Africa, 5). La exhortación invita a los católicos de África a afrontar los desafíos del tercer milenio: la urgencia del anuncio evangélico y de la propuesta del bautismo; la indispensable profundización, en los bautizados, del sentido de la fe; la valentía del testimonio; y la opción del perdón y de la reconciliación, incluso en las situaciones más dramáticas. En especial, es preciso sostener, y a veces salvar, a la familia africana, evangelizándola, para que sea, a su vez, el primer lugar de la evangelización (cf. ib., cap. IV).

"Seréis mis testigos en África", es el título de un capítulo de la exhortación, que aplica directamente el mandato misionero de Jesús a los fieles de África, comprometiéndolos a ser los agentes dé la evangelización, en la variedad de sus vocaciones: desde los obispos hasta los laicos, con la ayuda de las estructuras complementarias que forman el entramado eclesial. Se trata de construir el reino de Dios, edificando la comunidad eclesial y, a la vez, animando la sociedad, para que, con la ayuda de la gracia, prevalezcan cada vez más la justicia, la paz y el bien común de las naciones (cf. ib., cap. V).

6. Los católicos africanos están llamados a ser testigos "hasta los confines de la tierra". Ellos mismos son ya misioneros para sus pueblos, y más allá de sus pueblos. Para todos nosotros es motivo de alegría tomar conciencia de la capacidad que tienen estas Iglesias jóvenes de compartir ya plenamente la solicitud de todas las Iglesias, como pidió con insistencia el concilio Vaticano II (cf. ib., cap. VII).

Sostenidos por una viva esperanza, nos dirigimos a María Estrella de la evangelización, para que el Sínodo constituya para África la experiencia de un nuevo Pentecostés. Ojalá que las indicaciones brindadas por los padres sinodales y recogidas en esta exhortación, fruto de un intenso trabajo colegial, sean para todos los católicos del continente estímulo y orientación en su respuesta diaria a los compromisos bautismales. Con la aportación de todos, la Iglesia en África podrá cumplir, cada vez de forma más eficaz, su misión evangelizadora con vistas al tercer milenio.


Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo con afecto a todos los peregrinos de lengua española.

En particular, a los alumnos del Colegio Mexicano de Roma, a las Franciscanas Misioneras de la Natividad, a la Parroquia de la Asunción de Villanueva de Castellón, y a la Asociación de veteranos de Iberia. Así como a los Oficiales de la Academia de guerra del Ejército de Chile y a la Fraternidad Misionera de la Cruz; también a los demás grupos de España, El Salvador y México.

A todos os imparto de corazón la bendición apostólica.

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 



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