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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 20 de diciembre de 1995

 

(Lectura:
evangelio de san Lucas, capítulo 1,
versículos 68-69)

1. Ya se acerca la Navidad del Señor, para la que nos estamos preparando durante estos días de Adviento. La solemnidad de la Navidad nos trae recuerdos de ternura y bondad, suscitando cada vez nueva atención hacia los valores humanos fundamentales: la familia, la vida, la inocencia, la paz y la gratuidad.

La Navidad es la fiesta de la familia que, reunida en torno al belén y al árbol, símbolos navideños tradicionales, se redescubre llamada a ser el santuario de la vida y del amor. La Navidad es la fiesta de los niños, porque pone de manifiesto "el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace" (Evangelium vitae, 1). La Navidad del Señor lleva a redescubrir, además, el valor de la inocencia, invitando a los adultos a aprender de los niños a acercarse con asombro y pureza de corazón a la cuna del Salvador, recién nacido.

La Navidad es la fiesta de la paz, porque "la paz verdadera nos viene del cielo" y "por toda la tierra los cielos destilan dulzura" (Liturgia de las Horas, oficio de lectura de Navidad). Los ángeles cantan en Belén: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama" (Lc 2, 14). En este tiempo, que invita a la alegría, ¿cómo no pensar con tristeza en los que, por desgracia, en muchas partes del mundo, se hallan aún inmersos en grandes tragedias? ¿Cuándo podrán celebrar una verdadera Navidad? ¿Cuándo podrá la humanidad vivir la Navidad en un mundo completamente reconciliado? Algunos signos de esperanza, gracias a Dios, nos impulsan a proseguir incansablemente en la búsqueda de la paz.

Mi pensamiento se dirige, naturalmente, a Bosnia, donde el acuerdo logrado, aún con límites comprensibles y con notables sacrificios, constituye un gran paso adelante por el camino de la reconciliación y la paz.

La Navidad es también la fiesta de los regalos: me imagino la alegría de los niños, y también de los adultos, que reciben un regalo navideño, al sentirse amados y comprometidos a transformarse ellos mismos en don, como el Niño que la Virgen María nos muestra en el belén.

2. Pero estas consideraciones explican sólo en parte el clima festivo y sugestivo de la Navidad. Como ya es sabido, para los creyentes el auténtico fundamento de la alegría de esta fiesta estriba en el hecho de que el Verbo eterno, imagen perfecta del Padre se ha hecho "carne", niño frágil solidario con los hombres débiles y mortales. En Jesús, Dios mismo se ha acercado y permanece con nosotros, como don incomparable que es preciso acoger con humildad en nuestra vida.

En el nacimiento del Hijo de Dios del seno virginal de una humilde joven, María de Nazaret, los cristianos reconocen la infinita condescendencia del Altísimo hacia el hombre. Ese acontecimiento, junto con la muerte y resurrección de Cristo, constituye el culmen de la historia.

En la carta del apóstol Pablo a los Filipenses encontramos un himno a Cristo, con el que la Iglesia primitiva expresaba la gratitud y el asombro ante el sublime misterio de Dios que se hace solidario con los hombres: "(Cristo) siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre: y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 6-8).

En el decurso de los primeros siglos, la Iglesia defendió con especial tenacidad este misterio frente a varias herejías que, al negar, de vez en cuando, la verdadera humanidad de Jesús, su real filiación divina, su divinidad o la unidad de su Persona, tendían a vaciar su excepcional y sorprendente contenido y a desvirtuar el insólito y consolador mensaje que trae al hombre de todos los tiempos.

El Catecismo de la Iglesia católica nos recuerda que "el acontecimiento único y totalmente singular de la encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre" (n. 464).

3. ¿Qué significado tiene para nosotros el evento extraordinario del nacimiento de Jesucristo? ¿Qué buena nueva nos trae? ¿A qué metas nos impulsa? San Lucas, el evangelista de la Navidad, en las palabras inspiradas de Zacarías nos presenta la Encarnación como la visita de Dios: "Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo" (Lc 1, 68-69).

Pero ¿qué efectos produce en el hombre la visita de Dios? La sagrada Escritura testimonia que cuando el Señor interviene, trae salvación y alegría, libra de la aflicción, infunde esperanza, mira el destino del que recibe la visita y abre perspectivas nuevas de vida y salvación.

La Navidad es la visita de Dios por excelencia, pues en este acontecimiento se hace sumamente cercano al hombre mediante su Hijo único, que manifiesta en el rostro de un niño su ternura hacia los pobres y los pecadores. En el Verbo encarnado se ofrece a los hombres la gracia de la adopción como hijos de Dios. San Lucas se preocupa de mostrar que el evento del nacimiento de Jesús cambia realmente la historia y la vida de los hombres, sobre todo de los que lo acogen con corazón sincero: Isabel, Juan Bautista, los pastores, Simeón, Ana y sobre todo María son testigos de las maravillas que Dios obra con su visita.

En María, de manera especial, el evangelista presenta no sólo un modelo que es necesario seguir para acoger a Dios que sale a nuestro encuentro, sino también las perspectivas exultantes que se abren a quien, habiéndolo acogido, está Llamado a convertirse, a su vez, en instrumento de su visita y heraldo de su salvación: "Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno", exclama Isabel dirigiéndose a la Virgen, que le lleva en sí misma la visita de Dios (Lc 1, 44). La misma alegría invade a los pastores, que van a Belén por invitación del ángel y encuentran al niño con su Madre: vuelven "glorificando y alabando a Dios" (Lc 2, 20), porque saben que el Señor los ha visitado.

A la luz del misterio que nos disponemos a celebrar, expreso a todos el deseo de que acudamos en esta Navidad, como María, a Cristo que viene a "visitarnos de lo alto" (Lc 1, 78), con corazón abierto y disponible, para convertirnos en instrumentos de la alegre visita de Dios para cuantos encontremos en nuestro camino diario.


Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo afectuosamente a los peregrinos españoles y latinoamericanos presentes en Roma, en particular, a los fieles de la Parroquia de San Francisco, de Córdoba (España).

Deseo a todos unas fiestas gozosas y serenas; espero que en ellas viváis una experiencia más intensa del amor de Dios, y que este amor se extienda a vuestras familias y comunidades, llegando también a quienes más lo necesitan, en especial a los que sufren y a los abandonados.

En la alegría del divino Niño que viene a salvarnos, os imparto de corazón la bendición apostólica.

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 



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