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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de junio de 1996

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Hoy deseo dar gracias a Dios por mi reciente tercer viaje apostólico a Alemania. Realicé el primero en 1980 con ocasión del VII centenario de la muerte de san Alberto Magno, el segundo en 1987, para la beatificación de Édith Stein, en Colonia, y del padre Rupert Mayer en Munich, ambos víctimas de la violencia del régimen nacionalsocialista. Desde ese punto de vista este último viaje es una continuación dé los anteriores. En efecto los dos sacerdotes que proclamé beatos el domingo pasado en Berlín, Bernhard Lichtenberg y Karl Leisner, también dieron el extremo testimonio del martirio en ese mismo dramático período histórico.

Al volver de esa visita, expreso mi agradecimiento a mis venerados hermanos del Episcopado alemán, de modo especial al arzobispo de Paderborn, al cardenal de Berlín y al presidente de la Conferencia episcopal, así como a las autoridades de la República Federal de Alemania: agradezco de corazón la exquisita hospitalidad. Doy las gracias, además, a todos los que, en el ámbito de la organización, contribuyeron para que mi visita se realizara del mejor modo posible.

2. Paderborn y Berlín. Entre las numerosas ciudades que habían invitado al Papa fueron elegidos estas dos. Y la elección resultó muy acertada.

La primera meta fue Paderborn. Esta antigua sede episcopal que se remonta al siglo VIII conservé el recuerdo del histórico encuentro entre Carlomagno y el Papa León III, en el año 799, durante el cual el Pontífice y el rey de los francos sellaron un pacto de cooperación que iba a influir, a lo largo de los siglos, en los acontecimientos del continente europeo.

El patrono de la diócesis es san Liborio, mártir romano: ante sus reliquias se realizó la celebración de la santa misa que contó con una participación de fieles verdaderamente notable.

En el siglo XX Paderborn se ha convertido en sede metropolitana, y tiene como diócesis sufragáneas a Fulda, Magdeburgo y Erfurt. Por tanto, ese lugar constituye un óptimo punto de observación de la historia de la Iglesia en Alemania: es interesante observarla a través del prisma, por así decirlo, de la barca de Pedro, que se hallaba en el lago de Galilea durante la tormenta, como recordé durante la homilía en Paderborn. En realidad la historia ha reservado muchas tormentas a las poblaciones alemanas a lo largo de los siglos. Quizá la mayor es la de nuestro siglo, pero también en las épocas anteriores sufrieron temporales o borrascas. Pienso, en particular, en lo que sucedió con la reforma luterana durante el siglo XVI.

Por eso, fue oportuna la elección de Paderborn como lugar de un encuentro ecuménico: la oración por la unidad de los cristianos, con la participación de la Iglesia católica, protestante y ortodoxa, se realizó precisamente en la catedral. También en Paderborn tuvo lugar el encuentro con la Conferencia del Episcopado alemán, que brindó la ocasión para recordar los numerosos problemas de la Iglesia en Alemania, así como los múltiples méritos del Episcopado de esa nación. Entre otros ¿cómo no citar la importante iniciativa de reconciliación entre los obispos alemanes y polacos realizada en nombre de ambas naciones divididas por las experiencias de la guerra? Esa iniciativa surgió en la época del concilio Vaticano II, y desde hace treinta años sigue dando muchos frutos.

Por otra parte, tanto en la Iglesia como en el mundo actúan diversas organizaciones caritativas promovidas por los obispos alemanes, como Misereor y Adveniat, a las que se ha añadido la reciente iniciativa denominada Renovabis: son expresiones tangibles de la solidaridad generosa de los católicos alemanes para con los pueblos más pobres y necesitados.

3. Berlín. La elección de Berlín como segunda meta de la peregrinación papal fue igualmente elocuente. La historia de esta ciudad, en otro tiempo residencia de los reyes de Prusia, después capital del Imperio germánico y de la llamada República de Weimar y, por último, del tercer Reich, nos permite recorrer idealmente el pasado lejano y, especialmente, el más cercano a nosotros de la nación alemana y de Europa.

Caído el muro y reunificadas la Alemania occidental y la oriental, Berlín ha vuelto a ser la capital de todo el Estado alemán. Allí reside ya el presidente de la República, mientras que, por el momento las autoridades y el Parlamento federal tienen su sede aún en Bonn.

En la memoria de las personas de mi generación el nombre Berlín sigue evocando terribles y dolorosos recuerdos. En efecto, esta ciudad, como capital del tercer Reich, constituyó el centro de infaustas iniciativas de carácter político y militar, que influyeron en gran medida en el destino de Europa, sobre todo en el de las naciones fronterizas. En Berlín, en 1939 se tomó la terrible decisión de comenzar la segunda guerra mundial. Allí se realizaron los inhumanos proyectos de los campos de concentración y, en particular, el programa de la llamada solución final, decidida en la Conferencia de Wannsee, es decir el exterminio de los judíos que vivían en Alemania y en otras naciones de Europa: la tristemente famosa shoah.

Con Berlín, por desgracia, están vinculados enormes dolores y sufrimientos humanos: las heridas no han cicatrizado aún completamente. Después de la celebración eucarística en el estadio olímpico, dirigiéndome a mis compatriotas polacos mencioné dos campos de concentración: el de Sachsenhausen, adonde en los primeros meses de guerra fueron deportados los profesores de la Universidad jaguelónica de Cracovia y el de Ravensbruck, destinado a mujeres de Alemania, en gran parte de Polonia y de otros países europeos.

Así pues, fue muy significativo el hecho de que, precisamente en Berlín, se haya celebrado la beatificación de dos mártires de la ideología y la violencia nacionalsocialista: el párroco Bernhard Lichtenberg y el joven sacerdote de la diócesis de Münster Karl Leisner, ordenado clandestinamente en el campo de Dachau. Ambos murieron víctimas del sistema totalitario que no podía tolerar su actitud pastoral, y sacrificaron su vida por Cristo.

4. La última etapa de mi visita a Berlín fue la famosa Puerta de Brandeburgo. También este nombre está inscrito en la memoria de los hombres de mi generación como el lugar en el que el régimen nacionalsocialista organizaba sus paradas espectaculares, movilizando a las multitudes, y especialmente a la juventud, con un espíritu de fanatismo ideológico. Reviste un indudable significado histórico el hecho de que en ese lugar haya podido estar el Papa, dirigiendo desde allí su mensaje. Podríamos decir que, en cierto sentido, se confirma el dicho popular según el cual la Providencia divina escribe derecho con los renglones torcidos de los hombres.

El encuentro ante la Puerta de Brandeburgo tuvo otro contexto y otros objetivos, como el señor canciller de Alemania puso de relieve en su discurso. Es decir, hay que realizar un gran esfuerzo para superar las antiguas lógicas del odio y de la destrucción, y caminar hacia la meta del entendimiento y la fraternidad entre los pueblos. Al parecer, las circunstancias históricas son aún favorables para este esfuerzo, pero podrían cambiar rápidamente. Por eso es necesario seguir los vientos propicios y aprovechar la calma providencial después de la tormenta, como la que, en las aguas del lago de Galilea, se produjo por orden de Cristo.

Es necesario educar a las personas y a la comunidad en un nuevo espíritu, el espíritu de los derechos del hombre, de los derechos de las naciones, de la justicia internacional y de la solidaridad. Este programa es prácticamente igual al que la Iglesia se propone a sí misma, con vistas al año 2000, ya inminente, y que presenté en la carta apostólica Tertio millennio adveniente. Espero que el programa de los responsables de las naciones y el de la Sede apostólica y los Episcopados se realice de modo armónico, a fin de que en el umbral del tercer milenio los pueblos acojan a Cristo más reconciliados y más unidos entre sí.

Por esta intención oremos al Señor e invoquemos la intercesión materna de la santísima Virgen María, Estrella de la nueva evangelización.


Saludos

Queridos hermanos y hermanas, Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta Audiencia, en particular a las Religiosas Mercedarias de la Caridad y a las Carmelitas de la Caridad de Vedruna. Saludo igualmente a los grupos parroquiales y estudiantiles venidos de España, México, Colombia y Bolivia; y de modo especial a la peregrinación diocesana de San Roque (Argentina), presidida por su Obispo. Que la visita a Roma os fortalezca en la fe y en la comunión eclesial con todos vuestros hermanos. Con estos deseos imparto a vosotros y a vuestras familias la Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 



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