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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 10 de diciembre de 1997

 

La Encarnación, ingreso de la eternidad en el tiempo

1. Al invitarnos a conmemorar los dos mil años del cristianismo, el jubileo nos hace remontarnos al acontecimiento que inaugura la era cristiana: el nacimiento de Jesús. De este evento singular el evangelio de san Lucas nos da noticia con palabras sencillas y conmovedoras: María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento» (Lc 2, 7).

El nacimiento de Jesús hace visible el misterio de la Encarnación, que se realizó ya en el seno de la Virgen en el momento de la Anunciación. En efecto, nace el niño que ella, instrumento dócil y responsable del plan divino, concibió por obra del Espíritu Santo. A través de la humanidad que tomó en el seno de María, el Hijo eterno de Dios comienza a vivir como niño y crece «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). Así se manifiesta como verdadero hombre.

2. San Juan, en el prólogo de su evangelio, subraya esta misma verdad, cuando dice: «El Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Al decir «se hizo carne», el evangelista quiere aludir a la naturaleza humana, no sólo en su condición mortal, sino también en su totalidad. Todo lo que es humano, excepto el pecado, fue asumido por el Hijo de Dios. La Encarnación es fruto de un inmenso amor, que impulsó a Dios a querer compartir plenamente nuestra condición humana.

El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad.

Es una transformación que afecta al destino de toda la humanidad, ya que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et spes, 22). Vino a ofrecer a todos la participación en su vida divina. El don de esta vida conlleva una participación en su eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a propósito de la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Jn 6, 54). El efecto del banquete eucarístico es la posesión, ya desde ahora, de esa vida. En otra ocasión, Jesús señaló la misma perspectiva a través del símbolo de un agua viva, capaz de apagar la sed, el agua viva de su Espíritu, dada con vistas a la vida eterna (cf. Jn 4, 14). La vida de la gracia revela, así, una dimensión de eternidad que eleva la existencia terrena y la orienta, en una línea de verdadera continuidad, al ingreso en la vida celestial.

3. La comunicación de la vida eterna de Cristo significa también una participación en su actitud de amor filial hacia el Padre.

En la eternidad «el Verbo estaba con Dios» (Jn 1, 1), es decir, en perfecto vínculo de comunión con el Padre. Cuando se hizo carne, este vínculo comenzó a manifestarse en todo el comportamiento humano de Jesús. En la tierra el Hijo vivía en constante comunión con el Padre, en una actitud de perfecta obediencia por amor.

La entrada de la eternidad en el tiempo es el ingreso, en la vida terrena de Jesús, del amor eterno que une al Hijo con el Padre. A esto alude la carta a los Hebreos cuando habla de las disposiciones íntimas de Cristo, en el momento mismo de su entrada en el mundo: «¡He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 7). El inmenso «salto » que dio el Hijo de Dios desde la vida celestial hasta el abismo de la existencia humana está motivado por el deseo de cumplir el plan del Padre, en una entrega total.

Nosotros estamos llamados a tomar la misma actitud, caminando por el sendero abierto por el Hijo de Dios hecho hombre, para compartir así su camino hacia el Padre. La eternidad que entra en nosotros es un sumo poder de amor, que quiere guiar toda nuestra vida hasta su última meta, escondida en el misterio del Padre. Jesús mismo unió de forma indisoluble los dos movimientos, el descendente y el ascendente, que definen la Encarnación: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16, 28).

La eternidad ha entrado en la vida humana. Ahora la vida humana está llamada a hacer con Cristo el viaje desde el tiempo hasta la eternidad.

4. El hecho de que en Cristo el tiempo haya sido elevado a un nivel superior, recibiendo acceso a la eternidad, implica que también el milenio que se aproxima no debe considerarse simplemente como un paso sucesivo en el curso del tiempo, sino como una etapa del camino de la humanidad hacia su destino definitivo.

El año 2000 no es sólo la puerta de un nuevo milenio; es también la puerta de la eternidad que, en Cristo, sigue abriéndose sobre el tiempo, para conferirle su verdadera dirección y su auténtico sentido.

Eso despliega ante nuestro espíritu y ante nuestro corazón una perspectiva mucho más amplia para la consideración del futuro. A menudo el tiempo es poco estimado. Parece defraudar al hombre con su precariedad, con su rápido fluir, que hace vanas todas las cosas. Pero, si la eternidad ha entrado en el tiempo, entonces al tiempo mismo se le debe reconocer un gran valor. Su continuo fluir no es un viaje hacia la nada, sino un camino hacia la eternidad.

El verdadero peligro no es el pasar del tiempo, sino el desperdiciarlo, rechazando la vida eterna que Cristo nos ofrece. Se debe despertar incesantemente en el corazón humano el deseo de la vida y de la felicidad eterna. La celebración del jubileo quiere precisamente hacer que se incremente ese deseo, ayudando a los creyentes y a los hombres de nuestro tiempo a dilatar su corazón a una vida sin confines.


Saludos

Me complace saludar ahora a todos los peregrinos de lengua española venidos de América Latina y España. Que la ya cercana celebración del gran jubileo ayude a los creyentes y a todos los hombres de nuestro tiempo a dilatar el corazón hacia una vida en plenitud. Con este deseo, os imparto con afecto la bendición apostólica.

(A un grupo de chicas de bachillerato de Vilna)
Estamos en Adviento, tiempo de espera y de alegría, que nos invita a dirigir nuestra mirada a Cristo que viene, renovando y reforzando nuestra esperanza. Acogedlo con el vivo deseo de crecer “en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres” (cf. Lc 2, 52). Con estos deseos os bendigo a vosotras, a vuestros seres queridos y a todos los habitantes de Lituania, sobre todo a los niños, a los enfermos y a los que sufren. ¡Alabado sea Jesucristo!

(En italiano)
Se celebra la Jornada internacional como recuerdo de la Declaración universal de derechos del hombre, aprobada por la Asamblea general de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Además, hoy comienza la Campaña 1998 para conmemorar los 50 años de ese histórico acontecimiento. En ese contexto, tiene lugar una imponente manifestación nacional con la adhesión y la participación de instituciones públicas y organizaciones privadas. Me uno a estas iniciativas y al mismo tiempo deseo de corazón que todos respeten siempre y promuevan los derechos del hombre para salvaguardia de la dignidad humana y para favorecer el desarrollo auténtico de la humanidad entera.

Deseo dirigir unas palabras a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados.

En este tiempo de Adviento María, que nos acompaña en nuestro itinerario hacia la santa Navidad, sea vuestro modelo, queridos jóvenes, en el crecimiento de la fe; para vosotros, queridos enfermos, sea signo de segura esperanza y de consuelo en la prueba del sufrimiento; y para vosotros, queridos recién casados, sea Madre tierna en la que podáis hallar siempre consejo y socorro.

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana 

 



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