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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 14 de mayo de 1997

 

1. Mi visita al Líbano, tan esperada, se realizó finalmente los días 10 y 11 de mayo, durante el período en que la Iglesia, después de la Ascensión del Señor al cielo, se prepara para la solemnidad de Pentecostés. Revive la que fue como la primera gran novena de la comunidad cristiana al Espíritu Santo. En efecto, Jesús, antes de subir al cielo, ordenó a los Apóstoles que volvieran a Jerusalén y esperaran la venida del Espíritu Santo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Los Apóstoles, obedeciendo la orden del Señor, volvieron a Jerusalén y, como escriben los Hechos de los Apóstoles, «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1, 14). Permanecieron reunidos en el mismo cenáculo donde había sido instituida la Eucaristía; donde, después de la resurrección, Cristo se les había aparecido, mostrándoles las heridas, signos de su pasión, y donde había soplado sobre ellos, diciéndoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). El cenáculo, testigo de la institución de la Eucaristía y del sacramento de la reconciliación, es el lugar adonde la Iglesia vuelve espiritualmente, invitada por la liturgia de estos días después de la Ascensión al cielo. Y ¡cómo no dar gracias a Dios porque, precisamente durante este período, pude realizar mi visita a la nación libanesa, que anhelaba desde hacía mucho tiempo!

2. La causa inmediata de esa visita fue la solemne conclusión del Sínodo de los obispos para el Líbano, cuyos trabajos se realizaron en Roma en noviembre y diciembre de 1995. Los frutos de esa asamblea se han recogido en una exhortación postsinodal, documento que tuve la alegría de firmar durante mi peregrinación al Líbano. Esto sucedió en una circunstancia muy significativa, es decir, durante mi encuentro con los jóvenes, la tarde del sábado 10 de mayo. En presencia de los jóvenes, firmé el documento que constituye la charta magna de la Iglesia que está en el Líbano. El hecho de que lo haya firmado precisamente en esa ocasión tiene un significado particular. La presencia de los jóvenes nos hace pensar siempre en el futuro. Al entregarles el documento postsinodal precisamente a ellos, deseaba poner de relieve el hecho de que la realización de las tareas indicadas por el Sínodo de los obispos dependerá, en gran medida, de la juventud libanesa. El futuro de la Iglesia y de la nación libanesa depende de los jóvenes. Los jóvenes son quienes deben cruzar el umbral del tercer milenio e introducir su patria y la Iglesia en esa nueva época de fe.

3. El Líbano es un país bíblico, con un pasado que abarca algunos milenios. Su símbolo es el cedro, que hace referencia a los cedros que el rey Salomón llevó a Jerusalén para la construcción del templo. El Líbano es una tierra que pisaron los pies de Jesús de Nazaret. El Evangelio habla de la estancia de Cristo en la región de Tiro y Sidón, y dentro de los confines de la llamada Decápolis. Cristo enseñó y realizó allí muchos milagros. Es memorable, entre todos, el de la curación de la hija de la cananea, cuando Jesús, admirando la profunda fe de la madre, escuchó su súplica (cf. Mt 15, 21-28). Los libaneses son muy conscientes del hecho de que sus antepasados escucharon la buena nueva de labios de Cristo mismo.

Además, a lo largo de los siglos, el Evangelio se anunció de diversos modos. A este respecto, fue decisiva la misión del santo monje Marón, de quien deriva el nombre de la Iglesia maronita, la Iglesia oriental más estrechamente unida a la tradición cristiana del Líbano. Sin embargo, los maronitas no son la única comunidad. En el Líbano, y particularmente en su capital Beirut, residen también los fieles de otras Iglesias patriarcales católicas: los greco-melquitas, los armenio-católicos, los siro-católicos, los caldeos y los latinos. Esto enriquece la vida cristiana en ese país. En cierto sentido, la vocación del Líbano es precisamente esta apertura universal y, dado que en él están presentes algunas Iglesias ortodoxas, su vocación es el ecumenismo. Habiendo tenido en el pasado la ocasión de encontrarme en Roma con los representantes de esas Iglesias y comunidades cristianas, mi visita a Beirut ha servido para renovar estos vínculos de conocimiento y amistad recíprocos.

Esto se notó especialmente durante la solemne celebración eucarística del domingo 11 de mayo, que reunió espiritualmente a todo el Líbano y a la Iglesia entera de ese país. Se dice que participaron no sólo los cristianos católicos y ortodoxos, sino también muchos musulmanes. En efecto, el Líbano es, al mismo tiempo, patria de las diversas expresiones de la comunidad musulmana: sunnitas, chiitas y drusos. Todos saben que los musulmanes libaneses viven, desde hace siglos, en profunda armonía con los cristianos, y durante mi visita se subrayó mucho la necesidad de dicha convivencia para conservar la identidad nacional y cultural de la nación libanesa.

4. Mi peregrinación también tuvo como objetivo apoyar el esfuerzo de esa «convivencia», orando al mismo tiempo por la paz. Durante estos últimos años, el Líbano fue escenario de una terrible guerra, cuyo mecanismo sería difícil de explicar: una guerra entre hermanos libaneses, en la que fueron decisivas fuerzas e influencias externas. El hecho de que finalmente la guerra haya terminado y haya comenzado el tiempo de la reconciliación y la reconstrucción es muy importante, no sólo por lo que atañe al Líbano, sino también en la perspectiva más general de la situación de Oriente Medio.

El Líbano es un país pequeño, situado en el corazón de Oriente Medio. Durante mi peregrinación, como he hecho muchas veces en los últimos años, me dirigí a la región entera así como a todos los países de la comunidad internacional, para que contribuyan a garantizar la paz en ese país, que tanto ha sufrido ya. En cierto sentido, la paz es la misión fundamental del Líbano. Para cumplir esta misión, que brota de su misma complejidad cultural y religiosa, el país tiene derecho a ser apoyado por quienes pueden influir en la paz dentro de su territorio. Sólo con estas condiciones el Líbano puede ser él mismo, o sea, un país donde las diversas comunidades culturales y religiosas coexistan y convivan, respetando recíprocamente su identidad.

El espíritu del Líbano es ajeno a cualquier tipo de integrismo. Y precisamente esto es lo que lo diferencia de otros países, donde la vida social y política está muy condicionada por los extremismos, que a menudo injustificadamente hacen referencia a la religión. El Líbano es una sociedad abierta. Espero que sus ciudadanos, y también los países vecinos, sigan colaborando en favor de esa apertura, pues sólo de ese modo el Líbano puede cumplir su misión, dentro de sus fronteras y también en la gran familia de las naciones y de las sociedades del Oriente Medio. Pongo estos votos en las manos del presidente de la República, en las de todas las autoridades y, a la vez, en las manos de las Iglesias que están en el Líbano, así como en las de las diversas comunidades de religión islámica, dando gracias a todos los que colaboraron en el éxito de mi visita apostólica por la gran hospitalidad que recibí.


Saludos

Saludo con afecto a los visitantes de lengua española. En particular al conjunto musical chileno «Calenda Maia», así como a los grupos venidos de España, Honduras y Perú. Invito a todos a prepararos dignamente para la venida del Espíritu Santo. Con estos vivos deseos, os imparto de corazón la bendición apostólica.

(A los fieles ortodoxos de la parroquia de Santa Sofía de Bulgaria)
Os doy las gracias por vuestra presencia y deseo de corazón que esta peregrinación os sirva de estímulo para que cada vez deis un testimonio más generoso del Evangelio en vuestra patria.

(A los fieles procedentes de Bohemia meridional y de la parroquia de Zubøí y Byteè)
Esta semana —el 16 de mayo— celebráis la fiesta de san Juan Nepomuceno, mártir del secreto sacramental. Que su admirable ejemplo de fidelidad a Dios impulse la magnanimidad en todos vuestros pastores y fieles, a fin de que sepan actuar siempre prontamente según la exhortación del apóstol Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (cf. Hch 5, 29).

(A los peregrinos de diversas partes de Eslovaquia)
Apreciad la santa confesión —el sacramento de la reconciliación— porque es el don pascual del Señor Jesús, y acercaos a ella con corazón humilde y agradecido. Rezad por los sacerdotes, a fin de que administren siempre este sacramento de la Divina misericordia con fe y abnegación. Con la esperanza de que lo hagáis así, os imparto la bendición apostólica a vosotros y a todos los sacerdotes-confesores en Eslovaquia.

(En croata)
La preparación al gran jubileo estimula a los bautizados a profundizar la vocación del hombre, revelada por Dios en Cristo, que naciendo de María virgen se hizo realmente en todo semejante a nosotros excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15). Doy la bienvenida a los peregrinos croatas y les imparto la bendición apostólica.

(En italiano)
Dirijo también un cordial saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, aquí presentes.

En estos días que preceden a la solemnidad de Pentecostés, la comunidad cristiana invoca con mayor intensidad al Espíritu Santo, don del Señor resucitado.

Queridos jóvenes, sed siempre dóciles a la acción del Espíritu Santo para convertiros en testigos del Evangelio dondequiera que el Señor os llame. Queridos enfermos, que la presencia del Consolador os dé consuelo y alivio en el sufrimiento y en la prueba. Y vosotros, queridos recién casados, pedid al Espíritu divino que transforme cada vez más vuestra familia en una «iglesia doméstica» y en un lugar de auténtico crecimiento humano y espiritual.

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana 

 



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