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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 16 de abril de 1997

 

1. Sanctus Deus, Sanctus fortis, Sanctus inmortalis, miserere nobis. «Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos de todo mal. De la peste, del hambre y de la guerra, líbranos, Señor. De la muerte repentina, líbranos, Señor. Nosotros, pecadores, te suplicamos, escúchanos, Señor. Jesús, perdónanos. Jesús, escúchanos. Jesús, ten piedad de nosotros. Madre, suplica. Madre, implora. Madre, intercede por nosotros. Todos los santos y santas de Dios, interceded por nosotros».

Estas invocaciones, que suele rezar el pueblo cristiano, me han acompañado durante el viaje a Sarajevo, la estancia en esa ciudad y el encuentro con la comunidad cristiana que vive allí. En va rias ocasiones repetí las palabras «ciudad símbolo», pues Sarajevo es realmente símbolo de las crisis europeas. En ella se desencadenó la primera guerra mundial, el año 1914, y al final del siglo Sarajevo se ha convertido nuevamente en emblema de la dramática y absurda guerra que ha dividido entre sí a los eslavos meridionales, a las naciones de la ex Yugoslavia, causando innumerables víctimas humanas. Por esto, Sarajevo se ha transformado en la ciudad de los cementerios. Al lado del estadio, donde tuve oportunidad de presidir la celebración eucarística el domingo 13 de abril, se pueden ver varios cementerios, en los que han sido sepultadas muchas víctimas del reciente conflicto. ¿Cómo olvidar que, en los años pasados, casi cada día se nos presentaban imágenes dolorosas de madres o hijos arrodillados ante las tumbas de sus maridos, padres o novios? Precisamente por eso quise repetir con fuerza en Sarajevo lo que muchas veces había dicho Pablo VI y yo mismo he reafirmado en el mensaje al secretario general de las Naciones Unidas: «¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de marzo de 1993, p. 1).

«De la peste, del hambre y de la guerra, líbranos, Señor».

2. La intención de visitar Sarajevo surgió en mi corazón hace algunos años, mientras se llevaban a cabo las operaciones bélicas en esa región. Tenía grandes deseos de ir a esa ciudad y puse todo mi empeño en poderlo lograr. Sin embargo, dado que todos los esfuerzos fueron vanos, en varias ocasiones convoqué en Roma, en Castelgandolfo y en Asís, encuentros de oración y súplica, implorando la paz para esas tierras martirizadas. Quería que esas ardientes plegarias demostraran a nuestros hermanos de Bosnia-Herzegovina, cristianos y musulmanes, croatas y serbios, que no se encontraban solos: nosotros estábamos con ellos y permaneceríamos con ellos hasta que volviera la paz a su patria. Los habitantes de Sarajevo se han acordado de todo esto y varias veces, durante mi visita, me lo han repetido. Sabían que la Iglesia, no sólo en Europa, sino también en todo el mundo, estaba con ellos; sabían que no habían sido abandonados. Y eso, ciertamente, ha constituido para ellos una ayuda moral significativa.

La perseverante solidaridad de la Iglesia se demostró también por la elevación del arzobispo de Sarajevo, el venerado hermano Vinko Puljia, a la dignidad cardenalicia, en el consistorio de 1994.

Durante la visita he querido reafirmar esta comunión eclesial, reuniéndome también con los demás obispos de Bosnia- Herzegovina: mons. Franjo Komarica, obispo de Banja Luka, y mons. Ratko Peria, obispo de Mostar-Duvno. Durante la guerra no cesaron las peregrinaciones de fieles a los santuarios marianos de Bosnia-Herzegovina, así como a los de otras muchas partes del mundo, y de manera especial a Loreto, para pedir a la Madre de las naciones y Reina de la paz que intercediera para que volviera la paz a esa martirizada región.

«Madre, suplica. Madre, implora. Madre, intercede por nosotros. Todos los santos y santas de Dios, interceded por nosotros».

3. Y precisamente esta incesante imploración de paz ha marcado el sentido de toda la visita, desde la tarde del sábado 12 de abril, hasta la del domingo 13. Cada etapa del programa quería subrayar un único y principal mensaje: la esperanza. Desde la llegada al aeropuerto y el encuentro en la catedral de Sarajevo con los obispos, los sacerdotes y los religiosos, hasta el momento cumbre de la visita, que fue la santa misa concelebrada con cardenales, obispos y sacerdotes de Bosnia-Herzegovina, de otros Estados surgidos de la ex Yugoslavia y de muchos países de Europa y del mundo, quise llevar a los habitantes de la ciudad y de todo el país palabras de esperanza. Después de la dolorosa experiencia de la guerra, que produjo situaciones injustas y dejó una secuela de venganzas y odio, la esperanza cobra la dimensión concreta del perdón y de la reconciliación. He exhortado al perdón y a la reconciliación a todas las comunidades étnicas y religiosas de Bosnia-Herzegovina, marcadas profundamente por el sufrimiento, y he pedido en mi oración para que sepan decirse unos a otros: «Perdonemos y pidamos perdón». El camino de la reconciliación y del diálogo es el único que lleva a una paz duradera.

En el encuentro con el clero no pude menos de mencionar los particulares méritos de la orden franciscana en la evangelización de ese país, especialmente durante el dominio de los turcos, y al mismo tiempo exhorté a todo el clero diocesano y religioso a una colaboración solidaria bajo la guía de sus obispos. En las homilías y en los discursos quise dar las gracias a los que, de diversas maneras, han sostenido y siguen sosteniendo a las atribuladas poblaciones de Bosnia-Herzegovina. Y también he hecho llamamientos a las instancias políticas, económicas y mili- tares de Europa, para que no se olviden de las necesidades urgentes de ese país, tan probado por la guerra.

Durante la santa misa en el estadio de Sarajevo, la liturgia de la Palabra del tercer domingo de Pascua nos presentó a Cristo, abogado de todos nosotros ante Dios. Sarajevo, Cristo es de modo especial tu abogado. Es vuestro abogado, naciones todas, que antes formabais la federación yugoslava. Es tu abogado, querido continente europeo: es vuestro abogado, pueblos de la tierra.

La paz, que nace de la reconciliación y del perdón, es preocupación esencial de todo creyente. Este espíritu de unidad, de perdón y de reconciliación a la luz de la fe ha conferido peculiar elocuencia a los encuentros que he celebrado con los representantes de la Iglesia ortodoxa, de la comunidad musulmana y de la judía. A sus organizaciones humanitarias —la Cáritas de la Conferencia episcopal, la Merhamet musulmana, la Dobrotvor serbo-ortodoxa y la Benevolencia judía—, particularmente beneméritas por la asistencia a las víctimas de la guerra, he querido conceder el «Premio internacional de la paz Juan XXIII».

4. Deseo, por último, agradecer a las autoridades de Bosnia-Herzegovina su invitación a visitar Sarajevo y lo que han hecho durante mi visita. Después de un tratado de paz, Bosnia-Herzegovina quedó bajo la autoridad de un triunvirato particular: la gobiernan tres presidentes, de los cuales uno es representante de la comunidad musulmana, otro de los serbios ortodoxos, mientras que el tercero representa a la comunidad católica, constituida principalmente por croatas. He tenido oportunidad de encontrarme con este triunvirato y tratar con cada uno de los presidentes las cuestiones de mayor relieve para el país en el momento actual. A todos expreso mi gratitud, por medio del presidente del triunvirato, señor Izetbegovia. Nos esmeraremos por llevar a cabo lo que se sugirió, durante las conversaciones, con respecto a la Sede apostólica, para seguir contribuyendo al bien de esta gente tan duramente probada.

«Jesús perdónanos. Jesús, escúchanos. Jesús, ten piedad de nosotros.
Madre, suplica. Madre, implora. Madre, intercede por nosotros.
Todos los santos y santas de Dios, interceded por nosotros »
.

Con estas súplicas termino mi reflexión, implorando a Dios una vez más: «De la peste, del hambre y de la guerra, líbranos, Señor».

Demos gracias por la paz finalmente lograda y pidamos que sea duradera. Imploremos a Dios que nunca más se ceda a la peligrosa tentación de resolver las cuestiones importantes entre los hombres y entre las naciones mediante un conflicto armado. Ojalá que se realice sólo mediante el camino del diálogo y de los acuerdos.


Saludos

Saludo con afecto a todos los peregrinos de España y de América Latina. En especial al numeroso grupo de Osma-Soria que, presidido por su obispo, mons. Francisco Pérez, ha venido a Roma para celebrar el XIV centenario de su diócesis. Os aliento a proseguir vuestra vida eclesial, sintiéndoos herederos de una rica tradición y programando el futuro, especialmente con el Sínodo diocesano que ahora estáis celebrando. Que en este camino os acompañe la maternal protección de la Virgen María, tan venerada en vuestra tierra y que es la Estrella de la evangelización. Saludo también al coro de la Universidad Católica de Cuyo, peregrino a la tumba del apóstol Pedro, así como a los sacerdotes de diversas ?diócesis de España que participan en el curso de renovación promovido por el Pontificio Colegio Español. A todos os imparto de corazón la bendición apostólica.

(En italiano)
Me dirijo ahora a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. A todos os digo: sed testigos de la victoria de Cristo sobre la muerte y mensajeros de la salvación que brota de su resurrección. Sedlo vosotros, queridos jóvenes, llamados a establecer en la sociedad la auténtica cultura de la vida, en la perspectiva del tercer milenio; sedlo vosotros, queridos enfermos, que os encontráis con Cristo en la enfermedad y en el sufrimiento; y sedlo vosotros, queridos recién casados, que en el sacramento del matrimonio habéis recibido la misión de anunciar a Cristo a vuestros hijos.

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana 

 



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