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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de marzo de 1997

 

1. «Vexilla Regis prodeunt, fulget crucis mysterium».

Nos encontramos en la Semana santa, días en los que veneramos el misterio de la cruz. La Iglesia proclama con profunda emoción ese antiguo himno litúrgico, transmitido de generación en generación, y repetido a lo largo de los siglos por los creyentes. La Semana santa, centro del Año litúrgico, nos hace revivir los acontecimientos fundamentales de la Redención relacionados con la muerte y la resurrección de Jesús. Se trata de días conmovedores, llenos de un clima especial que envuelve a todos los cristianos; días de silencio interior, de oración intensa y de profunda meditación sobre los eventos extraordinarios que cambiaron la historia de la humanidad y dan valor auténtico a nuestra vida.

Hoy, en vísperas del Triduo sacro, junto con vosotros deseo dirigirme, con la mente y el corazón, en peregrinación a Jerusalén. La liturgia de los próximos días nos servirá de guía: nos introducirá en el cenáculo, nos llevará al Calvario y, por último, ante el sepulcro nuevo excavado en la roca.

2. El Jueves santo encontraremos en el cenáculo de Jerusalén pan y vino. Este día nos remite a la institución de la Eucaristía, don supremo del amor de Dios en su plan de redención. El apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios en los años 53-56, confirmaba a los primeros cristianos en la verdad del «misterio eucarístico», transmitiéndoles lo que él mismo había recibido: «que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en conmemoración mía". Asimismo también el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en conmemoración mía"» (1 Co 11, 23-26).

Estas palabras manifiestan con claridad la intención de Cristo: bajo las especies del pan y del vino se hace presente con su cuerpo «entregado» y con su sangre «derramada » como sacrificio de la nueva alianza. Al mismo tiempo, Cristo constituye a los Apóstoles y a sus sucesores ministros de este sacramento, que da a su Iglesia como prueba suprema de su amor. Este es el contenido esencial del Jueves santo. El Hijo de Dios nos conceda vivir este día según las palabras de la hermosa plegaria bizantina: «¡Oh Hijo de Dios, hazme hoy partícipe de tu mística cena: no revelaré el Misterio a tus enemigos ni te daré el beso de Ju das, sino que, como el buen ladrón, te confesaré: acuérdate de mí, oh Señor, cuando estés en tu reino!» (Liturgia de san Basilio del Jueves santo. Canto de comunión).

3. El Viernes santo contemplaremos en el Calvario la cruz. «Ecce lignum crucis...», «Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo». Reviviremos los «misterios dolorosos » de la pasión y muerte de Jesús. Frente al Crucificado cobran una dramática importancia las palabras que pronunció durante la última cena: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos, para el perdón de los pecados» (cf. Mc 14, 24; Mt 26, 28; Lc 22, 20). Jesús quiso dar su vida en sacrificio para el perdón de los pecados de la humanidad, eligiendo para ello la muerte más cruel y humillante: la crucifixión. Como ante la Eucaristía, también ante la pasión y muerte de Jesús en la cruz el misterio se hace insondable para la razón humana. La ascensión al Calvario fue un sufrimiento indescriptible, que desembocó en el terrible suplicio de la crucifixión. ¡Qué misterio! Dios, hecho hombre, sufre para salvar al hombre, cargando sobre sí toda la tragedia de la humanidad. El Viernes santo nos hace pensar en la continua sucesión de sufrimientos en la historia, entre los que no podemos olvidar las tragedias de nuestros días. ¡Cómo no recordar, a este respecto, los dramáticos acontecimientos que también hoy siguen ensangrentando a algunas naciones del mundo! La pasión del Señor continúa en el sufrimiento de los hombres. Continúa particularmente en el martirio de los sacerdotes, las religiosas, los religiosos y los laicos comprometidos en la vanguardia del anuncio del Evangelio. Precisamente anteayer celebramos la «Jornada de oración y ayuno por los misioneros mártires»: la comunidad cristiana está invitada a meditar en esos testimonios heroicos y a recordar en la oración a esos hermanos y hermanas que pagaron con su vida el precio de su fidelidad a Cristo.

El cristiano debe aprender a llevar su cruz con humildad, confianza y abandono a la voluntad de Dios, encontrando apoyo y consuelo, en medio de las tribulaciones de la vida, en la cruz de Cristo. Que el Padre nos conceda en todo momento de dificultad la gracia de poder orar así: «Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi...», «Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz redimiste al mundo».

4. Y, después de la espera del Sábado santo, experimentaremos la alegría de la santa Pascua. El Triduo sacro se concluye en el radiante «misterio glorioso» de la resurrección de Cristo. Él había predicho: «Al tercer día, resucitaré». Es la victoria definitiva de la vida sobre la muerte.

La más solemne y la más grande de las celebraciones cristianas, la Vigilia pascual, tendrá lugar por la noche. Una noche de espera..., llena de luz: la noche del fuego bendito, la noche del agua bautismal, la noche del bautismo, de la confirmación y de la Eucaristía. Noche de Pascua, de paso: el paso de Cristo de la muerte a la vida; nuestro paso de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. El Espíritu Santo nos conceda el júbilo de las discípulas del Señor que, como pone de relieve la liturgia bizantina, dijeron a los Apóstoles: «Ha sido derrotada la muerte. Cristo Dios ha resucitado, concediendo al mundo su gran misericordia». (Liturgia bizantina, Tropario del Sábado santo, tono IV).

Nos acompañe en este itinerario espiritual la Virgen santísima, que siguió a Jesús en su pasión y estuvo presente al pie de la cruz en su muerte. Que María nos introduzca en el misterio pascual, para que con ella podamos experimentar la alegría y la paz de la Pascua.


Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En particular, al numeroso grupo de jóvenes participantes en el encuentro pascual en la casa general de las Religiosas de María Inmaculada. Que os acompañe en este camino espiritual la Virgen María, que siguió a Jesús en su pasión y estuvo en pie junto a la cruz. ¡Que ella nos introduzca en el misterio pascual para que podamos experimentar la alegría y la paz de la Pascua! A todos os bendigo de corazón.

(En lituano)
Estamos ya en la Semana santa, que nos introduce en la solemnidad de la Pascua y nos enseña la verdad de la cruz: Cristo ha vencido a la muerte y está siempre con nosotros, como el Señor de la historia. Os bendigo de corazón y os deseo que este triunfo pascual sea para todos expresión de la esperanza cristiana, realidad que ilumina, salva y sostiene siempre en el camino del bien».

(A los peregrinos de la misión católica checa en Viena)
En esta Semana santa —les dijo el Santo Padre— Jesucristo nos llama a unirnos más profundamente al misterio de su muerte y resurrección. Él quiere colmarnos de su gracia, dándonos una esperanza nueva.

(En croata)
El actual momento histórico, caracterizado por la preparación al gran jubileo del año 2000, es un tiempo especial de gracia. Por tanto, quisiera invitaros, sobre todo a los jóvenes, a haceros protagonistas de esa preparación en vuestra querida patria. Realizaréis todo esto del mejor modo posible profundizando vuestra fe, celebrando los sacramentos, testimoniando la caridad de Dios y anunciando el Evangelio. Es una tarea que Cristo mismo os confía.

(En italiano)
Saludo también a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados.

Queridísimos jóvenes, os invito a transcurrir con recogimiento estos días que nos hacen revivir la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Que la figura de Jesús crucificado y paciente os infunda valor y confianza a vosotros, enfermos, para que podáis afrontar con valor vuestras pruebas físicas y espirituales.

Y finalmente a vosotros, queridos recién casados, os recomiendo que os abráis cada vez más a la gracia que habéis recibido, reconociéndoos colaboradores de Dios en la transmisión de la vida.



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