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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de noviembre de 1997

 

En el principio existía el Verbo

1. La celebración del jubileo nos lleva a contemplar a Jesucristo como punto de llegada del tiempo que lo precede y punto de partida del que lo sigue. En efecto, él inauguró una historia nueva, no sólo para cuantos creen en él, sino también para toda la comunidad humana, porque la salvación que realizó se ofrece a todos los hombres. En toda la historia se difunden misteriosamente los frutos de su obra salvadora. Con Cristo la eternidad hizo su entrada en el tiempo.

«En el principio existía el Verbo» (Jn 1, 1). Estas palabras, con las que comienza san Juan su evangelio, nos remontan más allá del inicio de nuestro tiempo, hasta la eternidad divina. A diferencia de san Mateo y san Lucas, que sobre todo se dedican a relatar las circunstancias del nacimiento humano del Hijo de Dios, san Juan dirige su mirada al misterio de su preexistencia divina.

En esta frase, «en el principio» significa el inicio absoluto, inicio sin inicio, es decir, la eternidad. La expresión es un eco de la del relato de la creación: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra » (Gn 1, 1). Pero en la creación se trataba del inicio del tiempo, mientras aquí, donde se habla del Verbo, se trata de la eternidad.

Entre los dos principios la distancia es infinita. Es la distancia entre el tiempo y la eternidad, entre las criaturas y Dios.

2. Cristo, al poseer, como Verbo, una existencia eterna, tiene un origen que se remonta más allá de su nacimiento en el tiempo.

Esta afirmación de san Juan se funda en unas palabras precisas de Jesús mismo. A los judíos que le reprochaban su pretensión de haber visto a Abraham, sin haber cumplido cincuenta años, Jesús replica: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo soy» (Jn 8, 58). Esa afirmación subraya el contraste entre el devenir de Abraham y el ser de Jesús. En efecto, el verbo genesthái que en el texto griego se aplica a Abraham significa «devenir» o «venir a la existencia»: es el verbo adecuado para designar el modo de existir propio de las criaturas. Al contrario, sólo Jesús puede decir: «Yo soy», indicando con esa expresión la plenitud del ser, que se halla por encima de cualquier devenir. Así expresa su conciencia de poseer un ser personal eterno.

3. Aplicándose a sí mismo la expresión «Yo soy», Jesús hace suyo el nombre de Dios, revelado a Moisés en el Éxodo. Yahveh, el Señor, después de encomendarle la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, le asegura su asistencia y cercanía, y, casi como prenda de su fidelidad, le revela el misterio de su nombre: «Yo soy el que soy» (Ex 3, 14). Así, Moisés podrá decir a los israelitas: «"Yo soy" me ha enviado a vosotros» (Ex 3, 14). Este nombre manifiesta la presencia salvífica de Dios en favor de su pueblo, pero también su misterio inaccesible.

Jesús hace suyo este nombre divino. En el evangelio de san Juan esta expresión aparece varias veces en sus labios (cf. 8, 24.28.58; 13, 19). Con ella Jesús muestra eficazmente que la eternidad, en su persona, no sólo precede el tiempo, sino también entra en el tiempo.

A pesar de compartir la condición humana, Jesús tiene conciencia de su ser eterno, que confiere un valor superior a toda su actividad. Él mismo subrayó este valor eterno: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31 y paralelos). Sus palabras, al igual que sus acciones, tienen un valor único, definitivo, y seguirán interpelando a la humanidad hasta el fin de los tiempos.

4. La obra de Jesús implica dos aspectos íntimamente unidos: es una acción salvadora, que libera a la humanidad del poder del mal, y es una nueva creación, que da a los hombres la participación en la vida divina.

La liberación del mal había sido anunciada en la antigua alianza, pero sólo Cristo la puede realizar plenamente. Únicamente él, como Hijo, dispone de un poder eterno sobre la historia humana: «Si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres» (Jn 8, 36). La carta a los Hebreos subraya con énfasis esta verdad, mostrando que el único sacrificio del Hijo nos ha obtenido una «redención eterna» (Hb 9, 12), superando con mucho el valor de los sacrificios de la antigua alianza.

La nueva creación sólo puede realizarla el Omnipotente, pues implica la comunicación de la vida divina a la existencia humana.

5. La perspectiva del origen eterno del Verbo, particularmente subrayada por el evangelio de san Juan, nos impulsa a penetrar en la profundidad del misterio de Cristo.

Por consiguiente, vayamos hacia el jubileo profesando cada vez con mayor vigor nuestra fe en Cristo, «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero». Estas expresiones del Credo nos abren el camino al misterio, son una invitación a acercarnos a él. Jesús sigue testimoniando a nuestra generación, como hizo hace dos mil años a sus discípulos y oyentes, la conciencia de su identidad divina: el misterio del «Yo soy».

Por este misterio la historia humana ya no está destinada a la caducidad, sino que tiene un sentido y una dirección: ha sido como fecundada por la eternidad. Para todos resuena consoladora la promesa que Cristo hizo a sus discípulos: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).


Saludos

Saludo con afecto a los visitantes de lengua española, en particular al Concejo deliberante del Gobierno de Buenos Aires, a los cadetes del servicio penitenciario de Buenos Aires y a los oficiales y cadetes de la Escuela federal de policía argentina. Asimismo saludo a los grupos de España, México y Guatemala. Al agradeceros vuestra presencia aquí, os imparto mi bendición apostólica.

(A los peregrinos checos)
El domingo pasado hemos celebrado la solemnidad de Cristo Rey. Él ha sido constituido por el Padre Señor y Juez del universo. Queridos hermanos y hermanas, vivamos de modo que se cumplan en nosotros las palabras del Evangelio: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34).

(En eslovaco)
El pasado domingo, con la fiesta de Cristo Rey hemos concluido el primer año de preparación al gran jubileo del año 2000. Que Cristo Rey sea siempre el personaje central de vuestra vida. En esta peregrinación que realizáis a Roma pedid la fuerza del Espíritu Santo para que también vosotros, como san Pedro, podáis repetir con confianza a Jesús cada día: “Tú tienes palabras de vida eterna”. Que para ello os ayuden la Virgen María y mi bendición apostólica.

(A los delegados del «Sínodo de los jóvenes» de Catania)
Para apoyar este itinerario de fe que habéis emprendido os he escrito un mensaje, que entregaré a vuestro pastor. Con él deseo invitaros a proseguir cada vez con mayor valor y con alegría por los caminos del Evangelio, porque “caminando junto con Jesús crecemos como hombres y como cristianos”.

 

Me dirijo, finalmente, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. El próximo domingo, primer domingo de Adviento, comienza el segundo año de preparación al jubileo del año 2000, dedicado en particular a la reflexión sobre el Espíritu Santo. Os exhorto, jóvenes, a vivir este «tiempo fuerte» con vigilante oración y ardiente acción apostólica. Os animo, enfermos, a sostener con el ofrecimiento de vuestros sufrimientos el camino de preparación al nuevo milenio cristiano. A vosotros, recién casados, os animo a ser testigos del Espíritu de amor que anima y sostiene a toda la familia de Dios.

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana 

 



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