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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 27 de agosto de 1997

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Con gran alegría he podido participar en París, durante los días pasados, en la XII Jornada mundial de la juventud. Doy vivamente gracias al Señor, que me ha concedido vivir esta extraordinaria experiencia de fe y esperanza.

Expreso con gusto mi agradecimiento al señor presidente de la República francesa y a todas las autoridades por la amable acogida que me han dispensado. Doy las gracias también a cuantos, en diversos niveles, han contribuido eficazmente al ordenado y pacífico desarrollo de toda la manifestación.

Mi agradecimiento se extiende asimismo, con fraterna cordialidad, al cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París; a monseñor Michel Dubost, presidente del comité organizador; y a toda la Conferencia episcopal francesa por el gran esmero con que se prepararon y desarrollaron las diversas fases del encuentro mundial. Por último, dirijo unas palabras de gratitud cordial a todos los voluntarios, así como a las familias que, con su generosa disponibilidad, hicieron posible la participación de tantas personas en una manifestación eclesial tan importante.

2. La XII Jornada mundial de la juventud ha visto la participación, en un número superior a toda previsión, de chicos y chicas procedentes de alrededor de 160 países de toda la tierra. Se dieron cita en la capital francesa para manifestar la alegría de su fe en Cristo y para experimentar el gozo de estar juntos como miembros de la única Iglesia de Cristo. Al llegar a Francia, encontraron la disponibilidad generosa de sus coetáneos franceses, que los acogieron con espíritu de fraternidad y cordialidad, primero en todo el país, y después en Ile-de France.

Fue para ellos una ocasión particularmente feliz para descubrir el patrimonio cultural y espiritual de Francia, cuyo lugar en la historia de la Iglesia es muy conocido. Así pudieron confrontarse con una Iglesia viva y una sociedad dinámica y abierta.

Quedará seguramente grabado en la memoria de todos el recuerdo de las estupendas liturgias que jalonaron los momentos más significativos del Triduum, que culminó en la celebración solemne del domingo 24 de agosto. Tanto en el marco sugestivo de Notre Dame, donde tuvo lugar la beatificación de Federico Ozanam, como en la catedral de luces creada en Longchamp para la vigilia bautismal, los ritos se desarrollaron en un clima de intensa religiosidad, a la que aportaron su contribución la música y los cantos inspirados en culturas diversas y ejecutados con el estilo apropiado.

3. El tema central que guió la reflexión en las diversas etapas del encuentro fue la pregunta que dos discípulos hicieron un día a Jesús: «Maestro, ¿dónde vives?» y que recibieron la respuesta: «Venid y lo veréis» (Jn 1, 38 s). Con ella el Señor los invitaba a entrar en relación directa con él, para compartir su camino («venid») y conocerlo a fondo a él («veréis»).

El mensaje era claro: para comprender a Cristo no basta escuchar su enseñanza; es preciso compartir su vida, hacer de alguna manera la experiencia de su presencia viva. El tema de la Jornada mundial de la juventud se insertó en la preparación para el gran jubileo del año 2000, que quiere volver a proponer al hombre de hoy a Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre.

Esta Jornada mundial pretendía ofrecer a los jóvenes que buscan el sentido último de su vida la respuesta: el descubrimiento de Cristo, Verbo encarnado para la salvación del hombre, además de iluminar el misterio humano más allá de la muerte, confiere la capacidad de construir en el tiempo una sociedad en la que se respete la dignidad humana y sea real la fraternidad.

4. El hilo conductor que inspiró la reflexión y la oración, y que dio unidad a las grandes reuniones, fue la referencia a la celebración que la Iglesia realiza del misterio pascual en el Triduo sacro.

En el grandioso escenario del Campo de Marte, dominado por la soberbia mole de la torre Eiffel, tuvo lugar el primer encuentro con la juventud: se volvió a escuchar la gran lección del servicio al prójimo, que Jesús dio con el lavatorio de los pies, y se dirigió a los jóvenes la invitación a meditar, durante las diversas vigilias de la velada, en el sacramento de la Eucaristía, manantial inagotable de todo auténtico amor.

En este contexto resultó rica de significado la beatificación de Federico Ozanam, apóstol de la caridad y fundador de las Conferencias de San Vicente de Paúl, además de insigne ejemplo de profundo intelectual católico. El discurso sobre el amor fue desarrollado aún más en el Vía crucis del viernes, en el que la atención se concentró en el don supremo que Cristo Servidor hizo de sí mismo para la salvación del mundo.

La sugestiva Vigilia bautismal del sábado, que se celebró en el hipódromo de Longchamp, permitió reflexionar detenidamente en el nuevo nacimiento del cristiano y en su llamada a vivir una relación de comunión personal con el Redentor.

El domingo 24, por último, tuvo lugar la gran celebración eucarística, durante la cual se volvió a reflexionar en el tema central: es necesario ir a Cristo («venid »), para descubrir cada vez más a fondo su verdadera identidad («veréis»). En él el creyente, a través de la «locura » de la cruz, llega a la suprema sabiduría del amor y, en torno a la mesa de la Eucaristía, descubre la unidad profunda que hace de personas provenientes de todo el mundo un único Cuerpo místico.

El espectáculo que ofrecieron los jóvenes en la inmensa explanada de Longchamp fue la confirmación elocuente de esta verdad: a pesar de la diversidad de lengua, cultura, nacionalidad y color de la piel, los chicos y chicas de los cinco continentes se dieron la mano, se intercambiaron saludos y sonrisas, oraron y cantaron juntos. Se veía claramente que todos se sentían como en su propia casa, como miembros de una única y gran familia. A un mundo marcado por divisiones de todo tipo, dominado por la indiferencia recíproca, expuesto a la angustia de la alienación global, los jóvenes lanzaron desde París un mensaje: la fe en Cristo crucificado y resucitado puede fundar una fraternidad nueva, en la que todos nos aceptamos mutuamente porque nos amamos.

5. Al final de la gran concelebración, durante la plegaria del Ángelus, tuve la alegría de anunciar la próxima proclamación de santa Teresa de Lisieux como doctora de la Iglesia. Teresa, joven también, como los participantes en la Jornada mundial, comprendió de modo admirable el anuncio asombroso del amor de Dios, recibido como don y vivido con la humilde confianza y la sencillez de los pequeños que, en Jesucristo, se abandonan totalmente al Padre. Y se convirtió en su maestra autorizada para el presente y el futuro de la Iglesia.

Lo que hemos vivido juntos en París los días pasados ha sido un extraordinario acontecimiento de esperanza, una esperanza que del corazón de los jóvenes se ha irradiado a todo el mundo. Oremos para que el impulso de tantos chicos y chicas, procedentes de los cuatro ángulos de la tierra, prosiga y dé frutos abundantes en la Iglesia siempre joven del nuevo milenio.


Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. En particular, a las religiosas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, a los alumnos del colegio San Judas Tadeo de Costa Rica, así como a los demás grupos de España, México, Chile?y Argentina. A todos os imparto de corazón la bendición apostólica.

(En eslovaco)
En estos días he experimentado una gran alegría en el encuentro con los jóvenes en París. La Iglesia de los jóvenes ha mostrado su amor a Cristo. Tratad vosotros también de conocerlo mejor. En este empeño os confirme vuestra peregrinación a Roma y la bendición apostólica, que de corazón os imparto a vosotros y a todos los jóvenes que mañana comenzarán el encuentro nacional eslovaco de la juventud en Koice.

(En húngaro)
La semana pasada hemos celebrado en París la XII Jornada mundial de la juventud; allí me he encontrado también con los jóvenes húngaros. Dicho acontecimiento ha sido una gran experiencia espiritual no sólo para la juventud, sino también para mí. Ojalá que la Iglesia en Hungría atraiga a los jóvenes.

(En esloveno)
Vuestra peregrinación a la ciudad eterna es la continuación de la peregrinación de los jóvenes, del pueblo de Dios y de toda la humanidad hacia el gran jubileo del año 2000. En París he recomendado a los jóvenes que lleven la esperanza a la generación actual. Lo mismo os repito también a vosotros y deseo que en estos días fortifiquéis vuestra fe en Jesucristo. Es él el Redentor del mundo, que da pleno sentido a la vida del hombre. ¡Con Cristo, encaminaos valientemente hacia el tercer milenio cristiano, del que deberéis ser protagonistas!.

(A los profesores y estudiantes de la escuela de enfermeros de Dubrovnik)
Es necesario no sólo conocer bien la fe, sino también profundizar la pertenencia a la Iglesia y desarrollar continuamente la conciencia de la responsabilidad de cada uno en su crecimiento y en su progreso. A esto se añade el compromiso real en la edificación de la sociedad en la que el bautizado vive y trabaja.

(En italiano)
Me dirijo ahora a los jóvenes, enfermos y recién casados presentes en esta audiencia. Queridísimos, hoy y mañana la liturgia hace memoria de dos grandes santos; santa Mónica y san Agustín, unidos en la tierra por vínculos familiares y en el cielo por el mismo destino de gloria. Que su ejemplo e intercesión os impulse, jóvenes, a la búsqueda sincera y apasionada de la verdad evangélica; a vosotros, enfermos, desvele el valor redentor del sufrimiento ofrecido a Dios en unión con el sacrificio de la cruz; y a vosotros, recién casados, os sostenga en el generoso testimonio de la gratuidad y fecundidad del amor de Dios.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana 

 



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