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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 30 de abril de 1997

 

1. «San Adalberto, patrono nuestro, protector de nuestra patria, ¡ruega por nosotros!». Estas palabras y la melodía con que se cantan me han acompañado durante la visita a la República Checa, con ocasión del milenario de la muerte de san Adalberto.

San Adalberto, del linaje de los príncipes de los Slavník, nació en el año 956 en Libice, en el territorio de la actual diócesis de Hradec Králové. Siendo muy joven lo nombraron obispo y fue el primer checo que ocupó la sede episcopal de Praga. Su ministerio pastoral no resultó fácil, de manera que muy pronto tuvo que abandonar la ciudad. Vino a Roma y aquí, en el Aventino, se hizo benedictino. El obispo-monje, obediente a la Sede apostólica, declaró siempre que estaba dispuesto a regresar a Praga si el Papa se lo pedía. Cuando la situación en Praga mejoró un poco, el Sucesor de Pedro le mandó que regresara a su patria. Él obedeció. Pero se trataba de una mejoría pasajera. El obispo Adalberto fue expulsado nuevamente. Entonces partió como misionero para anunciar a Cristo a los pueblos que todavía no lo conocían.

Pasó primeramente un tiempo en las llanuras de la Pannonia, territorio de la actual Hungría; luego, fue invitado por el rey Boleslao el Intrépido, y permaneció en su corte. A través de la Puerta de Moravia se dirigió hacia Gniezno, no sólo para gozar de la hospitalidad del rey, sino también para emprender una nueva tarea misionera. Esta vez la misión lo llevó hacia las costas del mar Báltico, con la perspectiva de anunciar a Cristo a la Prusia pagana. Y fue precisamente en el Báltico donde encontró la muerte mediante el martirio, como subraya bien Juan Canapario en el oficio de su memoria litúrgica. El rey Boleslao el Intrépido rescató a caro precio el cuerpo del mártir e hizo llevar las reliquias a Gniezno.

El aquel tiempo, en el medievo cristiano, las reliquias de los mártires tenían un alto valor también para la comunidad civil. Así ocurrió con san Adalberto. Gracias a sus reliquias, en el año 1000 nació en Gniezno la primera metrópoli polaca y la Polonia de los Piast entró en la familia de las naciones y de los Estados europeos. El martirio de san Adalberto se convirtió en el fundamento de la Iglesia y del Estado en las tierras de los Piast. Hoy las reliquias de este santo mártir se hallan en Gniezno y en Praga, en la catedral de los santos Vito, Wenceslao y Adalberto.

2. Era justo que, antes de responder positivamente a la invitación que me hicieron los obispos polacos de ir a Gniezno, me dirigiese a la República Checa. «San Adalberto, patrono nuestro, protector de nuestra patria, ¡ruega por nosotros! ».

Sin duda, la primera patria de san Adalberto es la Bohemia, y especialmente la ciudad de Libice, donde nació y donde todavía existe la sede de la familia de los príncipes Slavník. Esta primera patria de san Adalberto, su tierra natal y el lugar donde recibió el bautismo por obra de sus padres, fue, como era lógico, la primera etapa de mi visita pastoral con ocasión del milenario. Se puede decir que Polonia fue su segunda patria, la tierra donde recibió el segundo bautismo, el del martirio, por medio del cual nació a la patria celeste, hacia la que peregrinó heroicamente a lo largo de los cuarenta y un años de su existencia terrena. Fue obispo joven, y en joven edad maduró para el reino de los cielos.

Este itinerario personal, el camino de un mártir, patrono de Bohemia y de Polonia, después de mil años, tiene también para nosotros creyentes y para la humanidad entera, peregrinos de esta tierra, una gran importancia. A través del itinerario terreno de san Adalberto, a través de su martirio, podemos leer nuevamente la historia espiritual de todo el continente europeo y, de modo especial, de la Europa central. Esta es la finalidad de las celebraciones del milenario, en las que han intervenido representantes del episcopado de todas las naciones europeas, conscientes todos de la importancia que Adalberto ha tenido en la historia espiritual de Europa.

Doy las gracias de corazón, una vez más, a las autoridades del Estado y al Episcopado de la República Checa por la invitación que me dirigieron a tomar parte en las celebraciones del milenario de san Adalberto. Agradezco al señor presidente, Václav Havel, sus palabras, que han interpretado muy bien el significado de la misión del gran obispo. Doy las gracias al señor cardenal Miloslav Vlk y a todos los obispos de la República Checa por la organización de las celebraciones milenarias.

¿Cómo no recordar ahora, de modo especial, al difunto cardenal František Tomášek, cuya tumba he visitado en la catedral de Praga? Ciertamente se debe a él la iniciativa del «decenio de renovación espiritual» con vistas al milenio de la muerte de san Adalberto. Quiero asimismo dar las gracias al obispo Karel Oteená.ek, decano del Episcopado checo, que ha organizado las celebraciones en su diócesis de Hradec Králové, donde nació san Adalberto. ¡Qué oportuno ha sido que, precisamente en el lugar vinculado a la juventud del santo, se hayan dado cita para la santa misa los jóvenes, tanto de Bohemia como de Moravia, y los de los países limítrofes, representando en cierto sentido a la juventud de toda Europa.

Igualmente rico de significado fue el encuentro con los religiosos y las religiosas, junto con los enfermos, en la histórica archiabadía benedictina de Boevnov en Praga, que debe su fundación a san Adalberto. La vida consagrada, después de la larga y dura prueba de la dictadura comunista, vive ahora su primavera, como de modo elocuente ha puesto de relieve la presencia de jóvenes vocaciones junto a ancianos religiosos y religiosas. La abadía de Boevnov, y especialmente el archiabad Anastasio, muy conocido, continúan su obra siguiendo la tradición de la gran familia benedictina, rica en méritos en toda Europa no sólo por lo que respecta a la vida litúrgica y religiosa, sino también a la cultura nacional.

El domingo 27 de abril, una gran multitud de fieles se reunió para la santa misa en Praga, en el mismo lugar en el que, hace siete años, poco después de la caída del comunismo, pude celebrar por primera vez la eucaristía en tierra checa. Por la tarde se tuvo el último encuentro, la oración ecuménica común en la catedral, a la que siguió la visita a las reliquias de san Adalberto, que reposan allí, junto a las de san Wenceslao. La catedral es el gran santuario nacional de toda Bohemia. En la plegaria ecuménica tomaron parte las confesiones cristianas que viven en tierra checa. Todos, junto con el Papa, sintieron la urgencia de la unidad cristiana, de la que san Adalberto fue convencido y activo defensor. Doy gracias a Dios por este encuentro y por las palabras que pronunció el doctor Smetana, presidente del Consejo de las Iglesias de la República Checa, representante de la tradición de los Hermanos bohemios.

El presidente Václav Havel, al darme la bienvenida en el aeropuerto de Praga en el año 1990, pronunció estas palabras memorables: «No sé qué es un milagro, pero el hecho de poder recibir hoy aquí al Papa es sin duda un milagro». Hablaba de milagro en sentido moral, aludiendo a la caída del sistema totalitario comunista, que durante largo tiempo había oprimido a diversas naciones del Este europeo. Se puede decir que esta visita, vinculada al milenario de san Adalberto, ha sido como una continuación de aquel milagro moral. Por esto, con el Salmista, digo al Señor: «Te alabaré eternamente por lo que has hecho» (Sal 52, 11).


Saludos

(En eslovaco)
Durante el tiempo pascual toda la Iglesia saluda cada día a la Virgen María con las palabras: Regina caeli laetare! Verdaderamente la Madre Dolorosa tiene motivos para alegrarse, porque su Hijo crucificado ha resucitado de entre los muertos y está vivo para siempre. Y puede alegrarse también porque los millones de hombres por los que Jesús ha muerto han alcanzado la nueva vida. También vosotros habéis recibido esta vida de Jesús en el sacramento del bautismo. Rezad a la Virgen María especialmente en el mes de mayo, para que os obtenga la gracia de vivir fervorosamente vuestra vida con Cristo.

(En croata)
Es necesario que todo cristiano actúe y dé testimonio de acuerdo con su fe, a fin de que se produzca una nueva primavera de vida cristiana en las personas, en las familias y en la sociedad entera.

(En español)
Me complace saludar ahora a los peregrinos de lengua española presentes en Roma, de modo especial a la directiva y jugadores del club de fútbol Atlético de Madrid, a la Adoración nocturna de Victoria, así como a los diversos colegios, parroquias y grupos de España, Argentina y México. Sobre todos invoco la protección del santo obispo de Praga Adalberto, que forma parte del patrimonio espiritual común de la Iglesia universal, y os imparto de corazón la bendición apostólica.

(En italiano)
Me alegra acogeros, queridos jóvenes, enfermos y recién casados. El calendario de la piedad cristiana recuerda que mañana comienza el mes tradicionalmente vinculado a la devoción mariana. Os invito a todos a perseverar en el camino de la oración a María, descubriendo con mayor intensidad el diálogo diario con Aquella que nos ha dado al Príncipe de la vida.

 Esto os ayudará, queridos jóvenes, a buscar constantemente a Cristo y a seguirlo con alegría; a vosotros, queridos enfermos, os sostendrá en el diario y constante esfuerzo de unir vuestros sufrimientos a los del Redentor del hombre; y os guiará a vosotros, queridos recién casados, a edificar vuestro amor en la fidelidad a Dios y en el generoso servicio a la vida.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana 

 



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