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JUAN PABLO II

AUDIENCIA

Miércoles 2 de septiembre de 1998

    

El Espíritu Santo, fuente de verdadera libertad

1. El Catecismo de la Iglesia católica enseña que «la persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien (cf. Gaudium et spes, 15)» (n. 1704).

El Espíritu, que «sondea las profundidades de Dios» (cf. 1 Co 2, 10), es al mismo tiempo la luz que ilumina la conciencia del hombre y la fuente de su verdadera libertad (cf. Dominum et vivificantem, 36).

En el sagrario de su conciencia, el nú- cleo más secreto del hombre, Dios hace escuchar su voz y da a conocer la ley que alcanza su perfección en el amor a Dios y al prójimo de acuerdo con la doctrina de Jesús (cf. Gaudium et spes, 16). Cumpliendo esa ley, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, el hombre realiza plenamente su libertad.

2. Jesucristo es la verdad plena del proyecto de Dios sobre el hombre, que goza del don altísimo de la libertad. «Quiso Dios .dejar al hombre en manos de su propia decisión. (Si 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» (Gaudium et spes, 17; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1730). Aceptar el proyecto de Dios sobre el hombre, revelado en Jesucristo, y realizarlo en la propia vida significa descubrir la vocación auténtica de la libertad humana, según la promesa de Jesús a sus discípulos: «Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32).

«No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre» (Veritatis splendor, 19).

El evangelio de san Juan pone de relieve que no son sus adversarios quienes le quitan la vida a Cristo con la necesidad brutal de la violencia, sino que es él quien la entrega libremente (cf. Jn 10, 17-18). Aceptando plenamente la voluntad del Padre, «Cristo crucificado revela el significado auténtico de la libertad, lo vive plenamente en el don total de sí y llama a los discípulos a tomar parte en su misma libertad» (Veritatis splendor, 85). En efecto, con la libertad absoluta de su amor, redime para siempre al hombre que, abusando de su libertad, se aleja de Dios, lo libra de la esclavitud del pecado y, comunicándole su Espíritu, le hace el don de la auténtica libertad (cf. Rm 8, 2; Ga 5, 1. 13).

3. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Co 3, 17), nos dice el apóstol Pablo. Con la efusión de su Espíritu, Jesús resucitado crea el espacio vital en el que la libertad humana puede realizarse plenamente.

En efecto, por la fuerza del Espíritu Santo, el don de sí mismo al Padre, realizado por Jesús en su muerte y resurrección, se convierte en manantial y modelo de toda relación auténtica del hombre con Dios y con sus hermanos. «El amor de Dios .escribe san Pablo. ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

También el cristiano, viviendo en Cristo por la fe y los sacramentos, se entrega «de modo total y libre» a Dios Padre (cf. Dei Verbum, 5). El acto de fe con que él opta responsablemente por Dios, cree en su amor manifestado en Cristo crucificado y resucitado, y se abandona responsablemente al influjo del Espíritu Santo (cf. 1 Jn 4, 6-10), es expresión suprema de libertad.

Y el cristiano, cumpliendo la voluntad del Padre con alegría, en todas las circunstancias de la vida, a ejemplo de Cristo y con la fuerza del Espíritu, avanza por el camino de la auténtica libertad y se proyecta en la esperanza hacia el momento del paso a la «vida plena» de la patria celestial. «Por el trabajo de la gracia enseña el Catecismo de la Iglesia católica, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo» (n. 1742).

4. Este horizonte nuevo de libertad creado por el Espíritu orienta también nuestras relaciones con los hermanos y hermanas que encontramos en nuestro camino.

Precisamente porque Cristo me ha liberado con su amor, dándome el don de su Espíritu, puedo y debo entregarme libremente por amor al prójimo. Esta profunda verdad se halla expresada en la primera carta del apóstol san Juan: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16). El mandamiento «nuevo» de Jesús resume la ley de la gracia; el hombre que lo cumple realiza su libertad de manera más plena: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 12-13).

A esta cima de amor, alcanzada por Cristo crucificado, nadie puede llegar sin la ayuda del Paráclito. Más aún, santo Tomás de Aquino escribió que la «ley nueva» es la misma gracia del Espíritu Santo, que nos ha sido dada mediante la fe en Cristo (cf. Summa Theol., I-II, q. 106, a. 1, conclusio et ad 2).

5. Esta «ley nueva» de libertad y amor está personificada en Jesucristo, pero, al mismo tiempo, con total dependencia de él y de su redención, se expresa en la Madre de Dios. La plenitud de la libertad, que es don del Espíritu, «se ha manifestado, de modo sublime, precisamente mediante la fe de María, mediante .la obediencia a la fe. (cf. Rm 1, 5). Sí, "¡feliz la que ha creído!"» (Dominum et vivificantem, 51).

Así pues, que María, Madre de Cristo y Madre nuestra, nos guíe a descubrir cada vez con mayor profundidad y gozo al Espíritu Santo como fuente de la verdadera libertad en nuestra vida.


Saludos

Con gran afecto saludo ahora a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos venidos de España, México, Chile, Argentina, Venezuela y de los demás países latinoamericanos. Que María, Madre de Cristo y Madre nuestra, nos guíe a descubrir cada vez con mayor profundidad y alegría al Espíritu Santo como fuente de libertad verdadera en nuestras vidas. Con este deseo, os imparto de corazón la bendición apostólica.

(A los fieles de Lituania)
Oro por vuestra patria para que el Señor ayude a todos sus hijos a conservar la fe cristiana y a vivir según el Evangelio, permaneciendo unidos en el amor fraterno y en la esperanza.

(En italiano)
Queridos hermanos, el domingo pasado la palabra del Señor nos invitó a imitar a Cristo con una actitud de humildad y gratuidad. Os invito a vosotros, jóvenes, a acoger y vivir cuanto indicó Jesús con la valentía y la fantasía que caracterizan a vuestra edad. Os aliento a vosotros, queridos enfermos, a conservar en el corazón las enseñanzas evangélicas para obtener fuerza, serenidad y apoyo en la prueba del sufrimiento. A vosotros, recién casados, os deseo que emprendáis con generosa fidelidad el itinerario sugerido por el Hijo de Dios, para que vuestra nueva familia se edifique sobre la roca firme de su palabra.

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