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SANTA MISA EN LA BASÍLICA DE SANTA MARÍA LA MAYOR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
Lunes 8 de diciembre de 1986

 

1, « Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1,3).

En la liturgia del Adviento resuena hoy esta bendición.

Con esta invocación en los labios, nosotros, la Iglesia de Roma, nos dirigimos hoy en peregrinación a la plaza de España, donde la Virgen Inmaculada domina la ciudad desde lo alto de la espléndida columna. Y después venimos aquí, a esta antiquísima basílica, en la que se consolidó la fe de la Iglesia en la Maternidad divina de María. «Theo-tokos: Madre de Dios, habían proclamado con alegría los padres del Concilio de Efeso: «Theo-tokos: Madre de Dios, respondió Roma, levantando esta maravillosa basílica.

2. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Venimos a alabar a Dios, a adorarlo por el misterio del Adviento. Este es, sobre todo, el misterio «escondido en Dios mismo» (cfr. Col 1, 26), que nos eligió antes de crear el mundo en Cristo, su eterno Hijo (cfr. Ef 1,4). Nos ha destinado también por iniciativa de Jesucristo a ser sus hijos adoptivos (cfr. Ef 1,5). Esa ha sido la eterna y salvífica decisión de su voluntad. El Padre, amando eternamente al Hijo de su misma naturaleza, nos ha amado en El a nosotros, los hombres: nos ha amado, «en su querido Hijo» (cfr. Ef 1,6). Y esto quiere decir que El no sólo ha decidido crearnos a su imagen y semejanza, sino más, infinitamente más: ha decidido hacemos participar a los hombres en su Vida. De este modo la Vida de Dios: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la vida en la cual se realiza la infinita Majestad de la Divinidad, se ha hecho don. El Padre nos ha regalado este don en su Hijo eternamente amado. Nos ha regalado la gracia.

3. ¡Bendito sea!

Venimos hoy a esta basílica para alabar a la Majestad Divina por el misterio del Adviento.

He aquí a Aquel que ha querido desde la eternidad ser «para nosotros». Ha querido abrirse a nosotros. Ha querido venir a nosotros.

4. Además, el Adviento es dimensión de la historia del hombre.

Esta historia comienza, en cierto sentido, en el momento en que Dios pregunta a Adán: «¿Dónde estás?» (cfr. Gén 3, 9).

En ese momento Adán estaba escondido: ¡Se había escondido —a causa del pecado— de la mirada de Aquel ante el cual nada puede esconderse, sino que todo es desvelado y manifiesto!

Se hizo, pues, evidente a los ojos de Dios el primer pecado del hombre y todos sus efectos en la historia humana; sin embargo, no consiguió ofuscar la eterna «gloria de su gracia» (cfr. Ef 1, 6).

De ahora en adelante, el Adviento significa una lucha de la gracia contra el pecado en la historia del hombre. Cada hombre es lugar de esa lucha. La historia de la salvación se realiza, en un cierto sentido, a través de la historia del pecado.

De ahora en adelante el Adviento significa precisamente en la dimensión de esta historia la venida del Redentor. Este «aplastará» el mal del pecado en su misma raíz, y «pagará» por esta victoria de la gracia con la obediencia «hasta la muerte, y muerte de cruz» (cfr. Flp 1, 8).

¡El Redentor, nacido de mujer, Hijo de María!

5. Venimos hoya este templo para alabar a Dios por el misterio de la Mujer, que El ha unido desde el principio a la promesa del Redentor.

Venimos a dar gracias por María, por su Inmaculada Concepción. Ella ha sido «redimida de un modo sublime como dice el Concilio Vaticano II en atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble vínculo» (Lumen gentium, 53).

Ella se encuentra en el mismo corazón del Adviento: de la venida de Dios al mundo, en el Hijo eternamente «querido».

6. He aquí que el Mensajero de los eternos designios de Dios viene a Ella.

La saluda con una palabra insólita. Dice: «Alégrate, llena de gracia (kejaritoméne): el Señor está contigo» (Lc 1, 28).

En Ti el misterio de la «Mujer» del libro del Génesis se cumplirá: «concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre .Jesús)» (Lc 1, 31). (Jesús quiere decir «Salvador», «Dios es salvación»).

De este modo la eterna «gloria de la gracia» se ha acercado al hombre. Ha bajado al corazón humano.

Así como una vez se había alejado del hombre a causa del pecado, así ahora se ha acercado. Se ha acercado infinitamente. Se ha hecho carne en el corazón de la Virgen de Nazaret. Se ha hecho Dios-Hombre. El Emmanuel.

7. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Así, junto a María, esperamos el nacimiento del Redentor. Ella —su Madre— es la primera entre los redimidos. Inmaculada Concepción quiere decir precisamente esto. La liturgia de la Iglesia la incluye en la espera del Adviento.

Esperamos el nacimiento del Redentor, lo esperamos junto con María. La Iglesia, que también sabe que es Madre en el orden de la gracia de la salvación, vive profundamente esta espera materna de María en el tiempo del primer Adviento.

8. Y en la perspectiva del segundo y definitivo Adviento, que va unido al tiempo de la Iglesia, María no cesa de resplandecer en el horizonte de la historia del hombre, la cual es a la vez la historia de la salvación.

«Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia» (Rom 5, 20),

En torno a la Madre Inmaculada del Redentor se unen todos los que «han esperado en Cristo» (cfr. Ef 1, 12).

Siguiendo las huellas de los Santos Apóstoles y Mártires, aquí en Roma, Ella no cesa de ser para nosotros «salus populi»: «salus populi Romani».

Nos unimos en torno a Ella todos nosotros, que hemos esperado en Cristo, todos nosotros que esperamos su venida en la gloria (cfr. Ti 2, 13).

¡Amén!

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana



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