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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Lunes 15 de agosto de 1988

 

1. "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lc 1, 48).

¡Madre de Dios y Virgen! En esta bienaventuranza proclamada por todas las generaciones, acoge también nuestras voces: te llama bienaventurada la generación de los hombres que viven en esté último retazo del segundo milenio después de Cristo.

Te llamamos bienaventurada, porque eres la que el Eterno Padre ha escogido para ser la Madre del Eterno Hijo, cuando "llegó la plenitud de los tiempos" (cf. Gál 4, 4).

Te llamamos bienaventurada, porque eres la que el Eterno Hijo —Redentor del mundo— ha redimido la primera en el misterio de la Inmaculada Concepción.

Te llamamos bienaventurada, porque sobre Ti descendió el Espíritu Santo y el poder del Altísimo extendió su sombra (cf. Lc 1, 35), y así nació de Ti el Eterno Hijo de Dios, en cuanto hombre.

Te llamamos bienaventurada. Así te han llamado todas las generaciones. Así te llama nuestra generación, al final del siglo XX.

Una particular expresión de ello ha sido, en toda la Iglesia, el Año Mariano que hoy, en la solemnidad de tu Asunción, llega a su fin.

2. ¡Te saludamos, María! "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1, 42).

Con tales palabras te saluda hoy la liturgia. Y éstas son las palabras de tu pariente Isabel, pronunciadas durante la Visitación, que tuvo lugar, según la tradición en Ain Karim.

¡Te saludamos, María! Bienaventurada eres Tú que has creído en el cumplimiento de las palabras del Señor (cf. Lc 1, 45).

Durante el Año Mariano te hemos seguido en el sendero de tu Visitación. Te ha seguido, Madre de Dios, la Iglesia entera, repitiendo las palabras de Isabel. Y ello, porque la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, ha aprendido a mirarte como su figura viva y perfecta.

Lo ha aprendido nuevamente, a la medida de nuestros tiempos y de nuestra generación, recordando que así te miraron ya las antiguas generaciones de los discípulos que seguían a Cristo. Los ilustres Padres de los primeros siglos te han llamado el primer Modelo (Typus) de la Iglesia.

La Iglesia de nuestros tiempos lo ha aprendido nuevamente. Ha profesado una vez más que Tú, Bienaventurada Virgen, precedes en la peregrinación de la fe a todas las generaciones del Pueblo de Dios en la tierra (cf. Lumen gentium, 58).

¡Bendita Tú que has creído! En esa peregrinación de la fe, que fue tu vida en la tierra, avanzaste manteniendo fielmente tu unión con el Hijo, incluso junto a la cruz, donde te quedaste por voluntad de Dios (cf..ib.).

3. Esa misma peregrinación de la fe, que realizaste hasta las profundidades del misterio de Cristo, tu Hijo —desde la Anunciación hasta el Calvario—, la reanudaste luego junto con la Iglesia. La reanudaste el día de Pentecostés con la Iglesia de los Apóstoles y de los testigos, que nacía en el Cenáculo de Jerusalén bajo el soplo del Consolador, el Espíritu de Verdad.

Por ello, también nosotros hemos comenzado nuestra peregrinación del Año Mariano en la solemnidad de Pentecostés de 1987, en Roma y en. toda la Iglesia, hasta los confines del mundo.

Hemos comenzado nuestra peregrinación de la fe juntos contigo, nosotros, la generación que se acerca al comienzo del tercer milenio después de Cristo. Hemos comenzado a caminar contigo, nosotros, la generación que lleva en sí cierto aire de semejanza con aquel primer Adviento, cuando en el horizonte de las expectativas humanas por la venida del Mesías se encendió una luz misteriosa: La Estrella de la mañana, la Virgen de Nazaret, preparada por la Santísima Trinidad para ser la Madre del Hijo de Dios: Alma Redemptoris Mater.

4. Hemos dedicado a Ti, María, esta parte del tiempo humano, que es también el tiempo litúrgico de la Iglesia: el año que comenzó con Pentecostés de 1987, y que termina hoy con la solemnidad de tu Asunción, en el año 1988.

¡Lo hemos dedicado a Ti! En Ti hemos puesto nuestra confianza. En Ti, a quien Dios se había "confiado" a Sí mismo en la historia humana. En Ti, a quien tu Hijo crucificado había confiado al hombre como en un testamento supremo del misterio de la redención. Ese hombre a los pies de la cruz fue el Apóstol Juan, el Evangelista. Y en él, un hombre, estaban representados todos los hombres.

Con el espíritu de aquel acto de confianza pascual, que se transformó en un fruto particular de la fe, de la esperanza y de la caridad, cuando la espada del dolor atravesó tu Corazón, te siguen los hombres y las comunidades humanas de todo el mundo. Te siguen los pueblos y las naciones. Te siguen las generaciones. Desde lo alto de la cruz, Cristo mismo les guía hacia tu Corazón materno, y tu Corazón les restituye, del modo más sencillo, a Cristo: les introduce en el misterio de la redención. Verdaderamente, Redemptoris Mater!

5. Igual que en todas las generaciones pasadas, también en la nuestra, la Iglesia canta una antífona, en, la que reza así:

"Socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse" (Succurre cadenti - surgere qui eurat, populo!).

En las palabras de esta plegaria de confianza volvemos a encontrar también la verdad sobre nuestra generación. Esta, como las otras generaciones, y quizá incluso más que ellas, ¿no vive acaso entre el "sucumbir" y el "levantarse", entre el pecado y la gracia?

¡Oh Madre, que nos conoces, quédate siempre con tus hijos! Ayuda al hombre, a los pueblos, a las naciones, a la humanidad a levantarse. Este grito del Año Mariano ha repercutido en los diversos lugares de la tierra, a través de las distintas experiencias de nuestra época que, si bien alardea de un progreso antes desconocido, siente de modo particularmente agudo las amenazas que se ciernen sobre toda la gran familia humana. Por ello se hace cada vez más urgente la sollicitudo rei socialis.

6. ¡Hoy, solemnidad de la Asunción !

Hoy, en el horizonte del cosmos aparece —como dicen las palabras del Apocalipsis de Juan— la. Mujer vestida de sol: (cf. Ap 12, 1). ..

De esa Mujer `el Concilió dice: "La Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27) ". Y al mismo tiempo "los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María" (Lumen gentium, 65).

Todo este Año, que está a punto de terminar, ha sido el tiempo de los "ojos levantados" hacia Ti, Madre de Dios, Virgen, constantemente presente en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

El Año Mariano termina hoy. Pero no termina el tiempo de los "ojos levantados" hacia María.

7. Al seguirte, Madre, en nuestra peregrinación terrena mediante la fe; nos encontramos hoy en el umbral de tu glorificación en Dios.

La peregrinación de la fe, el camino de la fe. Tu camino de la fe lleva, desde el umbral de la Visitación, en Ain Karim, al umbral de la glorificación.

Es lo que nos enseña la liturgia de hoy.

Y en el umbral de la glorificación, en el umbral de la unión celestial con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, escuchamos una vez más las palabras del Magníficat:

"Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador... porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí" (Lc 1, 46-47. 49).

Obras grandes: magnalia! Magnalia Dei!

¡Bienaventurada eres Tú que has creído!

¡Amén!



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