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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA
SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de Santa María la Mayor
Jueves 8 de diciembre de 1994

 

¡Alabado sea Jesucristo!

1. «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1,3).

Así leemos en la carta de san Pablo a los Efesios, que la liturgia de la solemnidad de la Inmaculada Concepción nos propone: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. (...) Nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1, 3-4).

Amadísimos hermanos y hermanas, se nos invita a atravesar el confín del adviento histórico, para remontarnos hasta lo que sucedió «antes de la creación del mundo». Entonces Dios, «Aquel que era, que es y que va a venir» (Ap 4 8) nos había predestinado por amor «a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 5). Antes de revelarse a través de la obra de la creación, el Padre eterno ya nos amaba en su Hijo eterno. En él amaba a toda la creación, y de modo particular al hombre, creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 27). Manifestación de ese amor fue «el hecho de predestinarnos a la dignidad de hijos adoptivos de Dios». Precisamente de esto habla la carta de san Pablo a los Efesios. En esa predestinación la imagen y semejanza de Dios en el hombre alcanza su cumbre. La adopción como hijos a semejanza de Jesucristo constituye el cumplimiento de cuanto se hallaba contenido desde el inicio en esa imagen y semejanza de Dios según la cual fue creado el hombre.

2. El Apóstol explica, en efecto, el contenido que se encierra en la palabra gracia. Gracia: don que el Padre nos otorga en su Hijo amado eternamente. En virtud de ese don el hombre existe «para la gloria de la divina Majestad» (cf. Ef 1, 6). San Ireneo lo expresará en la célebre frase: «Gloria Dei, vivens homo; vita autem hominis, visio Dei» (Adversus haereses, IV, 20, 7).

La explicación paulina de la expresión bíblica gracia es indispensable para comprender correcta y adecuadamente las palabras dirigidas a la Virgen de Nazaret en el momento de la Anunciación: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1, 28). Esa «plenitud de gracia» indica la Inmaculada Concepción: misterio que la Iglesia profesa y vive de manera especial durante este día.

3. «Para ser santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1, 4).

El libro del Génesis, especialmente en sus primeros capítulos, refiere que Dios creo al hombre inmaculado. Ante Dios, vivía toda la sencillez de su esencia humana; Adán y Eva se trataban con confianza recíproca y, a pesar de estar desnudos, no sentían vergüenza (cf. Gn 2, 25).

En esa inocencia original del hombre creado por Dios entró, sin embargo, el primer pecado; y, como está descrito dramáticamente en la primera lectura de la liturgia de hoy, cambió totalmente la relación del hombre con Dios, influyendo fatalmente también en la relación que existe entre el hombre y la mujer.

El libro del Génesis muestra, en primer lugar a Dios que busca al hombre. «¿Donde estás?» (cf. Gn 3, 9), le pregunta. Y el hombre responde: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí» (Gn 3, 10). El Interlocutor divino sabe que ese miedo tiene raíces mucho más profundas. El hombre siente la necesidad de esconderse ante Dios, porque siguió una llamada diversa de la del Señor. Al comer del fruto prohibido, nuestros primeros padres cedieron a la tentación de llegar a ser como dioses, capaces de conocer el bien y el mal (cf. Gn 3, 5), es decir, capaces de decidir autónomamente lo que está bien y lo que está mal, según su propio criterio.

Así apareció el pecado en el mismo momento en que el hombre, cediendo ante, la persuasión del espíritu maligno, creyó que podía llegar a ser como Dios. Sí, creyó que su tarea consistía en llegar a ser un dios contra el único Dios. El non serviam se convirtió, a la medida del hombre, en el reflejo del non serviam que había pronunciado antes el espíritu del mal.

4. Aquí casi estamos tocando la raíz del misterio. El misterio de la solemnidad de hoy, la Inmaculada Concepción, indica que María, ya desde el primer instante de su concepción, quedó preservada de la herencia del pecado original. Fue librada porque, desde toda la eternidad estaba destinada a ser la Madre de Cristo redentor.

El primer anuncio de ese misterio lo escuchamos en el libro del Génesis. Dirigiéndose a la serpiente, que simboliza el espíritu del mal, Dios dice: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gn 3, 15). Estas palabras suelen definirse como «protoevangelio». Es decir, son el primer anuncio de la buena nueva sobre la salvación que Cristo iba a traer en la plenitud de los tiempos. En efecto, esa salvación se realizará por obra del linaje, o sea, del hijo de la mujer, el cual, para derrotar al espíritu del mal, se entregará a la muerte de cruz. Esa verdad pertenece ya completamente al Nuevo Testamento, al Evangelio, pero en cierta manera se halla anunciada ya en las palabras que refiere el libro del Génesis. Por eso se suele llamar protoevangelio.

El primer anuncio refleja el proyecto eterno de Dios, al que hace referencia la carta a los Efesios. En efecto, el pecado, presente ya desde el principio, no cambia el designio de Dios, que «nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia». Por consiguiente, así, ya desde el inicio, la gracia aparece más fuerte que el pecado.

5. De modo especial, la gracia ha demostrado poseer más fuerza que el pecado en la Mujer que desde la eternidad fue escogida para ser la Madre del Redentor del mundo. El ángel Gabriel le comunica esa elección y la saluda llena de gracia.

Así da a entender que la gracia y la santidad, que brotan de su excelsa elección son anteriores en ella al momento de su concepción. Todos los hombres son redimidos después de haber sido contaminados por el pecado, al menos por el pecado original. Cristo redimió a la Mujer que estaba predestinada a ser su Madre, preservándola inmune del pecado original. Así, María vino al mundo Inmaculada, y en ningún momento de su existencia terrena el pecado pudo manchar su alma.

Por eso, es totalmente santa: santa de una manera mucho más sublime que la de los demás santos, los cuales también deben su santidad a la obra de la Redención. Y, puesto que María es santa, de este modo podrá concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, como leemos en el evangelio: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

«He aquí la esclava del Señor hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38): así responde María y de ese modo revela que el Espíritu de Dios dispone de ella. Del non serviam original no hay en ella huella alguna. La tentación original de llegar a ser dios contra Dios le es totalmente ajena. Precisamente por eso puede convertirse en la Madre del Hijo de Dios, y, al convertirse en tal, puede ayudar a todos los hombres a «ser hijos e hijas adoptivos por obra de Jesucristo» (cf. Ef 1, 5).

6. Hoy la Iglesia anuncia el misterio de la Inmaculada Concepción de María, que es misterio de la fe, y la Iglesia lo vive con solemnidad. En el período de Adviento el misterio de la Inmaculada Concepción nos prepara de modo especial para la venida de Jesucristo. Esta fiesta encierra ya algo de la alegría de la Navidad, alegría también de María, Madre de Dios.

Cuando el concilio de Éfeso confirmó la fe de la Iglesia en la Theotókos, resonó esta verdad con gran eco en Roma. La basílica de Santa María la Mayor, en la que hoy tenemos el gozo de encontrarnos, constituye un testimonio concreto de la alegría que experimentaron entonces los creyentes en Cristo, tanto en Éfeso como en Roma. Y cuando, en el siglo pasado, el Papa Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción, la alegría de la Iglesia estalló de nuevo, precisamente en Roma, y se manifestó concretamente en el monumento erigido en la plaza de España, en honor de la Inmaculada Madre de Dios.

«Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad» (Sal 98, 3-4). El Señor ha manifestado su salvación en la Mujer que había predestinado para ser la Madre de su Hijo eterno.

«Alégrate, llena de gracia. El Señor está contigo» ( Lc 1, 28). Alégrate, María. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, Salus populi romani. Amén.

 

© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana

 



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