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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL FUNERAL DEL CARDENAL GIUSEPPE CASORIA


Sábado 10 de febrero de 2001

 

1. "Abyssus abyssum invocat" (Sal 42, 8).

El abismo de la muerte evoca otro abismo:  el infinitamente mayor de Dios y de su amor. De él nos habla el evangelio que acabamos de escuchar:  "tanto amó Dios al mundo...". Este es el abismo que abarca todas las cosas, incluida la muerte:  "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

Para la salvación de los hombres el Padre quiso dar al Hijo, de su misma naturaleza:  ¡qué misterio de amor ilimitado! En este abismo de gracia y misericordia se cumple para nosotros la profecía que hemos escuchado en la página del profeta Isaías. Podemos exclamar con plena verdad:  "Ahí tenéis a nuestro Dios:  esperamos que nos salve; este es el Señor en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación" (Is 25, 9).

Aquí se halla la fuente y el secreto de la alegría cristiana, que nadie puede quitar a los amigos del Señor, según su promesa (cf. Jn 16, 22). Isaías nos ha ofrecido una imagen elocuente de esta alegría profunda y definitiva con el símbolo del banquete: en él se vislumbra el anuncio del reino mesiánico, que el Hijo de Dios vino a inaugurar. Entonces la muerte será eliminada para siempre y se enjugarán las lágrimas en todos los rostros (cf. Is 25, 6-8).

Para nuestro querido hermano, el cardenal Giuseppe Casoria, ha llegado la hora de entrar definitivamente en este Reino. Después de un largo camino en la tierra, durante el cual trabajó activamente como sacerdote, obispo y cardenal, ahora el Señor lo ha llamado a sí para compartir el destino prometido a sus servidores fieles.

2. Giuseppe Casoria, originario de Acerra, se ordenó sacerdote muy joven. Además de las actividades de ministerio, a las que se dedicó inmediatamente con entusiasmo, siguió cultivando los estudios y se doctoró en teología, en filosofía, en utroque iure y en ciencias políticas. Cultivó sobre todo el campo jurídico no sólo con la investigación y con estudios de especialización, sino también mediante el ejercicio de diversos oficios en los tribunales de la Signatura apostólica y de la Rota, y en algunos dicasterios de la Curia romana. En particular, trabajó muchos años en la Congregación para el culto divino y la disciplina de  los sacramentos, en la que llegó a ser primero subsecretario y después secretario.

El Papa Pablo VI lo elevó al episcopado a comienzos de 1972 y, un año después, lo nombró secretario de la Congregación para las causas de los santos. Durante más de ocho años desempeñó con celo esa tarea, hasta que le confié la guía del dicasterio que conocía mejor, es decir, la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos. En el consistorio del 2 de febrero de 1983 lo nombré cardenal, asignándole el título de San José en la vía Trionfale.

El 21 de diciembre del año pasado, el querido purpurado celebró el 70° aniversario de su ordenación sacerdotal. En esa ocasión, se subrayó oportunamente lo que fue durante toda su larga vida:  un alma apasionada por Cristo, al que como sacerdote trató siempre de imitar, sirviéndolo con entrega total en su trabajo diario en favor de la Iglesia. En su testamento espiritual dejó escrito:  "Confieso abiertamente que siempre he creído y quiero seguir creyendo, con alegría y convicción, con firmeza y sin dificultad, todas las verdades de la religión católica que me ha enseñado el magisterio de la santa madre Iglesia, en cuyo seno, como tuve la gracia de nacer, también espero vivir y morir".

Sostenido por estas convicciones, el cardenal Casoria afrontó la muerte con plena resignación a la voluntad de Dios. Quienes lo acompañaron durante sus últimos días recogieron de sus labios expresiones como esta:  "Cada día de vida, aunque sea en medio de enfermedades y sufrimientos, es un don especial del Señor, por el que le doy gracias". Y también:  "Ofrezco con profundo amor todos mis sufrimientos por la Iglesia, por  el Santo Padre y por el mundo entero".

3. "Si hemos muerto con Cristo, creemos  que también viviremos con él" (Rm 6, 8).

La página de la carta a los Romanos, de la que está tomada la segunda lectura de esta celebración, constituye uno de los textos fundamentales del Leccionario litúrgico. En efecto, la liturgia nos la propone todos los años en la Vigilia pascual. Pensamos en estas iluminadoras palabras de san Pablo al dar a este hermano nuestro el último y emotivo saludo. ¡Cuántas veces él mismo las habrá leído, meditado y comentado! Lo que el Apóstol escribe a propósito de la unión mística del bautizado con Cristo muerto y resucitado, él lo está viviendo ahora en la realidad ultraterrena, libre de los condicionamientos impuestos a la naturaleza humana por el pecado. "Pues -como afirma san Pablo en ese mismo pasaje- el que está muerto, queda librado del pecado" (Rm 6, 7).

La unión sacramental, pero real, con el misterio pascual de Cristo abre al bautizado la perspectiva de participar en su misma gloria. Y esto ya tiene una consecuencia para la vida terrena, porque, aunque en virtud del bautismo ya participamos en la resurrección de Cristo, ya ahora podemos "vivir una vida nueva" (Rm 6, 4). Por eso, la muerte piadosa de un hermano en Cristo, mucho más si está marcado por el carácter sacerdotal, es siempre motivo de íntimo asombro y de acción de gracias por el designio de la paternidad divina, que "nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención:  el perdón de los pecados" (Col 1, 13-14).

4. Reunidos en torno al altar, damos gracias a Dios por la luz que, a través de su palabra, proyecta sobre las situaciones de nuestra existencia y sobre el misterio de la muerte. A él elevamos con confianza nuestra oración por este amigo y hermano nuestro.

El cardenal Casoria, que por su ministerio debió discernir y juzgar muchas veces,  ahora está llamado, como nos sucederá a cada uno de nosotros, a comparecer ante el tribunal de Cristo (cf. 2 Co 5, 10). Sin embargo, el evangelio nos conforta, recordándonos que "Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3, 17).

Es consolador saber que seremos juzgados por Aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros (cf. Ga 2, 20). ¡Qué alegría ir al encuentro del buen Pastor, cuya voluntad única y soberana es que cada uno tenga vida eterna y la tenga en abundancia! (cf. Jn 10, 10). Que sea así para ti, querido hermano en Cristo, a quien hoy ponemos en las manos misericordiosas del Padre celestial.

Ciertamente, junto a Cristo Señor está presente María, Madre suya y nuestra, a quien todos los días invocamos para que nos asista "in hora mortis nostrae". "Me encomiendo a la Virgen santísima -escribió el cardenal Casoria en el testamento mencionado-, para que me ayude a recorrer bien mi camino en la tierra y me presente amorosamente a su único Hijo Jesucristo".

Hagamos nuestra esta invocación suya:  que en este momento María lo introduzca en la patria del cielo, para que participe en la alegría del banquete eterno, que Dios ha preparado para sus servidores fieles. Amén.

 



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