Index   Back Top Print

[ EN  - ES  - FR  - PT ]

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO NACIONAL MISIONERO DE IRLANDA
(22-29 DE ABRIL DE 1979)

 

¡Alabado sea Jesucristo!

A todos los reunidos en Knock para celebrar el Congreso Misionero nacional: ''La gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo esté con vosotros" (1 Cor 1, 3).

Sé que no sólo os habéis reunido para reflexionar sobre el gran tema de las Misiones, sino que habéis llegado también como peregrinos para orar en el santuario nacional de Nuestra Señora. Vuestro objetivo es verdaderamente noble: renovar, con la gracia del Espíritu Santo, el fervor y el compromiso misionero de Irlanda.

Para conseguirlo, para lograr este objetivo, os esforzáis en despertar en vosotros mismos, y en toda la Iglesia de Irlanda, una renovada conciencia de la vocación misionera de todo el Pueblo de Dios. El Concilio Vaticano II nos llama en verdad a todos a esta conciencia.

A este respecto, las familias deben darse cuenta de la responsabilidad y gran dignidad que tienen de orar y trabajar por la causa de las misiones. Y los niños, los enfermos y todos los sectores de la comunidad eclesial deben conocer y apreciar la aportación que sólo ellos pueden dar al Reino de Dios.

Renovar efectivamente el fervor y compromiso misionero significa que los jóvenes deben escuchar, entre las muchas voces discordantes de la sociedad moderna, la vigorosa y a la vez amable llamada de Cristo. Hay que animarles a aceptar esta maravillosa invitación: a seguirle con generosidad y amor, con sacrificio y alegría: concretamente, a dejar todas las cosas e ir a difundir el Evangelio de salvación.

Renovar los ideales misioneros significa, además, asegurar que la naturaleza de la evangelización sea diáfana como el cristal. Según las palabras de Pablo VI: "No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino y el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios" (Evangelii nuntiandi, 22). Sí, evangelización significa llevar la Buena Nueva a todos los estratos de la humanidad; significa transformar la humanidad desde dentro y renovarla. La evangelización, y consiguientemente toda actividad misionera, entraña una proclamación clara de que el don de la gracia y misericordia de Dios se encuentra en su amado Hijo, de que la salvación está en Jesucristo.

El misionero se pone en camino para difundir un mensaje de esperanza y de amor fraterno, y sabe desde el principio, en su corazón, que no puede proclamar el mandamiento nuevo de Cristo sin promover también, con justicia y en paz, el verdadero, auténtico progreso del hombre.

Por medio de la actividad misionera se implanta la Iglesia local, y se edifica con la palabra y sacramentos. Y hoy, en un mundo transformado, la actividad misionera significa con frecuencia servicio, humilde, generoso y fraterno, a una Iglesia local, de modo que, a su vez, esta Iglesia local pueda ser misionera y cumplir así su propia vocación. En las nuevas condiciones del mundo y de la Iglesia, el servicio misionero asume nuevos aspectos y requiere nueva adaptabilidad; exige sensibilidad nueva para las necesidades de las comunidades cristianas. Pero el mensaje es siempre el mismo: "Jesucristo. y éste crucificado" (1 Cor 2, 2).

El éxito de toda actividad misionera depende de la efectiva salvaguardia y enseñanza de la fe católica tal como la transmitieron los Apóstoles: fe en Jesucristo; el Hijo de Dios y redentor del hombre. La eficacia misionera requiere la transmisión de esta fe intacta.

Durante el Año Santo, Pablo VI, que tanto amaba a Irlanda, recordó a los peregrinos irlandeses la promesa y el compromiso que San Columbano hizo a San Gregorio Magno en Roma. Y hoy repito estas palabras como un reto a vuestro Congreso: "Todos los irlandeses... somos discípulos de los Santos Pedro y Pablo...; la fe católica se mantiene intacta" (27 de agosto de 1975).

Como Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, hago hoy una llamada a nueva generosidad misionera, a dar testimonio de esta inmutable fe católica de palabra y con el ejemplo, incluso hasta los confines de la tierra. Pido una nueva generación de sacerdotes y religiosos, que ocupen su puesto junto a sus hermanos y hermanas en las Iglesias locales, con el espíritu de los santos misioneros del pasado. Queridos jóvenes: ¿aceptaréis esta invitación? ¿Diréis "sí" a esta llamada? ¿Entregaréis vuestra vida por amor de Cristo y sus hermanos?

Y pido al laicado irlandés del propio país y de fuera que transmita especialmente a sus familias el tesoro de su fe, con sano orgullo y a costa de sacrificio de palabra y de hecho. Millones de familias irlandesas esparcidas por el mundo han dado un glorioso y atrayente testimonio de Cristo y de su Iglesia esto no debe cesar nunca. Y pido que todas las personas, todos los sectores del Pueblo de Dios se sientan apremiados por la absoluta necesidad de compartir la fe con otros. Lo exige la intrínseca naturaleza de la Iglesia. Está en juego la voluntad de Dios y la gloria de la Santísima Trinidad. La Iglesia es, y debe continuar siendo, misionera, hasta que Cristo venga de nuevo en gloria.

En efecto estoy convencido de que ésta es una hora de esperanza para Irlanda y para el mundo. Es un tiempo que reclama renovada fidelidad, generosidad viva y amor ardiente. Es, una vez más, la hora de las Misiones, la hora de la evangelización, la hora de partir a proclamar las "insondables riquezas de Cristo" (Ef 3, 8). Y confiemos que Dios escuchará nuestra oración: que esta generación de discípulos y misioneros producirá mucho fruto, fruto duradero (cf. Jn 15, 16).

Esta es hoy mi esperanza, éstos mis deseos, que encomiendo a María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. En su amorosa función de Reina de las Misiones, acompañó muy de cerca a innumerables misioneros irlandeses a través de los años, sosteniéndoles en la alegría con su intercesión, y dándoles, en medio de sus sacrificios, la plenitud de Su amor maternal. Ella ayudará también a esta generación y la protegerá, cuando llegue a los campos del apostolado "ya maduro para la siega" (Jn 4, 35).

A todos vosotros, hijos e hijas de Irlanda, hermanos y hermanas en la fe, imparto mi especial bendición apostólica: en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana