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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO NACIONAL DE PASTORAL DE INGLATERRA Y GALES

 

 

Mensaje al Congreso, inaugurado en Liverpool el 2 de mayo.

Alabado sea Jesucristo.

Con suma alegría os envío este mensaje de saludo a cuantos estáis reunidos en la catedral de Cristo Rey para inaugurar el Congreso nacional de Pastoral.

Los dos mil delegados —sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos procedentes de todos los puntos de Inglaterra y Gales— os habéis reunido siguiendo la invitación de vuestros obispos y bajo su dirección. Como miembros de la Iglesia peregrina os habéis congregado para compartir informaciones y recopilar lo hecho hasta ahora en la aplicación de los Decretos del Concilio Vaticano II y con fidelidad al Evangelio. Con ello estáis secundando la intención que manifesté cuando me hicieron Papa, la de ser fiel al Concilio y esforzarme por llevarlo a cumplimiento. Os bendiga Dios y os guíe en este importante propósito.

He sido informado de la cuidadosa preparación de este acontecimiento especial llevada a cabo en vuestras diócesis, congregaciones y organizaciones. Vuestro deseo es conseguir la renovación espiritual profunda de vuestras vidas. Queréis consolidar vuestra entrega a la misión en que toma parte todo el Pueblo de Dios por el bautismo y la confirmación. Oro para que vuestro trabajo conjunto de estos días produzca mucho fruto. Y os invito a poner toda la confianza en Dios "que es poderoso para hacer que abundemos copiosamente más de lo que pedimos o pensamos" (Ef 3, 20).

Envío también mi saludo a los observadores de otras comunidades cristianas que han acudido a tomar parte en esta significativa celebración religiosa con sus hermanos y hermanas católicos. Como nos recordaron los padres del Concilio Vaticano II: "No olviden todos los fieles que tanto mejor promoverán e incluso actuarán la unión de los cristianos, cuanto mayor sea su esfuerzo por vivir una vida más pura según el Evangelio" (Unitatis redintegratio, 7).

Saludo asimismo a las autoridades civiles y representaciones oficiales ahí presentes, y ofrezco mi respeto y mi amistad a toda la ciudad de Liverpool en la conmemoración de su centenario.

Cuando os lleguen estas palabras estaré visitando los pueblos de África. Consciente de la universalidad de la Iglesia y de la unidad en Cristo que compartimos, os pido oraciones para que mi peregrinación de fe contribuya a edificar el Reino de Dios todo él, y dé estímulo especial a la Iglesia que está en África.

Durante estos días arderá ante el altar de vuestra catedral el cirio del Congreso recordando vuestra vida resucitada en Cristo y la invitación del Señor a participar en dicha vida. Sea signo también de vuestra fe quemándose brillantemente cual signo de esperanza ante el mundo. Y sea a la vez símbolo de vuestra confianza en Cristo que es el camino, la verdad y la vida.

La gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo estén con todos vosotros.

 

* * *

Mensaje a los delegados.

Venerables hermanos,
queridos hermanos y hermanas en Nuestro Señor Jesucristo:

Me complace mucho tener esta oportunidad de hablaros a vosotros, delegados del Congreso nacional de pastoral, en el momento en que os disponéis a estudiar temas importantes referentes a la vida de la Iglesia católica que está en Inglaterra y Gales.

Os habéis reunido en el nombre de Jesucristo. Os congregáis con espíritu de esperanza y expectación confiando en la promesa de Nuestro Salvador, "donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20). Deseáis evaluar durante estos días la vida y la obra de la Iglesia, ahondar en la oración, abrir el corazón cada vez más ampliamente al llamamiento de conversión constante y planear el camino para el futuro.

Es ésta una gran responsabilidad y una gran oportunidad para todos vosotros. Que cumpláis esta tarea con valentía y humildad buscando la luz y la fuerza del Espíritu Santo para ser fieles al Evangelio. El pueblo católico de vuestros países tiene una larga tradición de fidelidad a Cristo y a la Sede de Pedro, atestiguada en la vida de vuestros mártires. Que esta tradición de fidelidad que habéis heredado siga siendo el sello de vuestra vida.

Al principio del Congreso expresé mi enhorabuena por la iniciativa que habéis tomado compartiendo la responsabilidad. Es una iniciativa que atestigua la variedad de dones dentro del Cuerpo de Cristo, y la misión vital en la Iglesia de todos los bautizados que están edificando el Reino de Dios en unión con la jerarquía y bajo su dirección.

El hecho de compartir la responsabilidad en la Iglesia tiene su fundamento en la convicción de que es uno y él mismo Espíritu de verdad quien dirige los corazones de los fieles y da garantía al Magisterio de los Pastores del rebaño. Quisiera recordar a este respecto lo que dije a un grupo de obispos que estaban en Roma con ocasión de su visita ad Limina. "En la comunidad de fieles —que debe mantener siempre la unidad católica con los obispos y la Sede Apostólica— se registran grandes penetraciones en la fe. El Espíritu actúa alumbrando la mente de los fíeles con su verdad y enardeciendo los corazones con su amor. Pero esta evidencia de fe que resplandece en ellos y este sensus fidelium no son independientes del magisterium de la Iglesia que es instrumento del mismo Espíritu y está asistida por El. Sólo cuando los fíeles se han alimentado de la Palabra de Dios transmitida fielmente en toda su pureza e integridad, sólo entonces sus carismas peculiares son plenamente eficaces y provechosos. Una vez que la Palabra de Dios es proclamada fielmente a la comunidad y ésta la acepta, entonces produce frutos de justicia y santidad de vida en abundancia" (A un grupo de obispos de India, 31 de mayo de 1979. L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 19 de agosto de 1979, pág. 2).

Desde el momento de mi elección a la Cátedra de Pedro, consideré un deber continuar la obra del Concilio Vaticano II. Para cumplir esta tarea sentí la necesidad de atraer la atención de la Iglesia a la comprensión de su propia naturaleza y misión según está expuesta en la Carta Magna del Concilio, la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium. Necesitamos meditar una y otra vez el misterio de la Iglesia, tratando de valorar con creciente agudeza esta comunidad visible de fe, esperanza y caridad por la que Cristo comunica verdad y gracia a todos los hombres y mujeres (cf. Lumen gentium, 8).

Pido a cada uno de vosotros en esta ocasión que reflexionéis sobre el misterio de la Iglesia y ponderéis los caminos maravillosos por donde actúa el poder salvífico de Dios a través de ella. Considerad vuestro papel en la misión de la Iglesia sea como sacerdotes, diáconos, religiosos o laicos. Pues toda persona bautizada está llamada a participar activamente en la misión de la Iglesia, de modo que ésta llegue a dejar sentir su presencia hoy en día. Seamos conscientes ante todo de que la Iglesia es una comunidad de oración. Es sobre todo en la oración donde Jesús nos une a El en su obra de salvación y servicio.

Hermanos y hermanas en Cristo: "Puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús" (Heb 12, 2). Puestos los ojos en su Palabra que nos guía. Puestos los ojos en su Espíritu que mora en nuestro corazón. En todo, confianza en Jesús. Confianza en su gracia que actúa en vosotros y os invita al sacrificio y la santidad. Confianza en su presencia en la Eucaristía y en la Iglesia entera. Confianza en el poder de su Evangelio para que sea la luz que os guíe hacia el futuro. "La Palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente" (Col 3, 16), pues es su justicia su compasión, su amor lo que tenéis que transmitir al mundo.

Pido de nuevo a Dios todopoderoso que os bendiga y guíe y os mantenga para siempre cerca de Cristo que es el camino y la verdad y la vida. Esperemos juntos el día en que —a lo mejor en vuestro querido país— regocijándoos en vuestro título de dote de María, cantemos juntos el himno compuesto para vuestro Congreso "Verdad en mi lengua, su camino para guiar mi andar. Y no viviré yo sino Cristo en mí".

Y en el nombre de Cristo os bendigo a todos en el nombre del Padre y de] Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 



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