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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMADO DE POLONIA,
CARDENAL STEFAN WYSZYNSKI

 

Comparto la profunda solicitud por los acontecimientos de la amadísima patria con el cardenal primado, con la Iglesia en Polonia y con toda la nación. Estos acontecimientos, dada su importancia y resonancia social e internacional, constituyen el centro de la atención de todo el mundo. Las voces que me llegan de diversas partes de Polonia expresan la actitud de grandes muchedumbres de hombres del trabajo, que ven la necesidad de un pleno compromiso en su actividad, indispensable para superar la difícil situación económica en la que se ha venido a encontrar el país. Ellos subrayan la voluntad de trabajar y no de hacer huelga.

Juntamente con toda la Iglesia en Polonia pido que se llegue a un acuerdo entre las autoridades estatales y los representantes de los ambientes del trabajo (Sindicatos independientes y autónomos) para el robustecimiento de la paz interna en el espíritu de la renovación, cuyos principios se establecieron de común acuerdo el pasado otoño. La realización de estos principios exige el entendimiento recíproco, el diálogo, la paciencia y la perseverancia. Este es, al mismo tiempo, el camino más justo para reforzar la autoridad y el sentido de responsabilidad, en particular en una sociedad que tiene su propia cultura y sus propias experiencias históricas, difíciles y dolorosas.

Precisamente por esto la opinión común de las naciones que aman la paz se manifiesta con la convicción de que los polacos tienen el derecho innegable de resolver sus propios problemas solos, con las propias fuerzas. Todos reconocen que ésta es una tarea y un deber que tiene como finalidad el bien común de la propia sociedad. Los derechos que están en la base de la convivencia internacional requieren que estos esfuerzos de la nación sean respetados por los demás.

Me pongo espiritualmente de rodillas, con vosotros, ante la imagen de Nuestra Señora de Jasna Góra, que nos ha sido dada "para la defensa de nuestra nación", y a Ella confío una vez más este momento difícil e importante en la vida de nuestra patria común, impartiendo a todos la bendición apostólica: en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

28 de marzo de 1981



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