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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA MUNDIAL
SOBRE EL PROBLEMA DEL ENVEJECIMIENTO DE LA POBLACIÓN
*

 

Señor Presidente:

La Santa Sede ha manifestado ya en diversas circunstancias el gran interés y la esperanza con que ha acogido la iniciativa de las Naciones Unidas de promover una Asamblea mundial sobre el problema del envejecimiento de la población y de sus consecuencias en cada una de las personas y, por consiguiente, en la sociedad. Desde que se decidió celebrar dicha Asamblea, se ha ido extendiendo y haciendo más profunda la conciencia acerca de este fenómeno demográfico de nuestro tiempo, que obliga a los países y a la sociedad internacional a preguntarse sobre la suerte, las necesidades, los derechos, las capacidades específicas de las generaciones ancianas, cuyo numero está en aumento. Más allá de las personas, esta reflexión debe extenderse a la organización misma de la sociedad en función de esta clase social de su población.

Del estudio atento de los trabajos preparatorios de esta Asamblea mundial y del plan de acción, actualmente sometidos al examen de todos los países miembros de las Naciones Unidas, emergen varios puntos que merecen una especial adhesión por parte de la Santa Sede. Me permito citarlos: la atención prestada a las personas ancianas en cuanto tales y a la calidad de su vida hoy; el respeto de su derecho de permanecer siendo miembros activos de una sociedad a cuya construcción han contribuido; la voluntad de promover una organización social en la que cada generación pueda aportar su contribución unida a las otras generaciones; finalmente, la llamada a la creatividad de cada ambiente sociocultural, de manera que puedan encontrarse en él respuestas satisfactorias para mantener a los ancianos en las actividades que corresponden a su gran diversidad de origen y educación, de capacidades y de experiencia, de cultura y de creencias. Los temas mencionados son ya una prueba de que no se trata de problemas abstractos o solamente técnicos, sino del destino de personas humanas con su historia particular, hecha de raíces familiares, de relaciones sociales, de éxitos o fracasos profesionales, que han marcado o marcan todavía su existencia.

La Iglesia desea ofrecer la contribución de su reflexión, de su experiencia y de su fe en el hombre a vuestra importante Asamblea, interesada como está en profundizar sobre estas realidades y en encontrarles soluciones concretas y razonables. La Iglesia os propone prácticamente su visión humana y cristiana de la ancianidad, su convicción de que la familia o las instituciones de tipo familiar son los lugares más favorables para la realización de las personas ancianas, y su apoyo al interés de la sociedad contemporánea al servicio de las generaciones ancianas.

I

Recuerdo con emoción mi encuentro con los ancianos, en noviembre de 1980, en la catedral de Munich. Subrayé entonces que la vejez humana es un estadio natural de la existencia, y que, por regla general, debería ser su coronamiento. Esta visión supone evidentemente que la vejez —cuando uno llega a ella— sea comprendida como un elemento de peculiar valor en el ámbito de la totalidad de la vida humana, y que ella requiere igualmente una concepción exacta de la persona que es, a la vez, cuerpo y alma. En esta perspectiva, la Biblia habla con frecuencia de la edad avanzada o de los ancianos con respeto y admiración. El Libro del Eclesiástico, por ejemplo, después de haber hecho el elogio de la sabiduría que acompaña a las canas (25, 4-6), sigue con un largo panegírico de los antepasados “cuyos cuerpos fueron sepultados en paz, pero su fama vive por generaciones» (Cf. capítulos 44 al 51). Y el Nuevo Testamento está lleno de veneración por los ancianos. San Lucas nos pinta con emoción el cuadro del viejo Simeón y de la profetisa Ana acogiendo a Cristo en el templo. Y en la época de las primeras comunidades cristianas vemos cómo los apóstoles designan a ancianos para velar sobre sus jóvenes fundaciones. La Iglesia desea vivamente que el plan de acción esté abierto a esta concepción de la vejez, vista no solamente como un proceso inexorable de degradación biológica o como un período separado de las otras etapas de la existencia, sino como una posible fase del desarrollo natural de la vida de todo el ser humano, de la que la vejez representa su plenitud.

En verdad, la vida es un regalo de Dios a los hombres, creados por amor a su imagen y semejanza. Esta comprensión de la sagrada dignidad de la persona humana lleva a valorar todas las etapas de la vida. Es una cuestión de coherencia y de justicia. En efecto, es imposible apreciar de verdad la vida de un anciano sin apreciar de verdad la vida de un niño desde el momento mismo de su concepción. Nadie sabe hasta dónde se podría llegar si no se respetara la vida como un bien inalienable y sagrado. Es necesario, pues, afirmar firmemente, con la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Declaración sobre la eutanasia del 5 de mayo de 1980, que «nada, ni nadie puede autorizar la supresión de la vida de un ser humano inocente, feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante... Habría en ello una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana, un crimen contra la vida, un atentado contra la humanidad”. Es también muy oportuno añadir aquí lo que la misma Declaración decía acerca del uso de los medios terapéuticos: “Hoy en día es muy importante proteger, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepción cristiana de la vida, contra un tecnicismo que corre el riesgo de ser abusivo”. La muerte forma parte de nuestro horizonte humano y le da su verdadera y misteriosa dimensión. El mundo contemporáneo, sobre todo en Occidente, tiene necesidad de aprender a reintegrar la muerte en la vida humana. ¿Quién no desea para sus semejantes y para sí mismo acoger y asumir este último acto de la existencia terrestre con la dignidad y la serenidad, ciertamente posibles para los creyentes?

Quisiera ahora echar una mirada, con vosotros, a las características de la edad avanzada. Las hay dolorosas, difíciles de aceptar, sobre todo cuando se viven en soledad. Las hay también que son fuente de riqueza para sí y para los demás. En su conjunto, forman parte de la experiencia humana de quienes hoy son ancianos y de quienes lo serán mañana.

Los aspectos fundamentales de la tercera y de la cuarta edad provienen naturalmente del debilitamiento de las fuerzas físicas, de la menor vivacidad de las facultades espirituales, de un abandono progresivo de las actividades a las que se estuvo ligado, de las enfermedades y minusvalías que sobrevienen, de la perspectiva de las separaciones afectivas que comporta el paso hacia el más allá. Estas características entristecedoras pueden ser transformadas por convicciones filosóficas y, sobre todo, por la certeza de la fe para aquellos que tienen la dicha de creer. Para éstos, en efecto, la última etapa de la vida terrestre puede vivirse como un misterioso acompañamiento de Cristo Redentor, recorriendo su doloroso camino de cruz antes del alba radiante de la Pascua. Y más ampliamente se puede afirmar que la manera que tiene una civilización de asumir la edad avanzada y la muerte como elementos constitutivos de la vida, y la manera de ayudar a sus miembros ancianos a vivir la muerte, son criterio decisivo de su respeto al hombre.

También hay aspectos favorables en la vejez. Es el tiempo en que hombres y mujeres pueden cosechar la experiencia de toda su vida, hacer un discernimiento entre lo accesorio y lo esencial y alcanzar un nivel de gran sabiduría y de profunda serenidad. Es la época en la que disponen de más tiempo, de todo su tiempo, para disfrutar del entorno familiar habitual u ocasional, con un desinterés, una paciencia y una sobria alegría, de la que tantos ancianos dan admirable ejemplo. Para los creyentes es también una oportunidad feliz para meditar sobre la grandeza de la fe y para orar más.

La fecundidad y permanencia de estos valores dependen de dos condiciones inseparables. La primera exige de las mismas personas ancianas que acepten totalmente su edad y aprecien todas sus posibles riquezas. La secunda condición se refiere a la sociedad de hoy. Necesita ser capaz de reconocer los valores morales, afectivos y religiosos que moran en el espíritu y en el corazón de los ancianos; necesita trabajar para insertar estos valores en nuestra civilización que sufre un desequilibrio inquietante entre su nivel técnico y su nivel ético. Las personas ancianas, en efecto, con dificultad pueden vivir en un mundo que se ha hecho inconsciente de su dimensión espiritual. Llegan a despreciarse a sí mismas desde el momento en que ven que la rentabilidad de los ciudadanos priva sobre todo y que se ignoran o menosprecian otras riquezas de la persona humana. Un clima semejante está contra la realización y la fecundidad de la ancianidad y engendra necesariamente el repliegue sobre sí mismo, el doloroso sentimiento de inutilidad y, finalmente, la desesperanza. Pero así, hay que subrayarlo de nuevo, es toda la sociedad la que se priva de elementos enriquecedores y reguladores, desde el momento en que se aventura a no reconocer como válidos para su desarrollo sino a sus miembros jóvenes y adultos que están todavía en plena posesión de sus fuerzas, y a colocar los demás entre los miembros improductivos, siendo así que numerosas experiencias, realizadas juiciosamente, prueban lo contrario.

II. La familia

En mi Exhortación Apostólica Familiaris consortio recordé, a la luz de los orígenes divinos de la familia humana, que su esencia y sus tareas están definidas por el amor: «Constituida como ‘comunidad de vida y de amor, la familia... recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor... Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y ‘la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una escuela de humanidad, más completa y más rica’.

Esto permite entrever las posibilidades ofrecidas por la familia a las personas ancianas, tanto por el apoyo fiel que ellas tienen derecho a esperar de la familia como por la posible aportación que ellas pueden dar a su vida y a su misión. Es verdad que no existen siempre las  condiciones para la integración de los ancianos en el hogar de sus hijos o de otros parientes y que esta integración resulta, a veces, imposible. Entonces es necesario afrontar otra solución, con la obligación para los hijos u otros miembros de la familia  de conservar los lazos regulares y calurosos con aquél o aquella que ha debido encontrar una casa de ancianos. Dicho esto, es bien cierto que, permaneciendo con los hijos, las personas ancianas, obrando siempre con ‘la oportunidad y discreción necesarias, pueden hacer que ellos se beneficien del cariño y sabiduría, de la comprensión y de la indulgencia, de los consejos y del consuelo, de la fe y de la plegaria que son, ordinariamente, los carismas del ocaso de la vida. Comportándose así contribuyen igualmente a resaltar, sobre todo con su ejemplo, comportamientos hoy devaluados, tales como la escucha, el olvido de sí mismo, la serenidad, el don gratuito, la interioridad, la sobria y radiante alegría... Es necesario subrayar también que la presencia permanente o esporádica de personas ancianas en medio de ellos es con frecuencia un precioso factor de compenetración y comprensión entre generaciones necesariamente diversas y complementarias. Esta conjunción de la vida familiar, tal como acabo de evocarla y según las modalidades posibles, puede ser fuente de equilibrio y de vitalidad, de humanidad y de espiritualidad para esta célula fundamental de toda sociedad, que lleva el nombre más evocador que pueda existir en todas las lenguas del mundo: “la familia”.

III. Soluciones para el futuro.

Con la evolución demográfica actual, la sociedad ve que se le abre un nuevo campo de acción al servicio de la persona humana: garantizar a los ancianos el lugar que les corresponde en la comunidad civil y favorecer la contribución específica de los mismos a su desarrollo.

Las generaciones mayores que, en ciertos sistemas legislativos y sociales, se ven cada vez más pronto retiradas del circuito de la producción económica, se preguntan —a veces con angustia— sobre el puesto y la función que les reserva este nuevo tipo de sociedad. ¿Cómo utilizarán este retiro precoz que les es impuesto? La sociedad actual, en su evolución y orientaciones, ¿espera todavía algo de sus miembros ancianos, retirados?

Parece que, de cara a este nuevo y vasto problema, toda la sociedad, y por supuesto sus responsables, deben proyectar seriamente soluciones capaces de responder a las aspiraciones de las personas de edad. Estas soluciones no pueden ser de un solo tipo. Si es normal que la sociedad favorezca la permanencia de los ancianos en su familia y en su propio cuadro de vida mientras que esta solución resulte posible y deseable, es preciso ofrecer otros medios a la tercera y cuarta edad. En este campo una sociedad verdaderamente consciente de sus deberes con relación a las veneraciones que han contribuido a hacer la historia del país, debe crear instituciones apropiadas. Para asegurar la continuidad con lo que los ancianos han conocido y vivido, es de desear que estas instituciones sean de tipo familiar, es decir, que se esfuercen en proporcionar a los ancianos el calor humano tan necesario en toda época de la vida y particularmente en la etapa de edad avanzada, y, al mismo tiempo, una cierta autonomía —compatible con las necesidades de la vida comunitaria—, un abanico de actividades correspondientes a su capacidad física y profesional, y, finalmente, todos los cuidados que exige una edad que avanza. Es cierto que existen ya realizaciones de este tipo. Pero seguramente es necesario desarrollarlas. Me permitirán, a este respecto, recordar la acción caritativa de la Iglesia mediante tantos institutos dedicados a las personas ancianas desde hace mucho tiempo. ¡Reciban felicitación y estímulo! Una sociedad se honra singularmente cuando hace converger lo mejor posible estos caminos de servicio al hombre, dentro del respeto a los ancianos y a las instituciones que los acogen.

Me parece útil evocar aún, brevemente, algunos de los nuevos servicios que la sociedad podría prestar a las personas retiradas y a las personas de edad a fin de asegurarles un puesto y una función en la comunidad humana. Pienso en la formación permanente practicada en algunos países; genera en aquellos y aquellas que se benefician de ella no sólo un enriquecimiento personal, sino también capacidades de adaptación y participación en la vida cotidiana de la sociedad. Efectivamente, los ancianos poseen reservas de saber y de experiencia que, sostenidas y completadas por un proceso bien adaptado de formación permanente, podrían invertirse en sectores que van desde la educación hasta humildes servicios socio-caritativos. Sobre este punto podrían buscarse, con los interesados mismos o con las asociaciones que los representan, iniciativas renovadoras. Pienso igualmente que la sociedad se debe ingeniar para establecer la posibilidad de una cierta diversificación de actividades, teniendo cuidadosamente en cuenta la capacidad individual de los ancianos y las situaciones tan distintas en los diversos continentes. Entre la aburrida uniformidad y la continua originalidad, es posible encontrar una juiciosa articulación del trabajo profesional o de otro tipo, la lectura o incluso el estudio, los ratos de ocio, los encuentros libres u organizados con otras personas y otros ambientes, los ratos de meditación serena y orante. Un servicio que la sociedad puede prestar a las generaciones mayores es el de estimular la creación, cuando haya lugar, de asociaciones de personas ancianas; o de apoyar las que ya existan. Este tipo de asociaciones ha dado ya frutos: ha sacado del aislamiento y de la penosa impresión de ser ya inútiles a quienes han llegado a la edad de la jubilación y de la vejez. Tales asociaciones deben ser reconocidas por los responsables de la sociedad como expresión legítima de la voz de los ancianos, y, entre ellos, de los que están más desamparados. Pienso, finalmente, en el papel que los medios de comunicación social, particularmente la televisión y la radio, podrían y deberían jugar difundiendo una imagen más justa y renovada de la edad avanzada de la vida y de su posible contribución a la vitalidad y al equilibrio, de la sociedad. Esto exige que los responsables de los medios audiovisuales y de la prensa estén convencidos, o por lo menos sean respetuosos, de una concepción de la vida humana fundada no solamente en su utilidad económica, o puramente material, sino sobre su sentido pleno, que puede alcanzar desarrollos y realización admirables hasta el final mismo del recorrido terrestre, sobre todo cuando el ambiente favorece una posibilidad así.

Al término de estas reflexiones y sugerencias, no me queda, Señor Presidente, sino desear que las conclusiones de la Asamblea mundial de Viena sobre el problema del envejecimiento den frutos abundantes y duraderos. En este sector, como en otros muchos de los ya estudiados y promovidos por la Asamblea de las Naciones Unidas —la infancia, el mundo de los minusválidos, etc.— se juega, en definitiva, el presente y el futuro de la civilización humana. Toda cultura, en cualquier continente o país y en cualquier época de la historia, no puede extraer su valor y su influencia sino de la primacía dada al desarrollo integral de la persona humana, desde la primera hasta la última etapa de su recorrido terrestre; y esto en contra de la tentación de una sociedad aprisionada por el vértigo de la producción de cosas y de su consumo. Que los responsables del mundo actual trabajen concertadamente en favor de una verdadera promoción del hombre y que conduzcan a sus pueblos bajó este signo. Este es no sólo el objeto de mis ardientes deseos, sino también de mi plegaría ante Dios, Autor de todo bien.

El Vaticano, 22 de de julio de 1982

JUAN PABLO PP. II

 


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.34, p.1, 8.



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