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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA II CONFERENCIA INTERNACIONAL DE LA ONU
PARA LA ASISTENCIA A LOS REFUGIADOS DE ÁFRICA
(GINEBRA 9-11 DE JULIO DE 1984)*

 

A los organizadores
y a todos los participantes en la II Conferencia Internacional
de asistencia a los Refugiados de África.

Recibid mi deferente y confiado saludo. Os ha cabido el honor a vosotros, hombres, gobernantes y responsables de organizaciones, de preparar desde hace tiempo este importante encuentro y de participar en él con el firme propósito de mejorar cada vez más las condiciones de acogida y de vida, lo mismo que de afianzar la esperanza en un futuro más humano para tantos millones de hermanos y hermanas nuestros refugiados o desplazados en el continente africano.

Como ya dije recientemente en Tailandia dirigiéndome a los refugiados del campamento de Phanat Nikhon y en mi alocución a los miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático, lo que está en juego es la dignidad de la persona humana, don de Dios. Que este pensamiento presida vuestros trabajos e inspire vuestras decisiones.

El número tan ingente de refugiados no debe llevar a afrontar sus problemas como si se tratara de masas humanas a las que hay tan sólo que cobijar, alimentar, proteger de epidemias, aguardando su salida hacia otros lugares. Se trata de hermanos y hermanas que otros países han decidido albergar, cuyos sufrimientos intentan aliviar y cuya esperanza se comprometen a estimular. Pero, las pesadas cargas financieras que esto conlleva no pueden ser asumidas solamente por los países de acogida; por esta razón, se hace una llamada a la comunidad internacional a fin de que aporte su ayuda generosa.

Cuando estudiéis los proyectos que os serán presentados, pensad, más allá del problema de los refugiados en su conjunto, en el drama vivido por cada uno de ellos, en la desgracia de cada familia. Será preciso estudiar objetivamente las causas que crean estas situaciones, pues es necesario que acaben cuanto antes: hieren gravemente y, a veces, de muerte, a adultos y jóvenes en su dignidad humana, obligándolos a un desarraigo cultural y familiar, constriñéndolos a la miseria física y a la inacción y privándolos del ejercicio de sus derechos sociales. Nuestra misma dignidad humana de seres creados por Dios como hermanos sufriría un grave atentado si no tomáramos en consideración estas miserias.

Vuestra participación en esta reunión, que tiene el afán de tomar en consideración proyectos que no son simplemente de supervivencia, sino más bien de promoción humana y de inserción social, es ya una primera respuesta de esperanza a millones de refugiados que os interpelan. Vosotros les demostraréis también que son acogidos, respetados, amados; que, con vuestra ayuda, ellos mismos preparan el propio futuro de modo que algún día puedan ocupar de nuevo su lugar en los propios países —es un derecho inalienable—, con el desarrollo de sus capacidades que su exilio les habrá permitido adquirir.

Cuando hombres de buena voluntad se hacen solidarios de los que sufren, cuando coordinan sus esfuerzos para ser más eficaces, nuestra humanidad se hace más fraterna. Escuchando palabras como las del sermón de la montaña y de las bienaventuranzas, hombres y mujeres de todas las religiones preparamos un mundo donde se pueda vivir mejor.

Felicitaciones por la iniciativa y alabanza por la generosidad de sus compromisos al Secretario General de las Naciones Unidas, al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados, a la Organización de la Unidad Africana, a todos los Gobiernos participantes y a las Organizaciones no gubernamentales.

Vaticano, 5 de julio de 1984.

JUAN PABLO II


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 47 p.16.



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