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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA COMUNIDAD ECLESIAL DE MALLORCA
EN EL I CENTENARIO DE LA CORONACIÓN PONTIFICIA
DE LA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE LLUC, PATRONA DE LA ISLA

Miércoles 15 de agosto de 1984

 

Venerables Hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas:

1. Sé que próximamente vais a conmemorar el primer Centenario de la Coronación Pontificia de la imagen de Nuestra Señora de Lluc, venerada por el pueblo fiel de Mallorca como Patrona de la Isla.

Quiero por ello asociarme al pueblo fiel que, unido al Pastor de la diócesis mallorquina, a los Obispos así como a tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y almas consagradas desea tributar un homenaje de amor filial a la Madre de Cristo y de la Iglesia.

Me complace particularmente que esta celebración haya sido precedida del “año de Lluc”. Durante él, a través de múltiples iniciativas pastorales, programadas de acuerdo con los objetivos del Año Santo de la Redención, se ha hecho un particular esfuerzo para consolidar y purificar la devoción mariana del pueblo fiel, y acercarlo por ese camino a Cristo Redentor, mediante una fe más auténticamente vivida.

2. La conmemoración de este Centenario reviste importancia especial, que tiene resonancias muy intimas en el corazón del pueblo mallorquín. En efecto, la presencia de María en su Santuario de Lluc, que a partir de la originaria alquería y de la obra de los Templarios se ha hecho cada vez más manifiesta hasta nuestros días, es una multisecular presencia materna y un acontecimiento de gracia. Esto ha ido formando el significado esencial de ese centro de espiritualidad al que, junto con otros lugares de devoción a la Virgen Santísima se dirige el alma mariana del pueblo mallorquín y balear.

Pero precisamente porque la devoción a María en ese Santuario tiene tales características peculiares, debe convertirse para vosotros en un itinerario espiritual privilegiado, que aliente la peregrinación hacia el centro del misterio salvífico de Dios en Cristo; y debe despertar cada vez más una respuesta de fe auténtica en cuantos nos llamamos hermanos e hijos de una Madre común.

3. La misma imagen de Nuestra Señora, tal como la veneráis en ese Santuario entre bellas montañas, es una estupenda lección de teología mariana. Ella, efectivamente, sostiene en el brazo a su Hijo, mientras su mano derecha apunta expresivamente hacia El.

Es toda una pedagogía materna y eclesial, que señala el camino a seguir, para que el amor y culto a Ella, como todas las devociones del pueblo fiel, estén orientadas últimamente a Cristo, que nos ha revelado en plenitud el misterio y designio salvador de la Trinidad Santísima.

Por ello justamente indicaba mi predecesor Pablo VI: “En la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de El...; de este modo redunda en favor del Hijo lo que es debido a la Madre; y así recae igualmente sobre el Rey el honor rendido como humilde tributo a la Reina”  (Marialis Cultus, 25).

Por parte suya el Concilio Vaticano II, al presentarnos en el capítulo VIII de la “Lumen Gentium” a “la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia”, traza maravillosamente las líneas doctrinales sobre el puesto que ocupa María en la obra salvadora. Por ello indica certeramente que “todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta”.

4. Teniendo pues bien en vista estas directrices del Magisterio, es necesario que sepáis dar a María el debido lugar en vuestra vida cristiana. Ella, verdadero modelo para los creyentes, es vía segura y luminosa para el peregrino Pueblo de Dios.

Ese ejemplar incomparable de docilidad a la voluntad divina inspirará fecundamente vuestro caminar y será impulso vital para purificar, cuando sea necesario, las manifestaciones de piedad mariana del pueblo. Así lograréis que ella produzca los deseados efectos de renovación cristiana, en su doble vertiente de amor al Padre y, por El, al hombre hermano, sobre todo al más necesitado en el cuerpo o en el espíritu.

Os aliento, por ello, a hacer de vuestro peregrinar a la casa de la Madre un punto de arranque hacia un cristianismo renovado y entusiasta, hacia una inconmovible fidelidad a la Iglesia, hacia el redescubrimiento de la propia vocación de testigos creíbles de la verdad y honestidad evangélicas en el mundo de hoy, hacia una mayor vivencia de la fraternidad en una sociedad que se fracciona y enfrenta. En una palabra, os llamo a la plena “coherencia entre vuestra fe y vuestras vidas”, como dije en el acto mariano nacional durante mi visita en España (Acto mariano en Zaragoza, 6, 6 de noviembre de 1982).

A la madre de Jesús y nuestra imploro su valiosa intercesión, y postrado de nuevo espiritualmente ante Ella le suplico con vosotros: Mare de Déu de Lluc: guiau-nos amunt cap al Pare. Y després daquest desterro mostrau-nos Jesús fruit beneït del vostre ventre.

Finalmente, como muestra de mi afecto a toda la comunidad eclesial mallorquina y balear, os imparto una cordial Bendición.

Vaticano, 15 de agosto de 1984.

IOANNES PAULUS PP. II



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