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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL VI CONGRESO MARIANO
NACIONAL DE VENEZUELA

 

Queridos hermanos en el episcopado,
sacerdotes, religiosos y religiosas,
amadísimos fieles de Venezuela:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, exulta mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1, 46-47).

1. Con las palabras de la Virgen María en su canto del “Magnificat” me asocio a la celebración del VI Congreso Mariano Nacional, promovido por la Conferencia Episcopal de Venezuela, en los últimos días del mes de mayo, mes por excelencia de la devoción mariana, que une el recuerdo de la Virgen al triunfo pascual de Cristo y a la efusión del Espíritu Santo. Con el canto del “Magnificat” la Iglesia en Venezuela da gracias al Señor por el don de la fe y por la presencia de María en esa tierra, cuando se cumplen los 500 años del comienzo de la Evangelización de América.

La celebración de este Congreso quiere marcar un hito en la historia de vuestra fe, como lo fueron los anteriores Congresos Marianos Nacionales, celebrados a lo largo de este siglo en diversos puntos de la geografía de vuestra patria; y habéis querido que tenga lugar en Guanare, junto a la imagen de nuestra Señora de Coromoto, centro espiritual de esa Nación cristiana y mariana que es Venezuela.

2. El lema del Congreso, “María, 500 Años llevándonos a Jesús” expresa claramente el motivo de la celebración y la perspectiva original con que la Iglesia venezolana contempla el misterio de María. Al celebrar este año con toda la Iglesia los 500 años de la llegada del mensaje cristiano a América Latina, no se puede ignorar el papel desempeñado en la evangelización del Continente por la figura materna de María; su privilegio y misión fue y sigue siendo la de mostrarnos a Jesús y llevarnos a Él. Lo confirma la devoción mariana de los pueblos latinoamericanos a través de tantos santuarios diseminados por el Continente, los cuales constituyen una auténtica “geografía” de la fe y de la piedad mariana. Ella, la Madre de Jesús, ha sido verdaderamente la Estrella de la Evangelización, la que precede y acompaña a los pueblos de América en la peregrinación de la fe.

Postrado espiritualmente ante la imagen de la Virgen de Coromoto, que tuve el gozo de coronar el 27 de enero de 1985 en mi inolvidable visita a vuestra patria, vienen a mi mente las palabras que os dirigí en aquella ocasión: “María está constantemente presente en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Como enseña el Concilio Vaticano II, la Virgen está presente en su condición de Madre. Ella estuvo presente como Madre durante estos cinco siglos de evangelización que van a cumplirse. Ella conserva, meditándola en su corazón, la historia del Pueblo de Dios en estas tierras, de generación en generación” (Celebración eucarística en Caracas, n. 8, 27 de enero de 1985).

3. La Virgen María ha sido la gran evangelizadora de los pueblos de América. Desde el principio, la predicación del misterio de la Virgen, Madre de Cristo, abrió caminos a la Buena Nueva que anunciaba el misterio del Hijo de Dios, que quiso asumir la naturaleza humana por medio de una mujer de nuestra estirpe, que con inmenso amor acogió y nos dio al Salvador. Por eso no se puede anunciar a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, sin hablar de la Virgen María, la Madre del Señor. No se puede confesar la fe en la Encarnación sin recordar, como hace la Iglesia desde la antigüedad en el símbolo apostólico, que el Hijo de Dios “fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de Santa María la Virgen”. No se puede contemplar el misterio de la muerte salvadora de Cristo sin recordar que Jesús mismo, desde la cruz, nos la dio como Madre y nos la encomendó para que la acogiésemos entre los dones más preciosos que El mismo nos legaba. Así, con el Evangelio de Jesús, la Iglesia recibe el anuncio de la presencia materna de María en la vida de los cristianos.

4. Por otra parte, la figura materna de María a través de los siglos, como en la Iglesia naciente de Pentecostés, ha querido hacerse presente, desde el principio, en la evangelización de vuestra patria. ¿No fue Ella, como narra la tradición, la que acercó los corazones de los nativos de Guanare a la fe y a las aguas bautismales, para que acogieran a Jesucristo su Hijo, como Salvador y Redentor? La experiencia de todos los pueblos de América, que recibieron el Evangelio con el signo de la Cruz y la imagen de la Virgen María, es también la experiencia de vuestro pueblo que invoca a la Madre de Dios con el título de Coromoto.

Su imagen, con el Niño Jesús en su regazo, nos recuerda la misión de María como vemos al comienzo del Evangelio. Cuando los pastores, avisados por el Ángel, fueron a adorar al Mesías, encontraron “a María y a José y al niño acostado en un pesebre” (Lc 2, 16). Y cuando los magos de Oriente, guiados por la estrella, entraron en la casa de Belén “vieron al Niño con María su madre y postrándose lo adoraron” (Mt 2, 11). Estos dos episodios evangélicos han quedado como esculpidos en la imagen de la Virgen de Coromoto. Ella, con su ternura maternal y su majestuosa belleza, aparece ante nuestros ojos como la Madre de Cristo, el santuario de su presencia, el trono del Rey y de la Sabiduría divina. María nos lo presenta como hijo de Dios y Hermano nuestro, nos invita a creer en Él, nos lo ofrece como Maestro de la verdad y Pan de vida. Por eso, a los hijos de Venezuela que en gran número se postran ante su imagen, Ella parece susurrarles amorosamente las palabras que pronunció en Caná de Galilea: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).

5. Estas palabras de María en Caná, cuando Jesús, atendiendo el ruego de su Madre, hizo su primer milagro y sus discípulos creyeron en El, constituyen también hoy el núcleo de la Nueva Evangelización. En efecto, se trata de hacer vida la fe que profesamos; se trata de cumplir los mandamientos de Dios, que encuentran en el precepto del amor fraterno el culmen de la identidad cristiana. Es necesario, pues, anunciar incansablemente a Jesucristo para que su mensaje de salvación penetre en las conciencias y en la vida de todos, convierta los corazones y renueve las estructuras de la sociedad. María nos invita a acoger a Jesús y su mensaje de salvación; pero, al mismo tiempo, al repetirnos aquellas palabras “Haced lo que Él os diga”, nos exhorta también a poner en práctica las enseñanzas de su Hijo, que son palabras de vida eterna.

Ante la Virgen de Coromoto que nos presenta a Jesús, fruto bendito de su vientre, resuena también el mensaje de la vida y del respeto por la vida, ya desde el seno materno. La Sagrada Familia de Nazaret, en la que Jesús creció en edad, sabiduría y gracia (cf. Lc, 2, 52), debe ser modelo de amor y virtud para las familias. La familia ha recibido de Dios la misión de ser “la célula primaria y vital de la sociedad” (Apostolicam actuositatem, 11). Como en un tejido vivo, la salud y el vigor de la sociedad depende de las familias que la integran. Por ello, la defensa y promoción de la familia es también defensa y promoción de la sociedad. María os ofrece a Cristo como fundamento de la paz y de la convivencia fraterna en la sociedad venezolana; una convivencia que reclama la puesta en práctica de una verdadera justicia social, de una equitativa distribución de las riquezas, así como la participación responsable de todos en los destinos de la Nación.

En la sociedad actual están en juego muchos valores que afectan a la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. La defensa y promoción de los mismos depende en gran parte de la vida de fe y de la coherencia de los cristianos con las verdades que profesan. Por eso, la devoción mariana de los creyentes exige hoy un claro y valiente testimonio de amor a Cristo, que corrobore la identidad personal y social de los cristianos contra el peligro del secularismo y del consumismo, y que estreche los vínculos de comunión con los Pastores de la única Iglesia contra la disgregación de la fe, fomentada por el proselitismo de las sectas. De esta manera, los discípulos de Cristo serán para todos luz del mundo y sal de la tierra.

6. Queridos hijos venezolanos, la celebración de este VI Congreso Mariano Nacional, es una ocasión propicia para, de la mano de María, profundizar en el anuncio del misterio de Cristo, Salvador de los hombres. A Ella le encomendamos la Iglesia de Venezuela, para que permanezca fiel en la pureza de la fe, firme en la esperanza, generosa en la caridad. A Ella le suplicamos que mantenga a la Iglesia siempre unida en torno a sus Pastores, que infunda en todos un renovado dinamismo que haga de cada cristiano y cristiana un apóstol. Bajo su protección ponemos a los esposos para que sean ejemplo de amor y virtud en el seno de sus familias; a los jóvenes, que anhelan una sociedad más justa y fraterna; a los niños, que merecen un mundo más pacífico y humano; a los enfermos, a los pobres, a los marginados y a todos cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu.

Mientras de corazón os encomiendo a la intercesión maternal de la Madre del Redentor, pido para todos los hijos de Venezuela que se afiance su devoción a María, y que sus manifestaciones más genuinas a través de la liturgia y de la piedad popular, sean fuente de renovación cristiana de todo el Pueblo de Dios que peregrina hacia el Padre. Lo hago con las palabras que pronuncié durante mi viaje apostólico ante la imagen bendita de vuestra Patrona: “Virgen Santa de Coromoto, en unión colegial con mis Hermanos, Obispos de Venezuela, te pido: ilumina los destinos de Venezuela; guía esta noble Nación por los caminos de la paz y del progreso cristiano; ayuda a todos sus hijos, para que de la mano con Cristo, nuestro Señor y Hermano, caminen hacia el Padre común en la unidad del Espíritu Santo. Amén”.

Con mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 13 de mayo de 1992.

IOANNES PAULUS PP. II



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