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MENSAJE DE JUAN PABLO II 
PARA LA APERTURA DEL AÑO SANTO EN BELÉN

 

Me alegra saber que, al acercarse la Navidad, en el lugar santísimo que acogió al Hijo de Dios, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), los más altos representantes de los cristianos en Tierra Santa están reunidos en un acto ecuménico como preparación para la apertura del Año jubilar, que conmemora el bimilenario del nacimiento de nuestro Señor y Salvador, durante el cual nos dirigiremos con una súplica cada vez más ardiente al Espíritu Santo para implorarle la gracia de la comunión plena (cf. Tertio millennio adveniente, 34).

Para los cristianos de Tierra Santa, y también para los cristianos de todo el mundo, ese encuentro en Belén testimonia que los lugares donde Jesús pasó su vida terrena, dio su testimonio, murió y resucitó, son un recuerdo constante de la gracia que hemos recibido en él y una apremiante invitación a fortalecer nuestra voluntad y nuestro compromiso de ser fieles a su oración:  Ut omnes unum sint. Quiera Dios que el gran jubileo nos impulse a todos los discípulos de Cristo a expiar nuestros pecados pasados contra la unidad, y a tratar de apresurar la hora bendita en que todos invocaremos a nuestro Padre celestial con una sola voz.

Por una feliz coincidencia, en la celebración ecuménica de hoy participan los secretarios de las Comunidades cristianas mundiales. También a ellos les envío mis cordiales saludos y mi apoyo a los esfuerzos que realizan para ampliar los vínculos de fraternidad y cooperación.

Pido al Señor que ese solemne acontecimiento ecuménico en Belén, en vísperas del aniversario del nacimiento de Cristo, nos haga más conscientes de que, "al igual que entonces, también hoy Cristo pide que un impulso nuevo reavive el compromiso de cada uno por la comunión plena y visible" (Ut unum sint, 100). Con esta ferviente esperanza, os saludo a todos en el Señor.

Vaticano, 4 de diciembre de 1999.



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