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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA GENERAL
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA



Amadísimos obispos italianos:
 

1. "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Co 13, 13).

Mi saludo fraterno y afectuoso os llegue a cada uno de vosotros con estas palabras del apóstol san Pablo. Mi saludo se dirige, en particular, al cardenal presidente Camillo Ruini, a los tres vicepresidentes y al secretario general, monseñor Ennio Antonelli:  les agradezco de corazón toda la obra que realizan, con gran empeño y acierto, al servicio de vuestra Conferencia. Doy las gracias de modo especial a los dos vicepresidentes, al cardenal Dionigi Tettamanzi y a monseñor Alberto Ablondi, que concluyen su mandato con esta asamblea.

Os acompaño con mi oración y estoy cerca de vosotros espiritualmente durante las jornadas que os disponéis a pasar juntos en Collevalenza, viviendo la fraternidad episcopal y la solicitud común por la Iglesia de Dios que está en Italia. Deseo, asimismo, agradeceros las felicitaciones y los sentimientos de comunión que me habéis expresado con ocasión de mi 80° cumpleaños.

2. Quiero manifestaros, sobre todo, mi más cordial aprobación y mi gratitud personal por el espíritu y la entrega con que guiáis y animáis la celebración del gran jubileo, tanto en vuestras Iglesias particulares como mediante las peregrinaciones a Roma.

En este itinerario de fe y conversión, que el Señor está bendiciendo abundantemente, ya son inminentes dos citas particularmente significativas. La primera es el Congreso eucarístico internacional, que se celebrará del 18 al 25 de junio, y representa, en cierto sentido, el momento culminante de este Año santo "intensamente eucarístico" (Tertio millennio adveniente, 55). El segundo es la Jornada mundial de la juventud, programada para agosto, con la que queremos encomendar a los jóvenes católicos del mundo entero, para el siglo y el milenio que se abren ante nosotros, la misma misión de ser testigos de Jesucristo que durante el siglo XX cumplieron numerosos cristianos hasta el derramamiento de su sangre.

Queridos hermanos en el episcopado, os renuevo a cada uno de vosotros, y a los fieles que os han sido confiados, mi invitación a compartir conmigo y con la Iglesia de Roma la alegría y la gracia de esos acontecimientos. Expreso, además, mi profundo aprecio y gratitud a vuestra Conferencia por toda la colaboración eficaz y generosa que está prestando a su organización.

3. El objetivo principal de vuestra asamblea es proponer a la Iglesia que está en Italia orientaciones pastorales para el próximo decenio:  podréis establecer así los caminos más oportunos y eficaces para continuar y potenciar la obra de nueva evangelización que es, ciertamente, la prioridad pastoral tanto de Italia como de muchas otras naciones de antigua y gran tradición cristiana, que sufren el influjo de las corrientes de secularización y descristianización.

La "misión ciudadana", que se llevó a cabo en Roma como preparación para el jubileo, y otras iniciativas análogas ya realizadas o en vías de actuarse en muchas otras diócesis italianas, muestran que se pueden recorrer concretamente los caminos de la evangelización. Además, ofrecen modelos significativos para una acción misionera que aproveche todos los recursos humanos y espirituales presentes en el pueblo de Dios.

La Iglesia en Italia está comprometida desde hace tiempo en el proyecto cultural orientado en sentido cristiano, que proporciona las coordenadas y las líneas para una evangelización que llegue a las personas, a las familias y a las comunidades en el marco social y cultural en el que maduran sus propias convicciones y opciones de vida, con especial atención a guiar los cambios actuales y a no dejarse sorprender o marginar por ellos. Vuestra Conferencia cuenta con un instrumento muy importante:  los medios de comunicación social. Ojalá que se fortalezcan ulteriormente, porque dan a los católicos italianos la posibilidad de estar presentes diariamente en la confrontación de opiniones y en la propuesta de modelos de comportamiento, algo indispensable hoy en la sociedad de la "comunicación global".

4. Comparto plenamente, queridos hermanos en el episcopado, vuestra solicitud por la amada nación italiana, que está afrontando una difícil etapa de su historia. En estas circunstancias, es más necesario que nunca que no pierda la herencia de fe y cultura, que es su primera riqueza.
Por tanto, contáis con mi firme apoyo en vuestro compromiso en favor de la familia fundada en el matrimonio, auténtico pilar de la vida social en Italia. Frente a la grave y persistente disminución de la natalidad, que amenaza el futuro de esta nación, es particularmente importante que la obra formativa de la comunidad eclesial y las opciones políticas y legislativas converjan en la promoción de la acogida de la vida humana y el respeto de su dignidad inalienable.

Queridos hermanos, conservo también un grato recuerdo de la gran asamblea nacional de la escuela católica, que se celebró en la plaza de San Pedro el 30 de octubre del año pasado, en la que, junto con multitud de jóvenes, padres y profesores, pedimos la plena igualdad escolar y la apertura de una perspectiva nueva, "en la que no sólo la escuela católica, sino también las diversas iniciativas escolares que puedan nacer de la sociedad, se consideren un recurso valioso para la formación de las nuevas generaciones, con tal de que tengan los requisitos indispensables de seriedad y finalidad educativa" (Discurso del Papa a la asamblea nacional italiana sobre la escuela católica, 30 de octubre de 1999, n. 3:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 26 de noviembre de 1999, p. 15).

Además de la familia y la educación, el trabajo está justamente en el centro de vuestras preocupaciones y de las mías. A este propósito, los fuertes desequilibrios que perduran en Italia, y que perjudican a algunas regiones, así como a los jóvenes y a las mujeres, han de afrontarse valorando la gran capacidad de iniciativa presente en este país, a la luz de los principios de solidaridad y subsidiariedad.

Amadísimos obispos italianos, que el Señor ilumine y sostenga siempre vuestro servicio pastoral y os conceda la alegría de ver crecer comunidades cristianas firmes en la fe, activas en la caridad y capaces de dar un valiente testimonio misionero. Como prenda de todo esto, os imparto de corazón a vosotros y a vuestras Iglesias la bendición apostólica.

Vaticano, 22 de mayo de 2000.



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