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 ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO


Miércoles 17 de enero de 1979

 

Queridos jóvenes:

De nuevo, esta mañana, siento una profunda alegría, mientras os doy la bienvenida en la Basílica Vaticana. Os agradezco sinceramente el espectáculo estupendo que en este momento ofrece a mis ojos vuestra presencia jubilosa. Vuestros rostros, claros como un manantial y ardientes como llamas, representan en la comunidad eclesial las disposiciones ideales de vida cristiana, en las que la Iglesia, con su perenne juventud espiritual, no puede menos de reconocerse en vosotros que estáis viviendo la época más bella de la vida en ciertos aspectos.

Entre vosotros se encuentra un grupo especialmente numeroso de alumnos de la Pontificia Escuela de Pío IX que, junto con sus superiores, los solícitos Hermanos de Nuestra Señora de la Misericordia, y con sus familiares, han venido en peregrinación para manifestar al Papa su compromiso serio de formación espiritual y cultural en el surco de la luminosa tradición que, desde 1859, es decir, desde que el Siervo de Dios Pío IX, mi venerado predecesor, dio inicio a este instituto, cuenta con generaciones de jóvenes que se forjaron en los altos ideales de la fe y de la ciencia. Queridos hijos, sed émulos y estad orgullosos de los ejemplos que os dejaron quienes os han precedido y sed, sobre todo, intrépidos testigos del Evangelio en la sociedad moderna.

Y ahora hagamos juntos algunas breves reflexiones sobre el "Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos", que comenzará mañana en todo el mundo, para pedir al Señor la gracia de la restauración de la unidad de todas las Iglesias cristianas y de llegar por fin a un solo rebaño bajo un solo Pastor (cf. Jn10, 16).

Durante esta semana nuestra oración por la unidad, que ha sido definida como «el alma de todo el movimiento ecuménico» (cf. Unitatis redintegratio, 8), debe ser continua y ferviente, ya para dar gracias al Señor que ha suscitado entre todos los cristianos el deseo de la unidad, ya para impetrar nuevas luces en la búsqueda constante por descubrir lo que tenemos en común con los hermanos separados, y lo que todavía hay que superar para alcanzar la perfecta unidad, tan deseada por el Señor en su oración al Padre: «Que todos sean uno, como tú, Padre estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).

Obedeciendo a esta voluntad de Cristo, la Iglesia católica ha entablado relaciones con las otras Iglesias y Confesiones cristianas. A este propósito quiero informaros que está para abrirse un diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas de tradición bizantina, a fin de eliminar las dificultades que aún impiden la concelebración eucarística.

Desde hace tiempo están en curso también diálogos con los hermanos separados anglicanos, luteranos, metodistas y reformados, y estoy satisfecho de poderos comunicar que se han comprobado consoladores puntos de convergencia sobre temas que en el pasado constituían profundas divergencias. Además, se han establecido relaciones amistosas y fructíferas con el Consejo Ecuménico de las Iglesias y con otras Organizaciones interconfesionales. Pero todavía queda mucho camino por hacer: por eso debemos acelerar el paso pura alcanzar la meta tan suspirada.

Renovemos, pues, nuestra oración al Señor para que dé a todos los cristianos luz y fuerza para hacer cuanto sea posible a fin de conseguir cuanto antes la plena unidad en la caridad y en la verdad, de manera que, como dice el Apóstol, «abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra Cabeza, Cristo, por quien todo el cuerpo, trabado y bien unido por todos los ligamentos que lo componen y nutren según la operación de cada miembro, va obrando mesura­damente su crecimiento cu orden a su conformación en la caridad» (Ef 4, 13-10.

Tratemos de vivir el Octavario pan la Unidad en este espíritu de plena comunión eclesial, acomodándonos al tema bíblico que inspira este año las celebraciones ecuménicas: «Estad al servicio los unos de los otros para gloria de Dios» (cf. 1Pe 4, 7-11). Este tema nos invita a vivir juntos cuanto sea posible la herencia común a todos los cristianos. La cooperación, el amor mutuo, el servicio recíproco hagan que nos conozcamos mejor los unos a los otros, y nos impulse: también a encontrar caminos para superar las divergencias.

Con este fin dispongamos nuestras almas a la oración y recemos ahora todos juntos el Padrenuestro...

Con la firme esperanza de que durante este Octavario querréis continuar orando por la gran causa de la unidad, os impar so de todo corazón la bendición apostólica, que deseo hacer extensiva a vuestros compañeros y familiares que no han podido tomar parte en esta audiencia.



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