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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE FINLANDIA
ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 11 de enero de 1982

 

Señor Embajador:

Estoy agradecido a Su Excelencia el Presidente de la República de Finlandia por los buenos deseos de los que le ha hecho a usted portador. Quisiera pedirle a usted que le transmita la seguridad de mis oraciones por él personalmente y por el servicio tan importante que está llamado a prestar a su País y a toda la comunidad mundial.

Finlandia es una nación conocida y apreciada ante el mundo entero por el sentido tan hondo que tiene de su independencia y de las libertades personales, al mismo tiempo que por su dedicación a promover el entendimiento y la paz a nivel internacional.

Con ocasión de mi visita a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en París, el 2 de junio de 1980, advertí que no es por medio de la fuerza física, sino mediante su cultura cómo un País mantiene su identidad y su soberanía nacional. Son los valores éticos y morales asumidos por la cultura de Finlandia los que confieren a la Nación su permanencia y su fuerza. Hago votos para que esos valores se conserven y desarrollen cuidadosamente, para el bien de su propia Nación y de todo el mundo. Sé que la Iglesia Católica goza en Finlandia de una gran estima y aunque el número de sus miembros es pequeño, colaboran gustosamente en esa misma tarea, como parte integrante del servicio que hacen a su propia Nación.

La Santa Sede aprecia también la función que desempeña Finlandia al servicio de la paz mundial. No sin motivo se eligió la capital de Helsinki como escenario para la inauguración y clausura de la Conferencia de la Cooperación y Seguridad Europea, cuya Carta final contiene principios y acuerdos que reflejan aspiraciones compartidas por hombres de buena voluntad esparcidos por todo el mundo y orientadas especialmente a la tutela de los Derechos Humanos y a los Derechos de los pueblos. Espero que su País continúe cumpliendo su valioso papel en este campo, mediante su apoyo al entendimiento de todos los hombres y al respeto de los Derechos de las naciones y de las personas.

Al expresar mi profundo interés por Finlandia y mis deseos en favor de su prosperidad, quiero testimoniarle a usted también mi consideración y prometerle mis oraciones por usted, por la misión que ahora emprende. Confío en que, con su colaboración, seguirá aumentando la relación cordial que existe entre Finlandia y la Santa Sede. Que Dios le ayude y le bendiga.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 4, p.16.



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