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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE PAKISTÁN ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 19 de noviembre de 1982

 

Señor Embajador:

Es realmente un placer para mí acogerle, Excmo. Señor, y recibir las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Islámica de Pakistán. Al presentarle mi saludo, mi satisfacción nace en gran parte de la firme convicción de que las cordiales relaciones diplomáticas entre su País y la Santa Sede nos dan posibilidad de unirnos en espíritu de cooperación y diálogo que, según creo, favorece una mayor comprensión y un genuino sentido de ayuda mutua.

Le ruego diga al Excmo. Sr. Presidente Mohammad Ziaul-Haq que abrigo hacia él los mismos sentimientos que él me ha manifestado y le expreso mi alto aprecio de todo el pueblo de Pakistán.

Le agradezco la mención que usted ha hecho de mi visita a su Nación en febrero de 1981. Aun admitiendo que mi estancia fue breve, sin embargo me brindó excelente oportunidad de experimentar la hospitalidad calurosa y el fuerte vigor de su pueblo. Por haberme hallado en su ambiente, conozco bien sus esperanzas y aspiraciones a mejorar la vida humana. Estos deseos que reflejan nobles anhelos del corazón deben ser tenidos en cuenta, ayudados y alentados. Noté asimismo la profunda dedicación de varios grupos religiosos a la promoción del bien material y espiritual y al bienestar de los ciudadanos de su País. Esta cooperación entre miembros de diferentes creencias, fundada en una misma fe en el amor de Dios Todopoderoso, constituye una base para tener idéntica óptica de la sociedad.

Me complace su alusión a las obras emprendidas para conseguir mayor armonía entre las naciones del mundo. No puede mantenerse debidamente la coexistencia global, sin firme dedicación a la paz. Es ésta una tarea que requiere perseverancia paciente, pues cada gesto de conciliación y buena voluntad provoca respuesta positiva. Verdaderamente es éste un reto que cuadra bien con la más elevada dignidad humana.

Su referencia a las calamidades de los refugiados que han encontrado asilo en su Nación refleja una preocupación mía constante y muy sentida. He seguido los esfuerzos de su Gobierno en ayuda de estas personas desplazadas. Alabo estas acciones que se han inspirado en el interés humanitario por el prójimo. Le garantizo que la Iglesia Católica continuará colaborando con su Gobierno en esta obra, según la medida de sus fuerzas.

Al mismo tiempo, las instituciones católicas de educación, sanidad y asistencia social procuran no sólo el progreso de la población católica de su País, sino que quieren que se beneficie de ella toda la sociedad. Siendo ciudadanos responsables y con gran interés por su País, los católicos desean prestar su contribución al fomento de la honradez, integridad y fuertes convicciones en el ambiente social en que viven, trabajan y oran. A este respecto tengo esperanza de que el Gobierno salvaguarde siempre la libertad religiosa y garantice que quienes trabajan por el bien de los demás no encuentren impedimentos.

Excelentísimo Señor: Confío en que su estancia aquí sea feliz y fructífera. Claro está que contará con la cooperación de la Santa Sede en el cumplimiento de su misión. Para usted y la noble nación que representa suplico abundantes favores de Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 52, p.4.



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